Por Juan C. Sánchez H.* / Opinión
Hay hechos que trascienden la simple noticia para convertirse en símbolos de una época. Son acontecimientos que, por su carga humana y moral, conmueven la conciencia colectiva y obligan a reflexionar sobre las contradicciones de la sociedad. Uno de ellos es, sin duda, la dolorosa posibilidad de que El Pao de San Juan Bautista, tierra de antiguas tradiciones y profundas raíces culturales, vea silenciados los tambores de San Juan después de más de tres siglos de celebración ininterrumpida debido a la falta de agua potable.
La sola idea parece una paradoja imposible.
Resulta difícil comprender que un pueblo nacido y
desarrollado a la vera de un río generoso, un río que durante siglos ha sido
fuente de vida, de sustento y de identidad, pueda encontrarse hoy padeciendo
sed. Es una de esas ironías que la historia suele reservar para los pueblos
olvidados: la abundancia convertida en escasez y la riqueza transformada en
carencia.
El río Pao no es solamente una corriente de agua que atraviesa la geografía llanera. Es parte esencial de la memoria colectiva de la región. Sus aguas han acompañado el crecimiento de generaciones enteras, han alimentado sembradíos, calmado la sed de hombres y animales y servido de escenario para innumerables episodios de la vida cotidiana. En torno a él se construyeron historias familiares, leyendas populares, jornadas de trabajo y momentos de recreación que forman parte inseparable del patrimonio espiritual de la comunidad.
Sin embargo, el destino quiso que hace varias décadas la
construcción de la represa modificara profundamente la relación entre el pueblo
y su principal riqueza natural. Aquella gigantesca obra hidráulica convirtió al
municipio en uno de los más importantes proveedores de agua para extensas zonas
de tres estados venezolanos. Desde entonces, millones de personas han recibido
el beneficio de un recurso cuya fuente principal se encuentra precisamente en
las tierras paenses.
Pero mientras el agua emprendía su recorrido hacia ciudades y
poblaciones distantes, el pueblo que la resguarda comenzó a experimentar una
amarga realidad. La región que calma la sed de otros terminó padeciendo su
propia sed. Así nació una de las contradicciones más dolorosas que puede sufrir
una comunidad: convertirse en guardiana de una riqueza que no logra disfrutar
plenamente.
La sabiduría popular ha resumido durante siglos este tipo de
situaciones en expresiones sencillas pero contundentes. “En casa de herrero,
cuchillo de palo”, dice el refrán. Y pocas veces esa sentencia parece haber
encontrado una representación tan exacta como en el caso de El Pao. Allí donde
se encuentra una de las mayores reservas de agua de la región, las familias
enfrentan dificultades para acceder al líquido indispensable para la vida
diaria.
Pero la gravedad del problema trasciende lo material. La
suspensión de las festividades de San Juan Bautista no significa únicamente
cancelar actividades recreativas o religiosas. Implica mucho más. Significa
interrumpir una tradición que ha sobrevivido a guerras, crisis económicas,
epidemias y transformaciones políticas. Significa apagar el sonido de los
tambores que durante generaciones han marcado el ritmo espiritual del pueblo
cada 24 de junio. Significa impedir el regreso de hijos y nietos que vuelven cada
año a reencontrarse con sus raíces y a cumplir promesas hechas al santo
patrono.
Las fiestas de San Juan constituyen uno de los pilares de la
identidad cultural paense. Son la expresión viva de una memoria colectiva que
se ha transmitido de padres a hijos durante siglos. En ellas convergen la fe,
la música, la tradición oral, la gastronomía, el encuentro familiar y el
sentido de pertenencia. Cuando un pueblo pierde temporalmente una celebración
de esta magnitud, no solo pierde un evento; pierde una parte de sí mismo.
Por ello, el problema del agua en El Pao no puede verse
únicamente como una deficiencia de infraestructura o como una falla
administrativa. Se trata de una situación que afecta directamente el tejido
cultural y emocional de toda una comunidad. Es la demostración palpable de cómo
el deterioro de los servicios básicos termina erosionando aquello que
constituye el alma misma de los pueblos: sus costumbres, sus símbolos y sus
espacios de encuentro.
Resulta especialmente doloroso porque los llaneros han sido
históricamente gente de generosidad y resistencia. Son hombres y mujeres
acostumbrados a compartir lo que tienen, a enfrentar adversidades y a mantener
viva la esperanza aun en los momentos más difíciles. Por eso, contemplar a El
Pao sediento mientras custodia una inmensa reserva de agua produce una
sensación de injusticia que hiere profundamente la sensibilidad de quienes
conocen su historia.
La situación actual constituye, además, un llamado de
atención para toda la sociedad. Los pueblos no desaparecen únicamente cuando se
destruyen sus edificios o se despueblan sus calles. También comienzan a
extinguirse cuando se debilitan sus tradiciones, cuando sus celebraciones
pierden fuerza y cuando la población se ve privada de las condiciones mínimas
que permiten sostener la vida comunitaria.
El Pao merece algo mejor. Merece que su riqueza hídrica se
traduzca también en bienestar para sus habitantes. Merece que el agua que
alimenta a regiones enteras llegue con dignidad a cada hogar paense. Merece que
los tambores de San Juan sigan resonando con la misma fuerza con que lo han
hecho durante más de trescientos años.
Porque permitir que el pueblo del agua muera de sed sería una
derrota moral para todos. Y porque cada vez que calla un tambor tradicional,
cada vez que se suspende una fiesta heredada de los antepasados, cada vez que
una comunidad ve amenazada su identidad, se pierde una parte invaluable del
patrimonio cultural de Venezuela.
Ojalá que la justicia, la voluntad y la sensibilidad
prevalezcan. Ojalá que el río que ha acompañado la historia de El Pao durante
siglos vuelva a reflejar no la tristeza de un pueblo abandonado, sino la
alegría de una comunidad que recupera aquello que siempre le perteneció: el
derecho a vivir con dignidad junto a las aguas que la vieron nacer.
*Oriundo del Pao-Cojedes, Antropólogo y Médico Cirujano,
profesor titular jubilado de la ULA y residente en San Carlos,
Cojedes-Venezuela.