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28 mayo, 2026

Las sanciones sancionan: basta de necedades

 Por Jorge Alejandro Rodríguez / Opinión

“En Venezuela hay economistas que usan regresiones como otros usan escapularios: no para entender la realidad, sino para espantar demonios.” 

Hoy voy a escribir sobre un asunto recurrente en la política interna venezolana y su intersección con la política exterior norteamericana. El tema de las sanciones generales. Lo hago no porque sea un tema que me apasione, sino muy al contrario, porque me tiene hasta la coronilla el empeño de un pequeño pero influyente grupo de economistas en torcer la realidad, en pretender que el día es noche. Su más reciente trabajo divulgativo-desinformativo está suscrito por el economista Miguel Santos y ha sido difundido, entre otros, por el doctor Ricardo Hausmann, quizá el economista venezolano más conocido en el extranjero. El trabajo en cuestión plantea que las sanciones económicas no han causado mayor daño a la población venezolana y que además han servido para "contener" las prácticas de la dictadura. Dicho esto, entremos en materia.

Permítanme abrir con una imagen incómoda. Imagínense ustedes a un paciente en terapia intensiva —ya muy grave por años de abandono médico— a quien de pronto le cae encima  un piano. Cuando un familiar pregunta si el piano ha contribuido al deterioro, el equipo médico contesta, con gesto profesoral, que el paciente ya estaba mal antes y que por lo tanto el piano es analíticamente irrelevante. Esa, en cifras y con ecuaciones, es la tesis central del Cambridge Element "From Collective Punishment to Constraints on Authority", recientemente publicado por el llamado grupito de Boston — no confundir con el Grupo de Boston de mis estimados Pastor Heydra y Pedro Pablo Alcántara, sino una pequeña cofradía de economistas venezolanos que lleva años, papers y columnas dedicadas a una empresa singular: absolver académicamente las sanciones económicas contra Venezuela.

Conviene aclarar algo de entrada, antes de que el coro habitual reaccione con sus salmos: nada de lo que sigue niega el desastre chavista. Hacerlo sería obsceno. La destrucción institucional venezolana empezó mucho antes de las sanciones petroleras de 2017-2019. PDVSA ya estaba militarizada, saqueada y técnicamente colapsada. El control de cambios había convertido la economía en un zoológico cambiario administrado por mafias. La hiperinflación venía incubándose desde los tiempos en que Donald Trump todavía despedía concursantes en televisión. Todo eso es verdad y nadie sensato pretende discutirlo.

Pero de esa verdad no se desprende la conclusión que el grupito de Boston intenta venderle al mundo desde hace años: que, como la crisis ya existía, las sanciones no habrían producido daño incremental significativo. Aquí es donde le lanzan el piano al paciente. Las sanciones sancionan —ese es, precisamente, su propósito declarado, y de paso la razón por la cual los gobiernos las imponen—. Negarlo no es heterodoxia académica: es necedad.

La literatura económica seria sobre crecimiento restringido por balanza de pagos —desde Thirlwall hasta Chenery y Strout, pasando por la inteligente y elegante  Mrs. Forbes— estableció hace décadas algo que cualquier estudiante decente de economía internacional aprende en su segundo año: cuando una economía extremadamente dependiente de divisas externas pierde acceso a financiamiento, exportaciones o mecanismos de pago, el ajuste ocurre por compresión de importaciones, caída del consumo y deterioro del bienestar. Y Venezuela era exactamente eso: un petroestado hiperdependiente donde el crudo representaba alrededor del 95 % de las exportaciones. No hace falta militar en el chavismo para entender la mecánica de semejante shock; basta haber aprobado economía internacional sin fanatismo. Lo verdaderamente extraordinario es que varios miembros del propio grupito de Boston publicaron durante años, antes de su conversión, sobre estos mismos mecanismos —restricciones externas, colapsos importadores, fragilidad petrolera—. Hoy pretenden que, milagrosamente, cortar el grifo de ingresos petroleros a una economía hiperdependiente no produce efectos marginales detectables. El piano, según ellos, cae sobre el paciente sin tocarlo.

¿Cómo se sostiene semejante contorsión? Mediante un viejo truco estadístico que conviene desmontar con calma, porque es donde está el corazón del problema. El Cambridge Element no demuestra ausencia de daño; demuestra, en el mejor de los casos, incapacidad para detectar ciertos efectos bajo diseños empíricos débiles y altamente contaminados. La distinción es elemental y cualquier estudiante serio de inferencia causal debería conocerla. El propio paper lo admite con una candidez sorprendente: reconoce que Venezuela carece de un contrafactual creíble, admite contaminación por shocks simultáneos, admite dificultades severas de identificación, admite que no puede aislar limpiamente el efecto de las sanciones. Pero después de confesar todas esas limitaciones, los autores ejecutan un salto mortal epistemológico: usan esos mismos diseños débiles —que ellos mismos han descalificado dos páginas antes— para concluir que no existe daño incremental relevante. Es como declarar inocente a un acusado porque el laboratorio perdió las muestras.

