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14 junio, 2026

Arte. José Clemente Orozco. La mirada terrible

 Por Liliana García Sánchez*

“Una pintura no debe ser un comentario, sino el hecho mismo; no un reflejo, sino la luz misma; no una interpretación, sino la misma cosa por interpretar. La única emoción que debe generar y transmitir es la que se derive del fenómeno puramente plástico”. 

Decía Justino Fernández que la pintura de Orozco contiene signos cuyo mensaje no deja tranquilo al público; es una expresión de la conciencia de su tiempo. Obra lejana al efecto “narcotizante” y decorativo, la de Orozco expresa los signos de “un mundo que arde en odio, en guerra de exterminio, de tragedia y dolor. Un arte de crisis cultural”. Y aunque Fernández escribiera estas ideas en 1942, hoy, en pleno siglo XXI, no es distinta esta situación. La actualidad de Orozco sigue incomodando, cuestionando, subvirtiendo los signos de nuestro tiempo, poniéndonos ante un espejo terrible, e inquietante. 

Hombre taciturno, enemigo de la exhibición y el espectáculo; escucha con atención, es claro y escueto en su opinión. Rasgos del carácter del artista consecuentes con su poética visual. 

Nacido en Ciudad Guzmán, Jalisco, el 23 de noviembre de 1883. Un niño que en la capital solía detenerse ante los ventanales de la imprenta Vanegas Arroyo para mirar trabajar a Posada, como presenciando una revelación. En adelante, buscaría entusiasmado, entre carbón, papel y color, un lenguaje propio. Trabajando como dibujante pagó sus estudios en la Academia de Bellas Artes en tiempos de Antonio Fabrés; las clases de dibujo al calor de la voz de Gerardo Murillo le despertaron ideas y motivos. Orozco recorre calles y barrios humildes de la ciudad, observando prostitutas, niños, perros, cantinas. “Primer paso, tímido todavía, hacia una liberación de la tiranía extranjera”. Lejos de reproducir los dulces y luminosos colores del impresionismo en boga, continuará la búsqueda de ese lenguaje propio. 

“Me gustaban más el negro y las tierras excluidas de las paletas impresionistas. En vez de crepúsculos rojos y amarillos, pinté las sombras pestilentes de los aposentos cerrados y en vez de indios calzonudos, damas y caballeros borrachos”. 

Bajo el mando de Victoriano Huerta, la ciudad de México se infestó de casas de juego, cantinas y pulquerías; la vida nocturna de una ciudad contrahecha por la reciente Decena Trágica; “purgatorios urbanos” del México convulso por la violencia, en donde no cabe línea pura, ni sonrisa sin sarcasmo 

Imágenes de la antideología 

Violencia, anarquismo, subversión, poderes intactos de la resistencia estética: “No a las grandes simplificaciones modernas, no a la versión oficial de nuestra historia, no al clericalismo, no a la burguesía, no a las sectas”. 

Cardoza y Aragón afirma: “México encontró en Orozco el artista a escala del drama que vivía”, una mirada terrible. Si el drama fue de proporciones apoteóticas, así debía ser la emoción plástica expresada. Rebelde e independiente de escuelas y tradiciones pictóricas, una misión artística contra los afeites de la historia oficial; no glorifica la miseria ni el dolor, expresa la Humanidad en el sentido más amplio, y la Emoción como una de las formas olvidadas de conocimiento, la “emoción trascendida”. 

Comento tres ejemplos en dos litografías y un grabado: Zapatistas (1935) muestra tropas cansadas, agotadas, sudorosas, deshilachadas. Una mirada realista de la Revolución desde el lado humano: soldados azorados, con ojos hambrientos y sedientos, pero también de horror, de odio o de incredulidad; Linchamiento (1930), en palabras de algunos, “la más espeluznante de sus imágenes”; el dibujo estuvo arrumbado en una galería de Estados Unidos hasta que Álvaro Carrillo Gil lo recuperó para su colección. Un cuerpo carbonizado que cuelga de un árbol, se balancea rígido e inexpresivo; casi un esqueleto renegrido y tieso. Una estampa grotesca pero elocuente de una violencia que no es exclusiva de aquellos tiempos. 

El payaso y el mundo (1944). Aunque el viaje de Orozco a San Francisco está marcado por la infame destrucción de 60 pinturas en la aduana estadunidense, allá encontrará un nuevo carnaval para sus ojos. Con la Primera Guerra Mundial como escenario, viaja a Nueva York, atraído por el barrio de Harlem y Coney Island, en donde freaks, marineros tatuados y circos de pulgas lo sorprenden. 

El payaso y el mundo es una extraordinaria metáfora de la condición humana. En actitud desencantada, el payaso de carpa observa un pequeño planeta Tierra que gira en la punta de su dedo. La presencia de otro payaso en segundo plano puede ser la humanidad espectadora, mirando al artista desempeñar su penosa tarea de contemplar el mundo, haciéndolo girar bajo sus propias fuerzas. 

“Lo que vale es el valor de pensar en voz alta, decir las cosas tal como se sienten en el momento en que se dicen. Ser lo suficientemente temerario para proclamar la que uno cree que es la verdad, sin importar las consecuencias y caiga quien cayere. Si fuera uno a esperar a tener la verdad absoluta en la mano, o sería un necio o se volvería uno mudo para siempre. El mundo se detendría en su marcha”. 

*Autora de Cantar de fuego

Tomado de La Jornada / México. En la imagen, 'el payaso y el mundo' (1944), obra de José Clemente Orozco. Foto Wikimedia Commons