Por José Gregorio Meza*
_El ingeniero zuliano y exrector del CNE, tras dejar
atrás las sombras de El Helicoide, analiza su sorpresiva presencia en el
Capitolio de Washington. Márquez fustiga la herencia de Tarek William Saab,
advierte que la normalización democrática no admite atajos y propone un pacto
de Estado donde los nombres propios queden en segundo plano frente a la
urgencia republicana de este 2026.
Enrique Márquez todavía tenía el frío de las celdas de El
Helicoide pegado a la piel cuando sonó su teléfono. Hacía apenas unos días, el
8 de enero de 2026, que había dejado atrás los barrotes tras un año de encierro
que coincidió con el inicio del segundo mandato de Donald Trump. Al otro lado
de la línea, la voz no era de un dirigente local en busca de alianzas, sino de
un funcionario de la Casa Blanca con una invitación que sacudió el tablero:
acompañar al presidente estadounidense en el discurso del Estado de la Unión.
Márquez, que pasó de ser un preso político a una referencia en el corazón del poder en Washington, hoy se mueve con la cautela de quien sabe que en Venezuela la justicia todavía tiene "mil rostros" de sufrimiento. Aquella noche en el Capitolio no fue para él un trofeo personal, sino un mensaje cifrado: la comunidad internacional tiene memoria, pero también un nuevo pragmatismo. Para el político, estar allí fue un acto de gratitud hacia Trump por su liberación, pero también una ventana que se abre para una nación que intenta reconectarse con el mundo tras años de aislamiento.
Para entender la relevancia de Márquez en este complejo 2026,
hay que mirar su trayectoria sin ruidos partidistas. Este ingeniero zuliano no
es un advenedizo en las costuras del poder. Su experiencia como vicepresidente
de la Asamblea Nacional y su paso por el CNE como rector le otorgan una visión
técnica y una autoridad que hoy utiliza para proponer un "desminado
institucional".
Conoce los pasillos del Palacio de las Academias y las salas
de totalización del organismo electoral; sabe dónde fallan los engranajes del
Estado porque ha estado dentro de ellos y, recientemente, ha sufrido sus peores
distorsiones desde un calabozo del Sebin. Su voz regresa no con sed de
revancha, sino con el tono de quien ha tenido tiempo de sobra para estudiar los
errores del pasado desde la soledad de una celda.
*Egos en la gaveta
Tras su aparición en Washington, las especulaciones en redes
no tardaron en hervir. ¿Candidato de Trump? ¿Ficha de Rodríguez Zapatero?
¿Presidente de la transición? Márquez despeja los rumores con una frase que
busca bajar la fiebre electoral de los sectores más ansiosos: "Hay que
guardar los egos y las aspiraciones personales en una gaveta". Para el
exrector, no se trata de quién ocupará la silla de Miraflores, sino de no
perder la oportunidad de hacer las cosas bien en este camino que apenas
comienza.
*El carcelero de los mil rostros
El tono de Márquez se vuelve punzante al tocar el sistema
judicial. Es tajante al advertir que no dará un "cheque en blanco" a
las nuevas autoridades solo por el hecho de haber cambiado de nombres. Su
crítica hacia Tarek William Saabes frontal: lo define como un "personaje
gris", el arquitecto de una era donde el Ministerio Público se convirtió
en un brazo ejecutor de la persecución política.
"Él estuvo violando los derechos humanos de todos los
presos políticos", señala con la autoridad de quien solicitó un fiscal al
caer preso y nunca recibió respuesta. Para Márquez, que Saab pretenda ahora
ocupar posiciones de defensa ciudadana es una contradicción inaceptable.
Advierte que el país no puede conformarse con un "maquillaje
institucional". Si el sistema que permitió su propio encarcelamiento —y el
de tantos otros— sigue intacto en sus bases, cualquier intento de normalización
será un espejismo peligroso. La justicia debe ser reparada desde los cimientos.
*La arquitectura del mañana
Márquez propone un Gran Acuerdo Nacional que ataque los
pilares del conflicto crónico venezolano. Su visión no es solo reactiva; busca
una reingeniería profunda del Estado:
1. Fin de la reelección indefinida: propone mandatos de 5
años con una sola posibilidad de repetición. "La alternabilidad es el
oxígeno de la República", sostiene.
2. Segunda vuelta presidencial: un mecanismo para obligar a
los políticos a pactar y construir mayorías sólidas, evitando que el país se
fracture en minorías irreconciliables.
3. Bicameralidad: retornar al Senado para garantizar un
equilibrio federal real y una revisión más técnica de las leyes, alejándose del
centralismo asfixiante.
4. Autonomía del BCV: blindar la moneda para que ningún
gobierno pueda usar la emisión de dinero como un arma política, garantizando
seguridad jurídica para la inversión.
"No podemos ir a elecciones con las mismas instituciones
que permiten que un ciudadano pase un año preso por pensar distinto",
reflexiona, conectando su vivencia personal con la necesidad técnica de la
reforma.
*El archipiélago de la unidad
En cuanto a la configuración de la oposición, Márquez camina
sobre una cuerda floja con destreza. Confiesa con honestidad que no ha hablado
con María Corina Machado, pero le resta drama a ese silencio. Su análisis
asegura que hoy hay más elementos que unen a la oposición que aquellos que la
separan.
Recuerda cómo, en El Helicoide, hacía ejercicios de
comparación de ideas con afectos al gobierno y descubría que, en el fondo,
todos soñaban con el mismo país. "La diferencia fundamental es el
ejercicio del poder", sentencia. Para él, la unidad es un imperativo de
supervivencia económica y social, un pacto que debe incluir incluso a los
sectores del chavismo que hoy ven con sospecha el futuro.
*El reloj de las urnas
Márquez lanza finalmente una advertencia que choca contra la
impaciencia de la calle: las elecciones no están a la vuelta de la esquina. No
por falta de voluntad, sino por la precariedad del sistema. Estima que
actualizar el Registro Electoral, tanto dentro como fuera del país, tomaría al
menos seis meses de trabajo técnico serio.
"No hay elecciones pronto, no sé cuándo van a
ocurrir", dice con pragmatismo.
El cierre de su propuesta es una invitación simbólica: pide a
todos los actores políticos que se quiten las gorras partidistas y se pongan el
"quepis de Venezuela".
Márquez, el hombre que vio el Capitolio desde la primera fila
tras salir del foso, sabe que la transición se ganará con la paciencia de quien
reconstruye una nación sobre las ruinas de la injusticia, guardando las
ambiciones propias en el mismo lugar donde un día se guardó el miedo: en el
fondo de una gaveta.
*Texto tomado de El Nacional / Caracas.
