El candidato de la ultraderecha construyó su carrera
como penalista de causas polémicas, tanto en los tribunales como en los medios
Por Camila Osorio y María Martín
BOGOTÁ. – Mocasines Louis Vuitton, más de 20 lociones para
distintas horas del día, botellas de alcohol que cuestan más de 10.000
dólares. Abelardo
de la Espriella, el candidato presidencial de la ultraderecha en Colombia que
dice representar a “los nunca”, le gusta presentarse ante el mundo con lujo: no
oculta que viaja en jet privado, dice que su padre le enseñó a combinar buenos
vinos con buenos quesos y viaja una vez al año a comprar su ropa en Italia.
Su estilo de vida es su estilo de campaña. Cuando está sobre
el escenario, prende pólvora, vuela drones, baila con videos de tigres —el
animal con el que se identifica— hechos con IA. Su esposa dice que si
pierden la elección presidencial no hay problema, pues se volverían a su hogar
en Italia o Estados Unidos, donde también tienen ciudadanía. Pero,
según las encuestas, El Tigre tiene un pie en la Casa de Nariño.
A sus 47 años, “el defensor de la patria” no ha ocupado un solo cargo público, aunque lleva más de dos décadas en la vida pública. Se le conoce como un penalista que disfruta llevar sus estrategias hasta los medios: ha defendido a políticos, mafiosos, dueños de una pirámide financiera, incluso el testaferro de Nicolás Maduro, Alex Saab. Le gustan la pelea, las armas, la atención y, sobre todo, provocar. Confesó en televisión, entre risas, que de niño amarraba gatos a petardos voladores para verlos estallar. “Era terrible, pero me divertía”, dijo.
“Abelardo funciona porque es un espectáculo. Y él se
ha comportado toda su vida como un espectáculo. Se muere por ser la estrella”, dice el estratega político
argentino Ángel Becassino, quien publicó en 2012 una biografía autorizada del
penalista. “Para entenderlo, tenés que ubicarte en la figura del abogado del
diablo [...] Es el penalista que busca manipular al jurado y presentar la
historia de modo que la estrella del juicio no sea el juez, ni la víctima, ni
el acusado, sino el abogado”.
De la Espriella contaba entonces a Becassino que era ateo
―tras la muerte de una tía, se declara ferviente católico que busca el voto de
los cristianos― y no descartaba ningún caso, ni el de Dios. “Suponiendo
que Dios exista, creo que es responsable, por acción o por omisión, de todo lo
malo que ha pasado en este mundo, pues se supone que debía velar por el
bienestar de la humanidad”, dijo entonces, 15 años atrás.
Para el diablo, en cambio, tendría una mejor defensa: “Podría
alegar un eximente de responsabilidad o un atenuante, porque Dios lo echó del
paraíso, lo persiguieron, es un desterrado. Es mucho más sencillo justificar la
conducta del diablo que la de Dios”.
El amor por los micrófonos
Abelardo de la Espriella nació en Bogotá, pero creció en la
ciudad de Montería, capital del departamento de Córdoba. La zona del Caribe
colombiano, nativa de sus padres, es conocida por su economía ganadera, su amor
por la cumbia y por ser la casa de grandes figuras de la política, desde el
expresidente Álvaro Uribe, que tiene la hacienda El Ubérrimo a las afueras de
Montería, hasta el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso.
“Conozco a Abelardo desde que somos muchachitos”, dijo Mancuso en una entrevista
hace dos años, en referencia a que, si bien es 10 años mayor, estudiaron juntos
en el mismo colegio y frecuentaba el mismo círculo social, la clase alta de la
ciudad.
Uribe es amigo cercano del padre del candidato, Abelardo de
la Espriella Juris, también abogado y quien fue magistrado del Tribunal
Administrativo de Córdoba y a quien Uribe nombró notario, primero en Cartagena
y luego en Bogotá.
Tuvo tres hijos: Abelardo Tercero, el mayor; María del Mar,
la menor; y Abelardo Gabriel, el candidato, el hijo del medio. Su
madre, María Eugenia Otero Aldana, viene de una familia ganadera con conexiones
en la política local y hoy le hace campaña.
La gran frustración del padre fue no lograr la Gobernación de
Córdoba, a la que se lanzó dos veces en los noventa. “Yo no creo en las
depresiones, pero el viejo sufrió mucho por haber perdido dos veces”,
cuenta Antonio Sánchez, periodista de la región.
“Siempre quiso ser elegido por la gente, pero eso es muy
difícil en Colombia y es muy difícil en Córdoba”. La grandeza electoral a la
que aspiró el padre ahora la encarna el hijo.
