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14 febrero, 2026

Argentina. EL ICE ARGENTINO CONTRA LOS BOLIVIANOS

 Diario RED

En Buenos Aires, al estilo ICE, la Policía Federal Argentina se desplegó en zonas donde viven, trabajan y circulan cotidianamente miles de bolivianos

Canela Crespo Sánchez 

En Buenos Aires, al estilo ICE, la Policía Federal Argentina se desplegó en zonas donde viven, trabajan y circulan cotidianamente miles de bolivianos. El 22 de enero en Villa Celina y el 6 de febrero en Liniers se realizaron dos operativos desproporcionados que no estaban dirigidos contra redes delictivas, sino que fueron escenas de amedrentamiento a la colectividad boliviana, peruana y paraguaya. Presencia intimidante, controles selectivos y un mensaje claro: aquí hay cuerpos que se pueden marcar. 

Ese mensaje cala hondo porque todos los bolivianos tienen a alguien cercano que se ha ido. Sobre todo, en los años noventa y a principios de los 2000, centenas de miles fueron expulsados porque en los Estados neoliberales no entran todos y los primeros desterrados son los pobres.

Por eso, entre dos y tres millones de bolivianas y bolivianos viven hoy como exiliados económicos en otras tierras. Bolivia es un país tan mutilado que hasta su propia cifra se desdibuja. 

Uno de los destinos principales de ese exilio económico ha sido Argentina, aun sabiendo que allí persiste un sentido común profundamente discriminador y xenófobo. No es un secreto que la palabra “bolita” circula desde hace décadas como un insulto.

De hecho, se ha naturalizado una jerarquía silenciosa entre migraciones por la cual, según el color de piel y la riqueza, algunas se celebran, otras se toleran y otras se desprecian. Ese elemento siempre formó parte de la política institucional argentina, solo que ahora es más frontal: los discursos de odio ya no generan vergüenza, se dicen en voz alta, se legitiman y se materializan en política y en operativos policiales. 

Con la promulgación del DNU 366/2025 aumentaron los requisitos de ingreso al país, se ampliaron las causales para cancelar residencias, se redujeron las garantías para apelar expulsiones, se mercantilizó el acceso a la ciudadanía y se restringió el acceso al sistema de salud y a la educación universitaria gratuita. No es un ajuste administrativo, sino una ofensiva que degrada derechos fundamentales y vacía de contenido el principio de igualdad. 

En ese marco, el gobierno de Milei, haciendo eco a su jefe político Donald Trump, ha encontrado en los migrantes un objetivo funcional. La estrategia consiste en fabricar un enemigo interno al que se asocia con el delito, el desorden y la presión sobre los recursos públicos. El modelo a imitar es el del ICE: operativos espectaculares y una pedagogía del miedo.

Lo importante no es el resultado real, sino el efecto: disciplinar e intimidar. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Villa Celina y en Liniers: no fue una persecución a negocios ilegales, sino al trabajador migrante de a pie, al que vende, cose, construye y sostiene parte de la economía argentina. 

A pesar de hoy ser un tema en boga a nivel mundial, en Bolivia, un país incompleto por el exilio económico neoliberal, la discusión sobre los derechos de las personas migrantes apenas resuena y casi ningún medio ha cubierto que el gobierno de Javier Milei está amedrentando a compatriotas en Argentina. 

Ese silencio, profundamente cruel, forma parte de la misma historia de expulsión que obligó a tantos a irse. Pareciera una obviedad, pero el gobierno de Rodrigo Paz, más preocupado por su sometimiento ideológico que por la suerte de su propia gente, no hará de esto una causa. 

Ahora bien, desde el antimileísmo argentino tampoco parece haber demasiada voluntad de alzar la voz frente a esta arremetida. Alguna diputada del bloque peronista llegó a reivindicar que estos operativos no son nuevos y que siempre existieron, como si el problema fuera que ahora se los filma y se los exhibe, sin cuestionar su sentido ni su violencia. Esa naturalización también es parte del problema. 

Los operativos de la Policía Federal argentina contra la colectividad boliviana no son procedimientos rutinarios ni políticas neutrales: son actos de hostigamiento sostenidos por un racismo estructural que decide qué cuerpos vigilar, a quién intimidar y a quién convertir en sospechoso permanente. Desde Bolivia, denunciarlos no es un gesto retórico; es una cuestión de dignidad.

Y en Argentina, quienes se reivindican como fuerzas populares -sean de izquierda, peronistas y/o progresistas- si pretenden seguir siéndolo, deberían tener la decencia de estar en contra también. 

Fuente: Diario RED / España. Imagen: Santi Garcia Diaz / Zuma Press / ContactoPhoto.