Por José Luis Farías * / Opinión
Quiso, como ha querido siempre, ser coherente con su modo de
pensar. Y por eso aceptó la propuesta de su amiga Ana María San Juan:
acompañarla en aquella empresa que algunos, con sorna, llamarían quijotesca, y
que no era otra que intentar, al menos, poner los primeros cimientos para la
reconstrucción de la educación superior nacional. Decisión a todas luces
polémica viniendo de un hombre que nunca apoyó al régimen.
Pero apenas habían transcurrido unas horas desde aquel
polémico nombramiento —unas horas nada más— cuando una campaña aviesa, urdida
en las cloacas de las redes sociales se abalanzó contra él. La destitución fue
fulminante, como un ajuste de cuentas disfrazado de trámite.
¿Quién era ese hombre al que derribaban con tal saña? De sus
muchos pergaminos —los que el mundo concede y los que sólo acredita la
conciencia—, de sus blasones académicos y de esas virtudes que no admiten
diploma porque las siembra el alma de Rico, ya han dado fe no pocos amigos
comunes. Y en el conjunto de sus voces, todas coinciden en que debo llamarlo
como lo que es: un hombre íntegro.
Porque en él, la lucidez no es táctica sino costumbre del pensamiento; porque la autenticidad no la representa sino que la habita. Porque en él conviven la ternura y la firmeza como dos caras de una misma moneda forjada en el dolor. Porque en su pecho cabe una herida que no cicatriza —y que él no finge cerrada— y también la serenidad de quien ha decidido no dejarse corromper por el odio.
Es, en suma, un hombre de una sola pieza. Un hombre cuya
coherencia moral —en el dolor, en la amistad, en la política y en la palabra—
lo sostiene sin estrépito, sin aspavientos de escenario. Íntegro hasta en los
rencores que, por lucidez, elige no alimentar.
Sobre el origen de semejante bajeza se ha especulado mucho. Y
se ha querido hacer creer que es el extremismo opositor. Pero bien saben sus
perversos promotores —porque lo urdieron con manos que aún huelen a
conspiración de interese afectados— que el origen está en las mismas miasmas
del régimen. Fue en sus entrañas podridas donde se incubó esta bárbara campaña,
que no hace sino poner en evidencia la enorme falacia detrás de aquella
presunta voluntad de apertura y de rectificación.
No hay intención de enmienda en quienes quedaron agarrados al
poder después de los sucesos de aquella madrugada del 3 de enero. No la hay. No
la habrá.
Intentando ser coherente con su pensamiento —buscar caminos
para el entendimiento en estas horas difíciles— y sabiendo la naturaleza
corrupta y represiva del régimen, tomó la decisión de poner su inmenso
prestigio personal, académico y político al servicio de un régimen que boquea.
Pero su destitución, la forma artera de ella, me asquea. Me asquea sobre todo
cuando un gobierno autoritario, carcomido por el irrespeto a los derechos
humanos, sin decoro alguno, se disfraza de pacato para pretender justificar con
un viejo tweet arrancado de contexto, como quien esgrime una prueba falsa para
legitimar lo que en verdad es apenas la confirmación de que quienes detentan el
poder no tienen, ni han tenido, la menor voluntad de cambio.
*Historiador. Exdiputado a la Asamblea Nacional.