El candidato admite que fue su padre quien le inspiró a ser
abogado, aunque más por amor a la comunicación que a la ley. “Entendí desde
pequeño que la verdadera fuerza del hombre está en la capacidad de convencer a
otros”, se lee en su biografía. “La palabra reemplazó a la espada”.
Entonces al hombre al que le gustan las armas ―cuenta que
sale a cazar con escopetas en las planicies de Córdoba― dedicó parte de su
juventud a la comunicación. Actuó en el grupo de teatro del colegio y luego
trabajó en una radio popular en la ciudad, La voz de Montería.
“En los años ochenta no había muchas emisoras. Recuerdo que
Abelardo sí era conocido y hablaba entonces de lo que sería ser grande”, dice
Sánchez, el periodista. Cuenta que se convirtió en una pequeña celebridad y
empezó a codearse con las figuras del poder central que visitaban
Montería. “Cualquier personalidad que llegaba era entrevistada por mí”,
presumía De la Espriella. “Para mí, estar frente a una cámara o un micrófono es
como estar en el patio de mi casa”.
Salió de Montería para estudiar derecho en la Universidad
Sergio Arboleda de Bogotá, un claustro de corte conservador, donde tampoco pasó
desapercibido. “No era el estudiante más pilo ni el más vago, pero se
hacía notar: hablaba duro, era confrontador, le gustaba debatir de política”,
recuerda José María del Castillo, quien fue vicerector.
Pero no abandonó su pasión, y el muy conocido periodista Juan
Gossain, paisano cordobés, lo invitó a la mesa de radio de RCN, una de las más
escuchadas del país.
“Recuerdo escuchar de él por primera vez en esa mesa
de RCN, a principios del Gobierno de Álvaro Uribe”, cuenta José Obdulio Gaviria,
exasesor del entonces presidente. “Lo notamos porque su participación era
positiva frente a la línea del Gobierno. Pero luego vino su asesoría a los
paramilitares, y ahí tuvimos contradicciones serias: De la Espriella quería que
fueran tratados como dirigentes políticos”.
Quien ahora es candidato de la mano dura era entonces el
defensor de medidas de justicia mucho más comprensivas para los criminales.
El abogado de la mafia
De la Espriella arrancó su carrera profesional en 1999 con
pequeños casos laborales y civiles. “Lo que llegara, para sostener la oficina
mientras se presentaba la oportunidad de un caso donde protagonizar”, le contó
a su biógrafo.
En 2002 abrió De la Espriella Lawyers, y poco después llegó
su primera gran oportunidad. El presidente Uribe abrió una vía para la
desmovilización paramilitar y el abogado decidió defender a los grandes jefes:
alegó que no eran narcotraficantes, sino grupos con estatus político.
En 2004 creó la fundación Fipaz para evitar su extradición
a Estados Unidos, y su firma pasó de facturar 11 millones de pesos a
2000 millones, casi un millón de dólares de la época, según reportó el
periodista Daniel Coronell en 2006. Saltó entonces de un abogado novato de
clase media a uno de lujo.
“Los paramilitares fueron utilizados por muchos que
hoy los desconocen y los niegan”, decía entonces. Luego defendió también a políticos
acusados de aliarse con esos mismos paramilitares, algunos cercanos desde su
infancia, como la excongresista cordobesa Eleonora Pineda. “Era amiga de mi
mamá”, contaba de quien en 2008 fue condenada por parapolítica, como también lo
fueron Dieb Maloof y Rocío Arias, todos clientes suyos.
En estos años ha defendido a personas célebres ―la modelo
Natalia París, la cantante Marbelle, la estrella del vallenato Silvestre
Dangond, con quien tiene una empresa de ron―, pero otros clientes lo han
acusado de enriquecerse ilícitamente. “Abelardo es un bandido”, afirmó
en 2010 el narcotraficante Juan Carlos Tuso Sierra, quien aseguró que De la
Espriella le pidió un millón de dólares para asegurar su permanencia en la
justicia transicional creada para juzgar a los paramilitares desmovilizados.
También le atribuyó haber pedido millones a otros jefes
paramilitares para “tocar” magistrados de la Corte Constitucional.
De la Espriella ha negado todas estas acusaciones, y ha
mostrado un video posterior de Sierra en el que se retracta de ellas.
Una acusación similar llegó de David Murcia Guzmán, líder de
la enorme pirámide financiera DMG, a quien De la Espriella defendió cuando el
Gobierno Uribe ordenó cerrarla en 2008.
“Es un ladrón, un traicionero, me dejó tirado”, dijo Murcia recientemente. También
le acusó de haberle pedido 760 millones de pesos para “tocar” congresistas y
aseguró haberle pagado 5.000 millones de pesos en honorarios, antes de que lo
abandonara cuando quería entregarse a la Fiscalía. Murcia terminó extraditado a
Estados Unidos por lavado de dinero.
