Las democracias modernas aprendieron a hablar de igualdad sin
hablar de historia. Construyeron teorías de justicia para repartir
bienes, pero no para reconocer heridas. La separación entre justicia
reparativa y distributiva no es natural, es un producto histórico. El tiempo no
borra la injusticia: sólo cambia la forma en que se la administra. ¿Cuántos
años deben pasar para que una injusticia importe de verdad? ¿Doscientos,
como la esclavitud? ¿Ochenta, como el Holocausto? Los 20.000 niños y
niñas asesinados en 23 meses de guerra en Gaza (más de uno cada hora) son la
“calderilla” de nuestro tiempo. Propinas abandonadas que se dejan caer
sobre la mesa de un café; “moneditas” que se pierden en el fondo de los
bolsillos, entre los almohadones del sofá.
Ya nada nos impresiona. Nada nos conmueve. Vivimos en una absorbente parálisis colectiva, anestesiados bajo esa abstracción totalitaria de querer ser los primeros en todo: América primero, Catamarca primero, Ciudadela primero. Es en la estupidez donde el ser humano se vuelve imbatible. No es que ya no nos afecte lo que vemos, sino que no nos concierne lo que le sucede a los otros.



