La Nación
Esta relación es patológica y una
fuente de enorme irritación entre otros miembros de la corte
Por Maureen Dowd
Pasé mi carrera observando cómo
funcionarios maniobraban y conspiraban, a menudo de maneras absurdas, para
acercarse a los presidentes. Pero nunca había visto nada como la foto
de Natalie Harp corriendo detrás del carrito de golf del presidente Trump en
Escocia hace tres años. Tampoco había oído nunca de una asistente que
se metiera en el baúl de una camioneta, como hizo Harp, después de que le
negaran un asiento en la caravana presidencial.
La exitosa película de terror Obsession,
sobre un hombre que desea recibir más adoración de una joven, que cae bajo su
hechizo y se la brinda de manera maniática, parece estar desarrollándose ahora
mismo en Pennsylvania Avenue.
Como otros, hice una mueca cuando
escuché por primera vez al senador Jon Ossoff, demócrata de Georgia, referirse
a cómo a Trump le gustaba “viajar con Natalie”. ¿Estaba poniendo gratuitamente
bajo un foco morboso a una asistente de la Casa Blanca?
Pero resultó que, con apenas tres
palabras, Ossoff tiró de un hilo y terminó desentrañando algo realmente oscuro
y perturbador en el círculo más íntimo de la Casa Blanca de Trump.
La inclinación del presidente por
rodearse de aduladores —y de jóvenes rubias atractivas— es bien conocida.
Pero esta relación es
patológica y una fuente de enorme irritación entre otros miembros de la corte.
Es Trump reducido a su esencia: el líder de una secta y su seguidora
más fanática, el narcisista y el espejo que más lo halaga.