Con un millón de extranjeros no europeos naturalizados, que
suponen el 13% del censo electoral, el 70% de ellos ha apoyado al bloque de
izquierdas y, sobre todo, a los socialdemócratas de Magdalena Andersson (38%) y
La Izquierda (21%)
Rosalía Sánchez / Corresponsal
en Berlín de ABC
«Ulf Kristersson acudió a las elecciones coqueteando con la posibilidad de formar
gobierno con la extrema derecha de los Demócratas Suecos (SD) y las ha perdido», justificaba
este lunes el secretario del Partido del Centro, Hannes Hervieu, su rechazo a
la oferta de los conservadores Moderados de negociar una coalición,
aritméticamente imposible sin su grupo político. «Suecia no quiere un gobierno
nacionalista», zanjaba, aludiendo a la mayoría del bloque de izquierdas, una
mayoría por sólo tres escaños contando con los de Centro, para la que el
voto de origen no europeo ha sido decisivo.
El resultado de las elecciones suecas del domingo,
prácticamente un empate si nos atenemos al 49,5% de los votos que suman en
conjunto los partidos de izquierda y el 49% que reúnen los partidos de derecha,
muestra un país polarizado. En su electorado ha cobrado un creciente peso
estructural el voto de los extranjeros nacionalizados, que ha aumentado hasta
inclinar el resultado.
La encuesta a pie de urna de Valu, publicada por SVT en la
noche electoral, detallaba que el 70% de los votantes con origen no europeo
apoyó al bloque de izquierdas (Socialdemócratas, Izquierda, Verdes y Centro).
Valu desglosa el voto de quienes ellos mismos o sus padres crecieron fuera de
Europa y los datos son más que elocuentes. Izquierda se lleva el 21% de
sus papeletas, Socialdemócratas el 38%, los Verdes el 7% y Centro el 4%,
dejando en evidencia que, a más nacionalizaciones, el voto se inclina más
fácilmente hacia la izquierda.