El avance de los extremos, la erosión institucional y
el retroceso del multilateralismo dejan a la región sin contrapesos ante una
creciente deriva autoritaria
Las declaraciones del presidente de Nicaragua, Daniel
Ortega, sobre la
abolición definitiva del sistema electoral de su país terminaron de
configurar un mapa político latinoamericano que plantea un dilema para la
región: optar entre los extremismos de izquierda –siendo Nicaragua el
ejemplo más actual y radical, pero no el único– y los llamados
gobiernos de la ola azul, apadrinados y, en algunos casos, profundamente
condicionados por temas de seguridad y financieros por el gobierno del
presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Ortega lo dijo cortito y sin vueltas: “Que se
olviden, aquí no volverá a haber elecciones”. El domingo 19 de julio,
en un acto en el que se celebró el 47º aniversario de la Revolución Sandinista,
el presidente –o, ya deberíamos decir, dictador– nicaragüense enterró la
democracia de su país.
La democracia en América Latina vive una crisis inédita en las últimas décadas. Quedan pocos gobiernos que pueden definirse como moderados; en algunos casos, como en México, hay tendencias autoritarias que preocupan a académicos del país. El estudio y análisis de la democracia latinoamericana exigen un monitoreo permanente. Ese es uno de los desafíos del recientemente creado Conversatorio Latinoamericano (CONLAT), una iniciativa que une a cuatro universidades de excelencia en la región: el Colegio de México, la Universidad de los Andes (Colombia), el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (IESP-UERJ) y la Universidad Torcuato Di Tella (Argentina). Su agenda también incluye temas como seguridad, violencia y desigualdad.












