Vatican Media
Ante los ojos de admiración de los huérfanos, sus
cuidadores, voluntarios y las religiosas Hijas de María, en el Orfanato de Ngul
Zamba, el Papa, llevó palabras de esperanza y consuelo al recordar que en un
mundo marcado por la indiferencia y el egoísmo”, ahí donde hay miseria,
sufrimiento o injusticia, Dios está presente, y en su familia nadie es nunca un
extranjero o un abandonado.
Alina Tufani Díaz – Ciudad del Vaticano
El Papa León les dice a los huérfanos de Yaundé que “son portadores de
una promesa”, esa de no estar solos, no obstante, sus pérdidas y sufrimientos,
les dice que forman una gran familia, de hermanos y hermanas que comparten una
historia dolorosa, que son cuidados por quienes “sirven a los pequeños”,
saboreando la alegría prometida por el Señor, pero, sobre todo, que Dios está
siempre presente, y que su futuro será más grande que sus heridas.
Una historia, cientos de vidas salvadas
El orfanato Ngul Zamba, gestionado por la Congregación de las Hijas de
María y sustentado sólo por donaciones no siempre suficientes para cubrir las
necesidades básicas, alberga a niños y jóvenes de entre 18 meses y 20 años. Y
sin embargo, la alegría, la conmoción, la fiesta por la llegada del Sucesor de
Pedro, no deja entrever las lágrimas, soledades y penurias que los llevaron
hasta allí. Atentos a las instrucciones de sus cuidadores, voluntarios y de las
hermanas, pareciera que están a punto de planear una travesura, un desgarro a
las reglas.