Casos documentados desde 1977
hasta la actualidad muestran cómo la combinación entre especies distintas ayudó
a preservar poblaciones en riesgo y a mejorar la adaptación en territorios
extremos
Por Agustina Herreria
Tres animales híbridos muestran
usos concretos en conservación, ganadería y experimentación, desde el caso de
una rinoceronte nacida
en 1977 en la República Checa hasta cruces desarrollados en
el Himalaya y en Dubái.
Los animales híbridos no siempre son
una rareza de laboratorio. En algunos casos, aparecen vinculados a objetivos
puntuales, como sostener especies al borde de desaparecer, mejorar la
adaptación a territorios de altura o evaluar los límites biológicos de
determinados cruces.
Según GEO, estas
combinaciones entre especies o subespecies pueden servir para enfrentar
extinciones, condiciones extremas o ensayos de cría. Los casos abarcan a un
rinoceronte blanco, al dzo usado desde hace siglos en Asia y al cama obtenido
mediante inseminación artificial.
El intento para salvar una especie
En 1977 nació en el zoológico de Dvůr Králové, en la República Checa, una hembra de rinoceronte llamada Nasi. Durante varios meses, su llegada no llamó la atención de los cuidadores, hasta que se comprobó que su madre pertenecía a la subespecie del ejemplar blanco del Norte y su padre a la del Sur.
Ese cruce, que en ese momento parecía
un dato menor, adquirió otra dimensión con el paso de los años: el individuo
del Norte quedó al borde de la extinción y solo sobreviven 2 hembras, incapaces
de reproducirse de forma natural.
Además, el último macho murió en
2018, aunque se conservaron espermatozoides que hoy permiten crear embriones en
laboratorio. El problema central es encontrar un ejemplar capaz de gestarlos.
Un antecedente clave para salvar la
subespecie
Allí reaparece el valor del caso
de Nasi. Su nacimiento demostró que una hembra de rinoceronte blanco del
Sur puede llevar adelante la gestación de un embrión que, en términos
genéticos, pertenece al Norte.
En 2023 se implantaron
embriones en un ejemplar del Sur en Kenia. Aunque la gestación no
prosperó, durante un examen veterinario se observó un feto de 70 días, esa
experiencia permitió confirmar una posibilidad biológica relevante según ScienceDaily.
Sin el antecedente de Nasi, esta
alternativa potencialmente no habría sido considerada. De ese modo,
presenta a aquel nacimiento como una referencia para los actuales intentos de
preservar a la subespecie.
La utilidad de este híbrido, en este
caso, no aparece como una solución definitiva, sino como una prueba de que una
gestación subrogada entre subespecies puede ser viable.
El dzo se afianzó en la vida de
montaña
Muy distinto es el caso del dzo,
un híbrido entre yak y vaca doméstica que se utiliza desde hace más
de 2.000 años en las mesetas del Tíbet y en
el Himalaya. Este animal fue pensado para responder a las exigencias de la
altura.
El macho suele ser estéril, pero la
hembra, llamada dzomo, puede reproducirse con las 2 especies de origen. Esa
particularidad permite a los criadores sostener y ajustar las líneas de cría y
así pueden elegir ejemplares más resistentes y productivos, en función de las
necesidades del entorno.
Este animal reúne rasgos del yak
salvaje, como la resistencia al frío, la capacidad de soportar la falta de
oxígeno y la adaptación a la altitud, junto con características de los bovinos
domésticos, entre ellas mayor masa muscular y mejor rendimiento lechero.
Este híbrido puede transportar cargas
más pesadas que un yak y producir más leche, sin perder la capacidad de
sobrevivir en zonas donde una vaca común no resistiría. Por eso se lo usa para
el transporte, el arado y la producción láctea.
Un híbrido clave en tiempos de cambio
Es un pilar de la economía
pastoral himalaya, al destacar su presencia sostenida en esas comunidades de
montaña. Los pastizales se transforman y las estaciones se alteran, en
este contexto de inestabilidad, este ejemplar resurge como fuente de
resiliencia.
Las investigaciones genéticas
recientes muestran que el dzo combina genes ligados a la adaptación a la altura
con otros asociados al crecimiento y a la producción de leche. Esa mezcla atrae
a especialistas que estudian sistemas ganaderos aptos para regiones montañosas
de otras partes del mundo.
El cama no superó la fase
experimental
El tercer caso es el del cama,
desarrollado en 1998 en el Centro de Reproducción de
Camélidos de Dubái. Allí, investigadores lograron fecundar una hembra
llama con esperma de un dromedario mediante inseminación artificial.
La reproducción natural era inviable
por la diferencia de tamaño entre ambas especies. Un dromedario mide
entre 1,80 y 2,10 metros a la cruz, mientras una llama alcanza
entre 1,10 y 1,20 metros.
El primer ejemplar, llamado Rama,
fue seguido por otros. Tenía aspecto de gran llama, con patas largas, pelaje
relativamente denso, ausencia de joroba y patas hendidas de llama, además de
orejas cortas, cola larga y hocico semejante al del dromedario.
Sin embargo, los resultados no fueron
uniformes. Algunos individuos eran sociables y robustos, pero otros
desarrollaban conductas agresivas o inestables. La esterilidad, frecuente en
híbridos entre géneros distintos, apareció en varios camas.
Los estudios sobre híbridos entre
estos animales muestran que, aunque estos cruces pueden lograrse mediante
técnicas reproductivas, presentan altas tasas de fracaso gestacional y
limitaciones de fertilidad, lo que dificulta su consolidación como un modelo
viable a largo plazo, según ScienceDirect.
La hibridación puede funcionar en el
plano técnico, pero no siempre da lugar a un modelo viable a largo plazo.
Mientras que el dzo ya forma parte de las tradiciones ganaderas del Himalaya
desde hace bastante tiempo, la cama todavía no ha pasado de ser un experimento.
Fuente: INFOBAE / En la imagen de Infobae,
un ejemplar de dzo, hibrido que combina adaptación a la altitud, resistencia al
frío y tolerancia a la falta de oxígeno con mayor masa muscular y producción de
leche.