“Una pintura no debe ser un comentario, sino el hecho mismo;
no un reflejo, sino la luz misma; no una interpretación, sino la misma cosa por
interpretar. La única emoción que debe generar y transmitir es la que se derive
del fenómeno puramente plástico”.
Decía Justino Fernández que la pintura de Orozco contiene
signos cuyo mensaje no deja tranquilo al público; es una expresión de la
conciencia de su tiempo. Obra lejana al efecto “narcotizante” y decorativo, la
de Orozco expresa los signos de “un mundo que arde en odio, en guerra de
exterminio, de tragedia y dolor. Un arte de crisis cultural”. Y aunque
Fernández escribiera estas ideas en 1942, hoy, en pleno siglo XXI, no es
distinta esta situación. La actualidad de Orozco sigue incomodando,
cuestionando, subvirtiendo los signos de nuestro tiempo, poniéndonos ante un
espejo terrible, e inquietante.
Hombre taciturno, enemigo de la exhibición y el espectáculo; escucha con atención, es claro y escueto en su opinión. Rasgos del carácter del artista consecuentes con su poética visual.
Nacido en Ciudad Guzmán, Jalisco, el 23 de noviembre de 1883.
Un niño que en la capital solía detenerse ante los ventanales de la imprenta
Vanegas Arroyo para mirar trabajar a Posada, como presenciando una revelación.
En adelante, buscaría entusiasmado, entre carbón, papel y color, un lenguaje
propio. Trabajando como dibujante pagó sus estudios en la Academia de Bellas
Artes en tiempos de Antonio Fabrés; las clases de dibujo al calor de la voz de
Gerardo Murillo le despertaron ideas y motivos. Orozco recorre calles y barrios
humildes de la ciudad, observando prostitutas, niños, perros, cantinas. “Primer
paso, tímido todavía, hacia una liberación de la tiranía extranjera”. Lejos de
reproducir los dulces y luminosos colores del impresionismo en boga, continuará
la búsqueda de ese lenguaje propio.
“Me gustaban más el negro y las tierras excluidas de las
paletas impresionistas. En vez de crepúsculos rojos y amarillos, pinté las
sombras pestilentes de los aposentos cerrados y en vez de indios calzonudos,
damas y caballeros borrachos”.
Bajo el mando de Victoriano Huerta, la ciudad de México se
infestó de casas de juego, cantinas y pulquerías; la vida nocturna de una
ciudad contrahecha por la reciente Decena Trágica; “purgatorios urbanos” del
México convulso por la violencia, en donde no cabe línea pura, ni sonrisa sin
sarcasmo
Imágenes de la antideología
Violencia, anarquismo, subversión, poderes intactos de la
resistencia estética: “No a las grandes simplificaciones modernas, no a la
versión oficial de nuestra historia, no al clericalismo, no a la burguesía, no
a las sectas”.
Cardoza y Aragón afirma: “México encontró en Orozco el
artista a escala del drama que vivía”, una mirada terrible. Si el drama fue de
proporciones apoteóticas, así debía ser la emoción plástica expresada. Rebelde
e independiente de escuelas y tradiciones pictóricas, una misión artística
contra los afeites de la historia oficial; no glorifica la miseria ni el dolor,
expresa la Humanidad en el sentido más amplio, y la Emoción como una de las
formas olvidadas de conocimiento, la “emoción trascendida”.
Comento tres ejemplos en dos litografías y un grabado: Zapatistas (1935)
muestra tropas cansadas, agotadas, sudorosas, deshilachadas. Una mirada
realista de la Revolución desde el lado humano: soldados azorados, con ojos
hambrientos y sedientos, pero también de horror, de odio o de
incredulidad; Linchamiento (1930), en palabras de algunos, “la
más espeluznante de sus imágenes”; el dibujo estuvo arrumbado en una galería de
Estados Unidos hasta que Álvaro Carrillo Gil lo recuperó para su colección. Un
cuerpo carbonizado que cuelga de un árbol, se balancea rígido e inexpresivo;
casi un esqueleto renegrido y tieso. Una estampa grotesca pero elocuente de una
violencia que no es exclusiva de aquellos tiempos.
El payaso y el mundo (1944). Aunque el viaje de Orozco a San Francisco está
marcado por la infame destrucción de 60 pinturas en la aduana estadunidense,
allá encontrará un nuevo carnaval para sus ojos. Con la Primera Guerra Mundial
como escenario, viaja a Nueva York, atraído por el barrio de Harlem y Coney
Island, en donde freaks, marineros tatuados y circos de pulgas lo
sorprenden.
El payaso y el mundo es una extraordinaria metáfora de la condición humana.
En actitud desencantada, el payaso de carpa observa un pequeño planeta Tierra
que gira en la punta de su dedo. La presencia de otro payaso en segundo plano
puede ser la humanidad espectadora, mirando al artista desempeñar su penosa
tarea de contemplar el mundo, haciéndolo girar bajo sus propias fuerzas.
“Lo que vale es el valor de pensar en voz alta, decir
las cosas tal como se sienten en el momento en que se dicen. Ser lo
suficientemente temerario para proclamar la que uno cree que es la verdad, sin
importar las consecuencias y caiga quien cayere. Si fuera uno a esperar a tener
la verdad absoluta en la mano, o sería un necio o se volvería uno mudo para
siempre. El mundo se detendría en su marcha”.
*Autora de Cantar de fuego
Tomado de La Jornada / México. En la imagen, 'el payaso y el
mundo' (1944), obra de José Clemente Orozco. Foto Wikimedia Commons