El País
El presidente, que cumple 81 años este martes, empieza
un cuarto mandato que abre la sucesión en la izquierda y le obliga a responder
a un malestar para el que ya no le sirven sus viejas fórmulas
Por María Martín / Desde São Paulo – Imagen de
EFE.
Un par de días antes de la votación, un grupo de señoras
mayores con
pegatinas de Lula en la solapa se plantó a ondear banderas en la feria que
cada viernes llena de ropa, frutas, carne y pescado una plaza del barrio
carioca de Ipanema. El grupo, alegre y ruidoso, se detuvo frente al puesto de
flores. Saulo, el florista, criado en la favela de la Rocinha, es bolsonarista
y mostró su descontento. Además de no compartir con ellas sus proclamas,
estaban bloqueando el paso de sus potenciales clientes. Una de ellas le
reprochó su voto. Lula es quien le da dinero, le dijo. “A mí Lula no me ha dado
dinero nunca. Y aquí estoy, trabajando desde las cuatro de la mañana”, le
respondió el hombre. La escena, una mujer blanca de uno de los barrios más
caros de Río explicándole a un hombre negro de la favela a quién le conviene
votar, resume el problema que hereda Lula tras su victoria de este domingo: una
parte del Brasil a la que sus gobiernos priorizaron ya no se identifica con él.
No quieren ayudas sociales, sino emprender, prosperar y, sobre todo, poder
pagar las cuentas del mes.
Lula
ha ganado este domingo con el 51,79% de los votos, frente al 48,21% de
Flávio Bolsonaro. En una de las elecciones más reñidas de la historia, el
presidente ha remontado la
desventaja de casi dos puntos con la que salió de la primera vuelta. Luiz
Inácio Lula da Silva cumple 81 años el martes y terminará su mandato con 85. Su
victoria da continuidad, pero abre una etapa fundamental para la izquierda de
la primera economía de América Latina: el día después de Lula ha empezado con
Lula todavía en el poder.
El primer reto es el malestar de los brasileños como Saulo.
Son muchos de la llamada clase C, la nueva clase media baja que gana cerca de
dos salarios mínimos (unos 3.200 reales), aquellos que no se ven como pobres,
sino como quienes pagan las ayudas, y
creen que esos programas les quitan recursos para un crédito o un negocio.
Son aquellos a los que Flávio Bolsonaro ha estado apelando toda la campaña,
como cuando preguntó en el último debate si, a día 23, el sueldo ya se les
había acabado. “La extrema derecha tiene una respuesta para esos problemas: una
respuesta de mierda, pero la tiene”, resume un veterano de varias campañas del
Partido de los Trabajadores, que pide no ser identificado. “La izquierda no. Y
tendrá que buscarla”.