Si el poderoso influjo de Donald
Trump ha promovido el ascenso de las ultraderechas en América Latina, en los
Estados Unidos se está produciendo un fenómeno inverso, considerado por el New
York Times, como uno de los principales acontecimientos políticos del año.
Desde hace décadas, dentro del
Partido Demócrata conviven, no sin crecientes tensiones, múltiples tendencias y
agrupamientos que van desde un ala más conservadora e ideológicamente cercana
al Partido Republicano, a otra más radicalizada y opositora al gobierno de
Trump.
En el medio, una camarilla
centrista, integrada por los matrimonios Clinton y Obama, junto a gobernadores
y figuras parlamentarias de peso político, ocupa el centro del poder partidario
y se balancea entre ambas corrientes, tratando de mantener el equilibrio de una
organización opositora que pretende cumplir con las expectativas de sus
votantes y, al mismo tiempo, sostener el diálogo y, eventualmente, también una
peligrosa cercanía con el gobierno republicano.
Aunque surgió en 1982, la corriente Democratic Socialist of America (DSA) obtuvo una creciente visibilidad, sobre todo, a partir de las elecciones de 2016, cuando el histórico Bernie Sanders, el senador independiente por Vermont, buscó la candidatura presidencial demócrata.