A esto se suma una segunda anomalía, esta vez de orden ético-metodológico: el grupito de Boston opera con estándares de evidencia radicalmente asimétricos. Si otro investigador encuentra efectos negativos de las sanciones, se le exige identificación perfecta, controles sintéticos impecables, paralelismo absoluto, robustez universal y ausencia total de shocks concurrentes. Pero si ellos mismos encuentran coeficientes estadísticamente no significativos, basta un p-value mediocre para proclamar urbi et orbi la inexistencia de efectos. Y cuando defienden su teoría favorita —la de que las sanciones habrían producido constraints on authority y reformas positivas—, ni siquiera exigen identificación causal: allí basta la narrativa institucionalista, una anécdota sobre la dolarización y un par de observaciones ex post. Para demostrar destrucción, estándar imposible; para acreditar nulidad, estándar mínimo; para celebrar beneficios institucionales, estándar puramente literario. Eso no es ciencia rigurosa: es abogacía econométrica.

Y resulta especialmente irritante la manera en que se presentan estos productos —profundamente autorreferenciales— como si fueran arbitrajes neutrales. Los autores citan trabajos previos escritos por ellos mismos para validar sus propias conclusiones, revisan una literatura en la que son parte interesada y utilizan datos propietarios inaccesibles a la replicación independiente. Sin acusar a nadie de fraude —no es necesario, ni elegante—, basta aplicar el viejo principio editorial según el cual un paper no puede fungir simultáneamente como tribunal, fiscalía y testigo experto de su propia causa.

Vale la pena detenerse aquí en un episodio revelador. Hace unos meses, otro columnista de este medio, Gustavo Coronel, comentó un estudio publicado en The Lancet sobre el efecto mortal de las sanciones. Coronel reconoció honestamente que la complejidad estadística del trabajo lo excedía. Hasta ahí, impecable: la humildad analítica honra a quien la práctica. El problema apareció cuando, acto seguido, intentó desacreditarlo invocando sesgos ideológicos y relaciones personales de los autores, sin responder una sola objeción metodológica sustantiva. Es una escena muy venezolana —descalificar primero, leer después—; pero incluso Coronel terminó admitiendo lo esencial: las sanciones económicas producen, inevitablemente, efectos negativos sobre la población. Es decir, concedió el punto exacto que el grupito de Boston lleva años intentando evaporar estadísticamente.

Tampoco salva el argumento la metáfora favorita de esta escuela: la quimioterapia. Toda quimioterapia seria exige evaluación constante del daño colateral; ningún oncólogo responsable celebra la toxicidad del tratamiento como si fuera irrelevante. La mide, la monitorea y la incorpora al análisis riesgo-beneficio. En cambio, buena parte del debate venezolano sobre sanciones ha sido secuestrado por una lógica binaria, casi religiosa: si reconoces costos humanos, eres chavista; si los ignoras, eres demócrata. Esa infantilización del análisis es precisamente lo que vuelve tan peligrosos los productos académicos del grupito. No porque cuestionen exageraciones previas —muchas merecían ser cuestionadas—, sino porque intentan reemplazar un exceso propagandístico por otro de signo contrario, esta vez envuelto en el celofán del Cambridge University Press.

La realidad, menos cómoda para todos, cabe en tres proposiciones que cualquier lector honesto debería poder sostener simultáneamente. Maduro destruyó Venezuela. Las sanciones agravaron marginalmente esa destrucción. Y los supuestos beneficios institucionales derivados de ellas siguen siendo empíricamente ambiguos, modestos y teóricamente sobrevendidos. Negar cualquiera de las tres no exige econometría: exige ideología. Ibsen Martínez podría resumir esta tragicomedia académica con una de sus líneas feroces, 

Ibsen Martínez quizás habría resumido toda esta tragicomedia académica con una línea feroz:

“En Venezuela hay economistas que usan regresiones como otros usan escapularios: no para entender la realidad, sino para espantar demonios.”

Ibsen, que se sepa, no formuló nunca esa frase exacta, pero el diagnóstico es suyo y la sospecha también: cuando un cuerpo académico necesita repetir cada año, ecuación tras ecuación, que el piano no hizo daño, lo más probable es que esté tratando de convencerse a sí mismo.