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25 mayo, 2026

"Detengan la construcción de otra Torre de Babel": el llamamiento de León XIV para salvar a la humanidad.

«La Iglesia, por lo tanto, no se presenta como una institución que observa el drama tecnológico desde fuera. En la carta del Papa, se presenta como una comunidad que desea contribuir a guiar el curso de la historia. Y lo hace con una propuesta clara: no ser arquitectos de la Torre de Babel , sino constructores de comunión.»

El artículo es de José Manuel Vidal , publicado por Religión Digital , 25-05-2026.

Aquí está el artículo.

La introducción a la primera encíclica papal , acertadamente titulada Magnifica Humanitas , es magnífica porque no es ni una apertura superficial ni un preámbulo piadoso. Es ya una tesis, un programa y una advertencia. Desde la primera línea, León XIV presenta una alternativa radical para nuestro tiempo: o seguimos construyendo torres que prometen altura a unos pocos elegidos, pero que en última instancia producen fragmentación, o aprendemos a construir ciudades de comunión, donde Dios y la humanidad puedan coexistir sin que nadie sea aplastado por la ambición, la tecnología o el poder. Este es el profundo significado del clamor papal: «Detengamos la construcción de otra Torre de Babel».

Babel o comunión

La imagen de Babel es antigua, pero no envejece. En el relato bíblico, la humanidad cree poder asegurar su futuro creando una unidad artificial: «un idioma, una tecnología, una dirección». El problema no reside solo en la tecnología; reside en la arrogancia que surge cuando esta se vuelve autosuficiente.

Babel representa precisamente el sueño de una humanidad que quiere "hacerse un nombre" sin Dios , imponer la uniformidad en lugar de la comunión y reducir la diversidad a la mera obediencia. El resultado, como nos recuerda el Papa, no es la unidad soñada, sino la confusión y la dispersión.

La fuerza de esta interpretación reside en que León XIV no demoniza la construcción humana. No condena la ciudad, ni la organización, ni el progreso, ni la tecnología. Lo que condena es la tentación de convertirlas en absolutas. Babel es la civilización del desempeño desalmado, del poder sin fraternidad, de la eficiencia que sacrifica la dignidad humana.

Es la imagen de la modernidad cuando olvida sus fundamentos espirituales y se deja seducir por la autosuficiencia. Por eso, el Papa no solo habla de una torre antigua; habla de nuestras torres ancestrales, ahora cubiertas de digitalización, inteligencia artificial y control algorítmico.

Nehemías, por otro lado

A diferencia de Babel, León XIV presenta a Nehemías como la gran pedagogía bíblica de la reconstrucción. Y aquí reside una de las expresiones más bellas de la introducción: no se trata de elegir entre destruir o construir, sino entre construir mal o construir bien.

Nehemías no impone soluciones autoritarias. No levanta muros por orgullo ni por coacción. Antes de actuar, ora, ayuna, reflexiona y escucha. Luego, reúne a todos y asigna la tarea: cada familia, cada grupo, cada persona asume su parte. La ciudad renace no gracias al genio de un líder solitario, sino gracias a la responsabilidad compartida de todo el pueblo.

Este contraste es crucial. Babel es una obra de uniformidad; Jerusalén, una obra de comunión. Babel borra las diferencias; Nehemías las integra. Babel se construye en contra de Dios; Jerusalén se reconstruye en su presencia. Babel busca el cielo como una conquista; Nehemías edifica la ciudad como un servicio.

El Papa subraya así una verdad de enorme relevancia en la actualidad: que el futuro de la humanidad no se salvará mediante la concentración de poder, sino mediante la responsabilidad compartida, la escucha activa y la cooperación. En tiempos de algoritmos opacos y grandes monopolios tecnológicos, esta percepción constituye casi un manifiesto político y espiritual.

El problema tecnológico

La referencia a la inteligencia artificial, la digitalización y la robótica en la encíclica no es meramente decorativa. León XIV sitúa la cuestión tecnológica en el centro de su magistral carta porque sabe que una parte importante del destino de la humanidad está en juego en este ámbito.

Según él, la tecnología no es intrínsecamente mala; es una expresión profundamente humana. Pero nunca es neutral. Siempre lleva la impronta de quienes la conciben, financian, regulan y utilizan. Por lo tanto, el problema no reside únicamente en la regulación de la tecnología, sino en discernir a qué tipo de humanidad queremos servir con ella.

Aquí, el Papa aborda uno de los temas más delicados de nuestro tiempo: el poder tecnológico se ha desplazado en gran medida de los Estados a los actores privados, a las corporaciones transnacionales, cuyo poder es difícil de controlar. Y este desplazamiento ha creado una nueva forma de poder: más invisible, más difusa y, al mismo tiempo, más incisiva. León XIV no rechaza la innovación; rechaza la idea de que la innovación deba ser instrumentalizada por la lógica del lucro, el control y la rentabilidad. Por lo tanto, en este punto, su encíclica no es solo una reflexión moral, sino también un llamado a recuperar la soberanía humana sobre los asuntos humanos.

