León Comerre: El Diluvio.
“Embriagaré mis flechas de sangre, mi espada devorará la carne; sangre de los masacrados y cautivos, cabezas de jefes enemigos”.
Deuterenonio, 32:42.
El Antiguo Testamento es una brutal relación de matanzas, violaciones y todo tipo de aberraciones sexuales que hacen que ‘Juego de tronos’ parezca ‘Sonrisas y lágrimas’. Eran otros tiempos, claro: Yaveh era un dios como se estilaba en aquella época: brutal, vengativo, violento, sanguinario, un digno representante del heteropatriarcado, como se dice ahora.
Aunque los primeros capítulos parece que apuntan a una bonita historia romántica, con una pareja nudista en un paraíso en el que sólo hay que retozar y amancebarse, no tarda en producirse el primer crimen: Caín mata al bueno de Abel por un quítame allá unas chuletas. A partir de ahí, el acabóse: Dios desenfunda su espada flamígera a la primera de cambio y aniquila sin piedad a pecadores, impíos, recién nacidos o incluso algún vicioso onanista. Lo que viene siendo un sindiós.
