Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Siendo, como es, un concepto relativo (a las fortalezas del país, a su
colocación geográfica, etc.), comencemos por afirmar que la soberanía de
ningún país es absoluta. Los venezolanos nos debemos un debate a este
respecto.
Absoluta no es ni siquiera la de EEUU o la de China, pues cada uno de ellos
determina la de su contraparte. Más aún es relativa y sobredeterminada
(para usar el concepto de Althusser) la de un país pequeño, al norte de la
América del Sur, a 1.400 kilómetros de distancia de la primera potencia
económica y militar del planeta.
Dicho sea de paso, la soberanía no es un principio moral, un derecho que se
tiene y ya, sino más bien una capacidad que se ejerce... si usted puede.
Cuando se exige "una relación entre iguales", bueno, es un recurso
retórico... pero nada más. Seamos francos: la realidad real es más ruda.
Es obvio que un país debilitado en lo económico, en lo político y en lo militar
es más susceptible de ser vulnerado en su soberanía que otro que no lo sea.
Éste es el caso de Venezuela.
Así tenemos esta paradoja: el soberanismo extremo produjo la mayor pérdida de soberanía desde Cipriano Castro a esta parte, cuando a raíz del bloqueo de ingleses, alemanes e italianos hubimos de admitir mediaciones que convirtieron a Venezuela en un invitado de palo a nuestro propio festín.
Hubo algo que se hizo mal. Al echar el cuento de estos 27 años, es obvio que el único villano de la película no es el Tío Sam. También nuestra propia incompetencia hizo de las suyas. Los desplantes innecesarios, la resistencia a hacer concesiones, el empeño en no propiciar los acuerdos posibles, todo aquello fue enrareciendo nuestra relación con EEUU (que es, a no dudar, la principal de todas nuestras relaciones internacionales pues esa inmensa nación es, tiene que ser fatalmente, nuestro socio económico y comercial privilegiado). Ello incluye la admisión de que estamos en su zona geopolítica de influencia, gústenos o no. De lo que se sigue un principio a mi juicio elemental: para Venezuela, la relación con EEUU es de tanta soberanía como sea posible y tanta cooperación como sea necesaria.
Rebosante de exaltación, un caudillo se llenaba la boca con consignas antiimperialistas: "¡Gringos a la...!". Así se desgañitaba como un poseso. Helo allí, recorriendo las calles de Bagdad con Husein, abofeteando el orgullo del imperio. "Yo hago lo que me da la gana", farfullaba para sí. Ni el duelo por las dos torres pasó ileso, poniéndole sordina a cuenta de las atrocidades gringas en el Medio Oriente. Gozaba el caudillo. Se deleitaba... provocando, provocando... La fama universal se le subió a la cabeza. Ser un Fidel del siglo XXI... discurseando en Harlem, alebrestando a las masas continentales, jurungando a la bestia que nunca duerme. Llevaba las faltriqueras rebosantes de dólares. Regalos aquí. Regalos allá. El petróleo financiaba su ampulosa demagogia.
Toda aquella irresponsabilidad se hacía a expensa nuestra. Al final, habríamos de pagar muy caro tanta ostentosa parafernalia.
Fue devastada la economía. Fue destruida la industria petrolera. Fue dividido contra sí mismo el reino, como advirtió Jesús. Y, last but not least, fue convocado al aquelarre el oposicionismo extremista, que clamó por sanciones y legitimó la eventual invasión. Todo este pandemónium hubo de producir, como si se tratase de la crónica de una muerte anunciada, los oscuros eventos del 3E.
Es en esta circunstancia histórica excepcional, con poco a favor y mucho en contra, que le toca al gobierno de Delcy Rodríguez (que es, hasta nuevo aviso, el gobierno de Venezuela) revertir los errores: desfacer agravios y enderezar entuertos, como podría decir don Quijote. Reconstruir la soberanía posible, en resumidas cuentas. Transformar la injerencia gringa en una oportunidad.
Ésta es, más allá de diferencias y distingos, la tarea que debemos acompañar todos los venezolanos de bien.