Pero su cliente más polémico ha sido Alex Saab, conocido
testaferro de Nicolás Maduro, hoy en manos de la justicia estadounidense por
lavado de dinero y sobornos. Según el periodista Gerardo Reyes, De la Espriella
“mantuvo alejados de las cárceles a Saab y su familia usando ardides”.
Cuenta que le filtró información sobre una operación de
arresto en Barranquilla para que pudiera huir del país, algo que el candidato
siempre ha negado. El periodista Daniel Coronell reportó recientemente que De
la Espriella recibió al menos 375.000 dólares de las empresas que Saab usaba
para sus negocios ilícitos en Venezuela.
De la Espriella también ha recibido duros cuestionamientos en
casos por los que saca pecho. Adriana Cely, hermana de Rosa Elvira Cely —una
mujer brutalmente asesinada en Bogotá en 2012 en un caso que conmocionó a
Colombia— contó a EL PAÍS que el candidato se portó mal con ella y su madre
durante el proceso.
“Cuando ella, desde su dolor y conocimiento, daba su punto de
vista, él la ninguneaba y la hacía sentir menos. Era irrespetuoso con ella”.
Adriana y otras mujeres que participaron en la aprobación de la ley del
feminicidio niegan además que De la Espriella tuviera algún papel, pese a lo
que él presume. “Jamás, jamás en la vida, ese señor tuvo nada que ver en eso.
Él nunca aportó una sola palabra”.
La ética del defensor
Hace dos semanas, De la Espriella llamó ignorante a una
periodista cuando ella le preguntó por una frase suya de 2015: “La
ética no tiene nada que ver con el derecho”. El penalista la usó como
defensor de Jorge Pretelt, magistrado de la Corte Constitucional acusado de
exigir 500 millones de pesos para favorecer a un cliente.
Lo que es antiético no es obligatoriamente ilegal, le explicó
molesto a la reportera. Varios penalistas le rebatieron: lo que es legal, como
en la Alemania nazi, no siempre es ético. “Me pareció terrible: una cosa es que
la moral no constituya delitos, y otra que la ética no deba estar presente en
el derecho”, dice Ángela María Buitrago, exministra de Justicia de Gustavo
Petro. “El hecho de que litigues no quiere decir que se vale cualquier
herramienta para ganar”.
Para otros penalistas, De la Espriella representa el todo
vale. “Es una persona a la que le gusta ganar y, para ganar, cualquier cosa
vale”, dice un abogado que conoce bien su trayectoria. “Yo no puedo cuestionar
si una persona maneja ciertos procesos; lo que sí puedo cuestionar es cómo
actúa dentro de ese proceso. Los límites”, describe. Este abogado lo ve como un
tipo “muy sagaz”, con habilidad de “manipular cualquier circunstancia y
convertirla a su favor”, que no tiene reparos en rodearse de personas que sean
mejores que él.
“Pero no es el tigre que se está vendiendo”, advierte el
abogado. “Es más bien un gato porque siempre cae de pie”.
Quienes lo admiran lo defienden. “Lo describiría como
un abogado de ‘leña gruesa’: frentero, buen orador, finalista: piensa en la
meta y en todos los medios legales para llegar a ella”, dice Iván
Cancino, quien apoya la campaña. “Es fuerte, inteligente, muy buen abogado, y
jamás lo vi cruzar la línea ética”, dice Francisco Bernate, quien ha trabajado
ocasionalmente con él.
A quien De la Espriella no ha logrado convencer es a los
medios independientes, que llevan años escudriñando sus vínculos con
paramilitares y con Saab.
Además de llamar ignorantes a quienes le hacen preguntas
incómodas, tiene abiertas demandas contra más de 20 periodistas por injuria y
calumnia, según contabilizó La Silla Vacía, en una estrategia que revela su
molestia cuando no controla la narrativa de su propio show.
“Gritaba por esas noticias, le generaba mal genio, cancelaba
citas porque en su sentir se usaron términos fuertes”, declaró una asistente de
De la Espriella en un juicio contra la periodista Cecilia Orozco, quien
escribió columnas contra él entre 2015 y 2018. En campaña apenas concede
entrevistas a medios críticos y ha llamado mentirosa a la prensa que le
cuestiona, pero aparece con facilidad ante aliados como la revista Semana.
Un día antes de las elecciones lo entrevistará Westcol, el
influenciador más visto de Colombia. El que hoy se hace llamar defensor de la
patria —defensor de la mafia, para sus opositores— se prepara para el show más
importante de su vida: intentar ganar la presidencia.
EL PAIS – Tomado de La Nación / Argentina.
Imagen: AP -Fernando Vergara.