La Nación
El candidato de la ultraderecha construyó su carrera
como penalista de causas polémicas, tanto en los tribunales como en los medios
Por Camila Osorio y María Martín
BOGOTÁ. – Mocasines Louis Vuitton, más de 20 lociones para
distintas horas del día, botellas de alcohol que cuestan más de 10.000
dólares. Abelardo
de la Espriella, el candidato presidencial de la ultraderecha en Colombia que
dice representar a “los nunca”, le gusta presentarse ante el mundo con lujo: no
oculta que viaja en jet privado, dice que su padre le enseñó a combinar buenos
vinos con buenos quesos y viaja una vez al año a comprar su ropa en Italia.
Su estilo de vida es su estilo de campaña. Cuando está sobre
el escenario, prende pólvora, vuela drones, baila con videos de tigres —el
animal con el que se identifica— hechos con IA. Su esposa dice que si
pierden la elección presidencial no hay problema, pues se volverían a su hogar
en Italia o Estados Unidos, donde también tienen ciudadanía. Pero,
según las encuestas, El Tigre tiene un pie en la Casa de Nariño.
A sus 47 años, “el defensor de la patria” no
ha ocupado un solo cargo público, aunque lleva más de dos décadas en la vida
pública. Se le conoce como un penalista que disfruta llevar sus estrategias
hasta los medios: ha defendido a políticos, mafiosos, dueños de una pirámide
financiera, incluso el testaferro de Nicolás Maduro, Alex Saab. Le
gustan la pelea, las armas, la atención y, sobre todo, provocar. Confesó
en televisión, entre risas, que de niño amarraba gatos a petardos voladores
para verlos estallar. “Era terrible, pero me divertía”, dijo.