Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Fue con ocasión del Concilio Vaticano II que
se popularizó la expresión italiana. Equivalía a "poner al día",
adecuar a los cambiantes tiempos de los años 60, actualizar la lectura de los
Evangelios. "Abrir las ventanas de la iglesia para que entre un aire
fresco", "sacudir el polvo" que la recubre, clamó Juan XXIII.
Todo esto siendo fieles a sus postulados tradicionales.
¿Es posible hoy, aquí y ahora, un aggiornamento del
chavismo? Acaso sea ésta la pregunta más acuciante que debemos hacernos hoy los
venezolanos.
El fenómeno popular chavista
A no dudar, el chavismo es uno de los cuatro grandes
fenómenos populares de nuestra historia: con Boves, el liberalismo amarillo y
Acción Democrática. Hablo de movimientos caracterizados por la movilización de
los sectores más empobrecidos de la sociedad. No incluyo como uno de ellos a la
independencia ni a la democracia/Pacto de Punto Fijo porque éstos
fueron más nacionales que estrictamente populares (en el
sentido restringido de este último concepto). A 27 años de su llegada al poder
político (a causa, básicamente, de las omisiones de AD, COPEI, el MAS y la
Causa R), el chavismo está convocado a hacer un balance histórico descarnado de
sus errores y de sus aciertos, si quiere ganarse el derecho al futuro.
La enfermedad infantil del izquierdismo
En sus orígenes como fenómeno político, el chavismo fue
signado por la impronta de su fundador. Caudillo popular (y populista) con
formas y contenidos decimonónicos y rurales, Hugo Chávez creó el movimiento e
hizo posible su vasta hegemonía popular, y, a la vez, le inoculó sus atrofias
más destacadas. Podríamos decir que mezclando a Bolívar con Zamora y a Zamora
con Fidel, la chavista terminó por ser una "revolución confusa".
Nadie puede discutir la vocación emancipadora y justiciera de Chávez. Sólo que,
como hemos recordado con insistencia, de buenas intenciones está
empedrado el camino del infierno. Tal vez por inmadurez (en fin de cuentas
tenía apenas seis años de activismo propiamente político cuando llegó a la
presidencia de la república, el tiempo que tendría en el oficio un joven
izquierdista de 22 o 24 años), Chávez se dejó obnubilar por un fidelismo
trasnochado que lo condujo a lo que Lenin llamó "la enfermedad infantil
del izquierdismo". Veamos.
Partido-Estado, estatismo-populismo, EEUU