Una ciudad para todos

La alternativa que propone el Papa no es ni nostálgica ni ingenua. No sueña con regresar a un pasado idealizado, sino con aprender a construir de nuevo. Construir "en la bondad", afirma, implica reconocer las limitaciones, la fragilidad y la interdependencia.

Esta afirmación es profundamente contracultural. Vivimos en un mundo que idolatra la autosuficiencia, la productividad ilimitada y la promesa de una tecnología capaz de corregir incluso la condición humana. León XIV desmantela esta ilusión y nos recuerda que la plenitud no reside en eliminar la fragilidad, sino en abrazarla con solidaridad.

De ahí su insistencia en la responsabilidad compartida. Científicos, empresarios, legisladores, educadores, movimientos populares, comunidades religiosas: todos tienen su parte que aportar. Nadie puede salvar el mundo solo; nadie es demasiado insignificante para contribuir.

La lógica de Nehemías es, en esencia, la lógica de la subsidiariedad y la fraternidad. En contraste con la centralización del poder, el Papa propone una arquitectura de convivencia donde todos importan y nadie es prescindible, porque las "piedras desechadas" de los pobres y marginados se convierten en la "piedra angular".

El lenguaje del Evangelio

León XIV no se limita a denunciar; también propone un estilo. Y este estilo es, lógicamente, el del Evangelio. Por lo tanto, aboga por la claridad sin humillación, la firmeza sin estridencia, la verdad sin violencia. No bendice el entusiasmo ingenuo ni alimenta temores estériles.

En cambio, aboga por traducir los criterios de la doctrina social de la Iglesia en prácticas concretas: dignidad de la persona, destino universal de los bienes, opción preferencial por los pobres, cuidado de la casa común, paz, alfabetización digital o evaluación del impacto humano y social de las tecnologías.

Por lo tanto, la encíclica no se limita a una oposición entre "mala tecnología" y "buen humanismo". Lo que propone es una espiritualidad de discernimiento y de construcción de nuestra casa común.

La Iglesia no está llamada a ser un museo de advertencias, sino una escuela de humanidad. Por eso el Papa pide un lenguaje que no cierre puertas, sino que las abra. Un lenguaje evangélico, «sin palabras que humillen o confronten»; un lenguaje que no lo reduzca todo a datos y beneficios, sino que vuelva a poner el misterio de la persona en el centro.

Para seguir siendo humano

Quizás una de las frases más esclarecedoras del texto papal sea esta: debemos «seguir siendo profundamente humanos». No se trata de un eslogan sentimental, sino de un imperativo histórico. En la era de la inteligencia artificial, la gran tentación es reducir a la persona a información, eficiencia o comportamiento predecible.

En cambio, León XIV abogó por una humanidad que ninguna máquina pudiera reemplazar, una humanidad que implicara apertura hacia los demás, escucha activa, voluntad de unidad y la capacidad de amar y sufrir con los demás.

Esta es la verdadera esencia de la encíclica. No es un catecismo contra la tecnología, sino una defensa de la belleza de la persona humana. El Papa no teme al futuro; teme que el futuro se construya sin Dios, sin los pobres y sin comunión. Por eso su clamor es tan severo como esperanzador. No es un «no» a la tecnología, sino un radical «sí» a la persona. No es nostalgia por Jerusalén, sino una invitación a reconstruirla como ciudad santa y, por lo tanto, como ciudad de hermanos y hermanas.

El clamor profético

Por lo tanto, la conclusión de la introducción tiene la fuerza de un llamado profético a la acción. León XIV no habla como un académico que analiza tendencias, sino como un pastor que advierte de un peligro real: la humanidad aún tiene tiempo para elegir entre Babel y la ciudad reconciliada. Y lo dice con una claridad conmovedora: «Detengan la construcción de otra Babel ». Ahí reside la esencia de toda la encíclica.

La frase no solo denuncia, sino que también llama a la acción. Nos invita a dejar de construir sistemas que prometen grandeza pero que terminan generando soledad, exclusión y dominación. Nos invita a abandonar nuestra fascinación por torres que no sustentan la vida y, en cambio, a trabajar por la ciudad común, por esa Jerusalén reconstruida donde las murallas son levantadas por todos, con Dios en el centro y toda la humanidad como beneficiaria.

La Iglesia, por lo tanto, no se presenta como una institución que observa el drama tecnológico desde la distancia. En la carta del Papa, se presenta como una comunidad que desea contribuir a guiar el curso de la historia. Y lo hace con una propuesta clara: no ser arquitectos de la Torre de Babel, sino constructores de comunión. Esta es la verdadera originalidad del Papa. No vino a bendecir las torres del poder, sino a recordarnos que el futuro solo será verdaderamente humano si renace de la fraternidad. 

Tomado de IHU / Brasil.