Ya lo hemos dicho, la
coyuntura, que incluye un molesto, pero realista tutelaje de una potencia extranjera
está servida para el encuentro entre diversos con el objetivo superior de
reconstruir el país, infraestructura, instituciones, economía
Por Bruno Gallo* / Opinión
La Venezuela de 2002, por
ejemplo, fue el escenario de un golpe de Estado, un paro petrolero que
intentaba romper la espina dorsal de la economía venezolana y una
curiosa huelga militar, en la que los uniformados no usaron sus armas para derrocar
al gobierno, sino que, desobedeciendo sus juramentos, órdenes y obediencia
a los superiores jerárquicos se insubordinaron en una plaza del este
de la ciudad. Por otra parte, el gobierno intentaba imponer SU utopía
revolucionaria a contrapelo de disidencia y desacuerdos.
Desde entonces, el lenguaje,
los métodos, estrategias y tácticas de la política se confundieron
frecuentemente con los de la guerra. La frase de Von Clausewitz, esa según
la cual la guerra es la continuidad de la política por otros métodos, se
volvió un lugar común, la confrontación enterró el debate. El
acuerdo, devino en traición y el dialogo en colaboración. Las elecciones
en un comodín que se usa a discreción y no como compromiso con la
democracia. El enemigo apareció en lugar del contrincante y el objetivo
dejó de ser la alternabilidad, sin peligros ni venganzas, para convertirse
en necesidad de destrucción del otro.
El terremoto
El 24 de junio, día de San Juan, mientras repicaban los tambores, retumbo
la tierra, se removió con fuerza. Las imágenes de destrucción no
aparecieron en los medios de comunicación (como en 1999) acompañados
del mensaje homogéneo con responsabilidad y el lógico llamado a la
solidaridad, sino que se difundieron, con sesgos y medias verdades en el
archipiélago noticioso de las redes. El odio de los odiadores y la
pugnacidad de la polarización extrema, en medio de un océano de temor,
desesperanza y necesidades. Sin ocultar críticas al gobierno, la narrativa
fue profundamente sesgada (falsa en muchos casos) y más profundamente
dañina.
Guerra o paz






