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14 junio, 2026

El Pao sediento. La tragedia de un pueblo rodeado de agua

Por Juan C. Sánchez H.* / Opinión 

Hay hechos que trascienden la simple noticia para convertirse en símbolos de una época. Son acontecimientos que, por su carga humana y moral, conmueven la conciencia colectiva y obligan a reflexionar sobre las contradicciones de la sociedad. Uno de ellos es, sin duda, la dolorosa posibilidad de que El Pao de San Juan Bautista, tierra de antiguas tradiciones y profundas raíces culturales, vea silenciados los tambores de San Juan después de más de tres siglos de celebración ininterrumpida debido a la falta de agua potable.

La sola idea parece una paradoja imposible.

Resulta difícil comprender que un pueblo nacido y desarrollado a la vera de un río generoso, un río que durante siglos ha sido fuente de vida, de sustento y de identidad, pueda encontrarse hoy padeciendo sed. Es una de esas ironías que la historia suele reservar para los pueblos olvidados: la abundancia convertida en escasez y la riqueza transformada en carencia.

El río Pao no es solamente una corriente de agua que atraviesa la geografía llanera. Es parte esencial de la memoria colectiva de la región. Sus aguas han acompañado el crecimiento de generaciones enteras, han alimentado sembradíos, calmado la sed de hombres y animales y servido de escenario para innumerables episodios de la vida cotidiana. En torno a él se construyeron historias familiares, leyendas populares, jornadas de trabajo y momentos de recreación que forman parte inseparable del patrimonio espiritual de la comunidad.

Sin embargo, el destino quiso que hace varias décadas la construcción de la represa modificara profundamente la relación entre el pueblo y su principal riqueza natural. Aquella gigantesca obra hidráulica convirtió al municipio en uno de los más importantes proveedores de agua para extensas zonas de tres estados venezolanos. Desde entonces, millones de personas han recibido el beneficio de un recurso cuya fuente principal se encuentra precisamente en las tierras paenses.

Pero mientras el agua emprendía su recorrido hacia ciudades y poblaciones distantes, el pueblo que la resguarda comenzó a experimentar una amarga realidad. La región que calma la sed de otros terminó padeciendo su propia sed. Así nació una de las contradicciones más dolorosas que puede sufrir una comunidad: convertirse en guardiana de una riqueza que no logra disfrutar plenamente.

La sabiduría popular ha resumido durante siglos este tipo de situaciones en expresiones sencillas pero contundentes. “En casa de herrero, cuchillo de palo”, dice el refrán. Y pocas veces esa sentencia parece haber encontrado una representación tan exacta como en el caso de El Pao. Allí donde se encuentra una de las mayores reservas de agua de la región, las familias enfrentan dificultades para acceder al líquido indispensable para la vida diaria.

Pero la gravedad del problema trasciende lo material. La suspensión de las festividades de San Juan Bautista no significa únicamente cancelar actividades recreativas o religiosas. Implica mucho más. Significa interrumpir una tradición que ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, epidemias y transformaciones políticas. Significa apagar el sonido de los tambores que durante generaciones han marcado el ritmo espiritual del pueblo cada 24 de junio. Significa impedir el regreso de hijos y nietos que vuelven cada año a reencontrarse con sus raíces y a cumplir promesas hechas al santo patrono.

Las fiestas de San Juan constituyen uno de los pilares de la identidad cultural paense. Son la expresión viva de una memoria colectiva que se ha transmitido de padres a hijos durante siglos. En ellas convergen la fe, la música, la tradición oral, la gastronomía, el encuentro familiar y el sentido de pertenencia. Cuando un pueblo pierde temporalmente una celebración de esta magnitud, no solo pierde un evento; pierde una parte de sí mismo.

Por ello, el problema del agua en El Pao no puede verse únicamente como una deficiencia de infraestructura o como una falla administrativa. Se trata de una situación que afecta directamente el tejido cultural y emocional de toda una comunidad. Es la demostración palpable de cómo el deterioro de los servicios básicos termina erosionando aquello que constituye el alma misma de los pueblos: sus costumbres, sus símbolos y sus espacios de encuentro.

Resulta especialmente doloroso porque los llaneros han sido históricamente gente de generosidad y resistencia. Son hombres y mujeres acostumbrados a compartir lo que tienen, a enfrentar adversidades y a mantener viva la esperanza aun en los momentos más difíciles. Por eso, contemplar a El Pao sediento mientras custodia una inmensa reserva de agua produce una sensación de injusticia que hiere profundamente la sensibilidad de quienes conocen su historia.

La situación actual constituye, además, un llamado de atención para toda la sociedad. Los pueblos no desaparecen únicamente cuando se destruyen sus edificios o se despueblan sus calles. También comienzan a extinguirse cuando se debilitan sus tradiciones, cuando sus celebraciones pierden fuerza y cuando la población se ve privada de las condiciones mínimas que permiten sostener la vida comunitaria.

El Pao merece algo mejor. Merece que su riqueza hídrica se traduzca también en bienestar para sus habitantes. Merece que el agua que alimenta a regiones enteras llegue con dignidad a cada hogar paense. Merece que los tambores de San Juan sigan resonando con la misma fuerza con que lo han hecho durante más de trescientos años.

Porque permitir que el pueblo del agua muera de sed sería una derrota moral para todos. Y porque cada vez que calla un tambor tradicional, cada vez que se suspende una fiesta heredada de los antepasados, cada vez que una comunidad ve amenazada su identidad, se pierde una parte invaluable del patrimonio cultural de Venezuela.

Ojalá que la justicia, la voluntad y la sensibilidad prevalezcan. Ojalá que el río que ha acompañado la historia de El Pao durante siglos vuelva a reflejar no la tristeza de un pueblo abandonado, sino la alegría de una comunidad que recupera aquello que siempre le perteneció: el derecho a vivir con dignidad junto a las aguas que la vieron nacer.

*Oriundo del Pao-Cojedes, Antropólogo y Médico Cirujano, profesor titular jubilado de la ULA y residente en San Carlos, Cojedes-Venezuela.