El doctor en psiquiatría Boris Cyrulnik sitúa la resiliencia
en una edad en la que el cuerpo, la memoria y las emociones dejan de ir por
separado.
Por Juanjo Villalba
Cumplir años tiene algo de revelación. El tiempo ya no es una
promesa abstracta. Se vuelve materia concreta en el cuerpo, en la memoria y en
la forma en que se recuerdan las pérdidas y los logros. A partir de cierta
edad, la vida deja de vivirse en diferido.
Esa sensación tiene mucho que ver con la idea de resiliencia
que ha desarrollado el psiquiatra Boris Cyrulnik. “La resiliencia es
iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma”, explicaba. Su propuesta
consiste en reorganizar la vida desde lo que ha dolido.
La biografía del propio Cyrulnik, marcada por la pérdida de
sus padres durante la Segunda Guerra Mundial, atraviesa toda su reflexión.
Desde ahí sostiene que una persona puede reconstruirse si encuentra apoyos
suficientes para volver a ponerse en marcha con energía.
Aprender a vivir con las grietas
A los sesenta años, esa reconstrucción adquiere un tono distinto. “Las certezas que nos han sostenido toda la vida empiezan a resquebrajarse”, advierte Cyrulnik. La utilidad profesional pierde centralidad. La acumulación deja de ser un objetivo en sí mismo. Aparece una mirada más selectiva que reorganiza prioridades sin necesidad de dramatismo.




