Por Daniel Kersffeld / Opinión
“Sin duda, si Irán desarrollara una bomba nuclear, haríamos
lo mismo lo antes posible”. La frase, pronunciada en 2018 por el príncipe
heredero saudí Mohammed bin Salman, cobra hoy un sentido mayor, pero también
mucho más trágico.
En julio, en un momento álgido de la guerra contra Irán,
Washington dio un paso más en la peligrosa tendencia de la proliferación global
de recursos nucleares al suscribir un acuerdo de cooperación con Riad, mediante
el cual se construirá en territorio árabe una planta de enriquecimiento de
uranio para fines civiles. El temor de fondo, sin embargo, es que el
entendimiento incentivado por Donald Trump pueda propiciar el desarrollo de
armamento nuclear, desencadenando de ese modo una carrera armamentística en el
siempre volátil escenario de Medio Oriente, a partir del creciente antagonismo
entre la nación sunní y el régimen persa.
El acuerdo restringe inicialmente el enriquecimiento de
uranio a menos del cinco por ciento, pero tras un estudio adicional y un
acuerdo por escrito, permite que dicho límite aumente al veinte por ciento, un
nivel que permite alcanzar rápidamente el grado necesario para fabricar armas
nucleares.
Por otra parte, el nuevo convenio autoriza a las empresas estadounidenses a impulsar proyectos de energía nuclear por valor de decenas de miles de millones de dólares en Arabia Saudita, con la esperanza de que esta medida fortalezca los lazos entre la Casa Blanca y el régimen saudita e impida la colaboración del reino con países adversarios como Rusia y China.
















