Haití no es el fracaso del comunismo; todo lo
contrario. Es la consecuencia de sucesivos gobiernos neoliberales y dictaduras
financiadas por Occidente.
Los sucesivos gobiernos de Haití han sido abanderados
del anticomunismo.
Cuando el debate latinoamericano gira hacia los fracasos del
socialismo, Cuba aparece casi de forma refleja: las colas, las
carencias, el partido único. Rara vez aparece en ese mismo análisis el país que
está a pocas horas de vuelo de Cuba, el que no tuvo revolución ni bloqueo ni
experimento colectivista, el que siguió fielmente el libreto que Washington
recomendaba durante décadas.
Ese país es Haití. Y su historia es incómoda para todos los bandos, pero
sobre todo para quienes tienen la costumbre de terminar los argumentos antes de
que incomoden demasiado.
Haití no llegó a la pobreza extrema por culpa del comunismo. Llegó ahí siendo, durante casi toda
su historia republicana moderna, uno de los aliados más fieles del
anticomunismo en el hemisferio. Los sucesivos gobiernos haitianos vendieron su
lealtad ideológica a Washington a cambio de financiamiento, y Washington
pagó sin hacer demasiadas preguntas.
El anticomunismo como negocio de Estado
El caso más claro fue François «Papa Doc» Duvalier,
elegido en 1957. Se presentó como el gran muro contra el comunismo caribeño
justo cuando la revolución cubana ponía nerviosos a los estrategas
norteamericanos, y eso le bastó para atraer apoyo externo mientras montaba un
aparato de terror interno. Las estimaciones del apoyo total de Estados Unidos a
Haití durante los gobiernos de Duvalier padre e hijo superan los 900 millones
de dólares.
La narrativa del libre mercado sin
distorsiones tampoco resiste el escrutinio. Haití tuvo comercio internacional
abierto, sin bloqueos, y de todas formas fue sometido repetidamente a la mano
del capital externo que extraía sin construir. Cuando el mercado libre llegó
a Haití, llegó mayormente en forma de industria textil
maquiladora, no en forma de desarrollo soberano.
El único paréntesis significativamente popular en esa
historia fue Jean-Bertrand Aristide, un expresacerdote con retórica de
izquierda que ganó elecciones y fue derrocado dos veces. Washington diseñó
ambos golpes. Después volvió la derecha amigable, y con ella la continuidad del
desastre.
Lo que muestran los números
El resultado de ese modelo es lo que los datos señalan hoy
sin ambigüedad. Más del 66% de la población de Haití, cerca de 12 millones de
personas, vive con menos de 3,65 dólares al día según el Banco Mundial.
Alrededor de 5,7 millones enfrentan inseguridad alimentaria grave, con 600.000
en situación de hambruna. Solo el 51% de los haitianos tiene acceso a
electricidad, de forma intermitente y cara. Cerca del 35% no tiene agua potable.
En lo político, el deterioro es igual de contundente. El
Consejo Presidencial de Transición que intentó estabilizar el país vio caer el
empleo en el sector textil de 32.000 trabajadores a poco más de 20.000 en
apenas meses. El PIB lleva más de cinco años consecutivos de contracción. La
inflación ronda el 27%. Y los grupos criminales agrupados bajo la coalición
conocida como Viv Ansanm controlan hoy gran parte de la capital y se han
expandido a tres departamentos del país.
En junio de 2025, 1,3 millones de personas estaban desplazadas
dentro del propio territorio haitiano. Ese año murieron casi 6.000 personas
por violencia de bandas y operaciones de seguridad. Haití no ha tenido
funcionarios electos a nivel nacional desde enero de 2023, y su parlamento
lleva inactivo desde 2019.
La comparación que nadie quiere hacer
Aquí es donde la referencia a Cuba deja
de ser un ejercicio ideológico y se convierte en un hecho estadístico.
La esperanza de vida al nacer en Cuba fue de 78,3 años en 2024, por encima del
promedio regional. En Haití es de 61,5 años, la más baja de América Latina y el
Caribe. La diferencia supera los 16 años. La tasa de alfabetización cubana está
en 99,9%. La haitiana no tiene comparación posible.
La pregunta no es si Cuba es un modelo deseable. Tiene su déficit democrático,
sus migraciones masivas, sus contradicciones profundas. La pregunta es otra:
¿por qué cuando se necesita demostrar el fracaso del socialismo el dedo apunta
siempre a La Habana, mientras Haití lleva más de un siglo alineado al modelo
opuesto, sin bloqueos que sirvan de excusa, con acceso pleno al comercio
internacional, y es el más pobre del hemisferio occidental sin que eso genere
ninguna reflexión equivalente?
Haití no es el fracaso del comunismo… todo lo contrario. Es el resultado acumulado de
dictaduras financiadas por Washington, apertura comercial sin desarrollo, y una
deuda de 150 millones de francos oro que Francia exigió a los haitianos como
condición para reconocer su propia independencia en 1825, convirtiéndolos en la
única nación de la historia obligada a indemnizar a sus antiguos
esclavizadores. El modelo que Haití representó tuvo todo el tiempo del mundo
para demostrar sus virtudes. Los números están ahí.
Fuente: La Red 21 / Uruguay. Foto de archivo.
* Periodista
y postproductor audiovisual con más de veinte años de trayectoria en medios de
prensa, redacción publicitaria y producción.