El Arte es para muchos una manifestación altamente espiritual, puede
verse como un Don o una virtud producto de una condición genética propia de los
ancestros o como dicen algunos, herencia. Algo así podríamos esgrimir en el
caso del Artista Manuel Armas qué es hijo de mi amigo el maestro Fredi Armas
qué hace poco marchó a la casa del padre eterno dejando un legado pictórico del
cual hablaremos en otra ocasión.
Hoy hablaremos de su hijo, Manuel Armas, joven artista plástico que viene pisando con pie propio los enigmáticos pasillos de las artes plásticas, con una obra refrescante y armoniosa donde comulgan ecuménicamente la forma y el color explorando universos sensoriales qué irradian paz y alegría. Para Manuel el arte significa entrega, pasión y libertad para crear sin complejos esferas sensoriales donde la vista se confabula con los demás sentidos y de esa forma generar una sinfonía visual qué impacta con temblor pictórico todos los sentidos del ser humano.
Porque en la obra de Manuel Armas se balancean de manera simbiótica la
forma y el color, produciendo una especie de cataclismo sensorial qué provoca
variadas emociones sinérgicas al contemplar su obra. En pocas ocasiones se ve
tanta fuerza en una obra artística, como en los osos animados de Manuel Armas.
Sus alegorías de los osos parecen levitar de manera solemne sobre el lienzo y
la pintura parece deslizar una ternura atípica que proporciona un oleaje de
inquietudes pictóricas porque en la obra de Manuel colinda la inocencia y la
ternura con una pincelada lúdica y desafiante de un maestro que sabe cómo
envolver a sus espectadores con un hechizo volcánico qué brota de su pincel con
fuerza telúrica y así construir una obra que amalgama de manera sublime el agua
y el fuego con fuerza hereditaria de quien sabe que por sus venas brota el
mismo ADN pictórico de su progenitor qué desde el más allá seguro aplaude y
sonríe por cada obra que proyecta el legado familiar que se perpetua hacia el
infinito.