Micro Análisis / Jesús Seguías – Opinión
1. Durante más de un cuarto de siglo Venezuela ya era un
barco extraviado y naufragando en un océano de aguas turbulentas, sin brújula,
sin liderazgo competente, con 30 millones de personas a bordo, y con urgente
necesidad de un objetivo común, de un norte estratégico para poder arribar a un
puerto seguro que permitiera luego rehacer el juego-país.
2. El punto es que tanto el capitán del barco como los
aspirantes al cargo de capitán (es decir, los líderes políticos del país), en
vez de entenderse para fabricar juntos una brújula que nos llevara a puerto
seguro, se dedicaron, hacha en mano, a abrir agujeros al barco para que los
“otros” se hundieran. Obviamente, comenzó un naufragio que afectó a todos los
tripulantes por igual.
3. Aparecieron las enfermedades, la hambruna, y algunos comenzaron a lanzarse al mar tratando de nadar hacia la nada. Cualquier destino, inclusive la muerte, era preferible a quedarse en aquel barco conducido por actores desorientados y enloquecidos, actuando como borrachos peleándose por una botella vacía, dándole prioridad a sus asuntos del poder en vez de parar la pelea y asistir a los tripulantes afectados por el hambre, las enfermedades, y destrozados emocionalmente.
4. Hasta que la pelea llegó a un punto muerto. Mientras la
nave seguía hundiéndose y los tripulantes pedían a gritos comida y medicina, la
facción que controlaba el barco seguía al frente del timón sin saber a dónde
ir. Cada decisión que tomaban los alejaba más de tierra firme. La otra facción,
luego de varios años intentando en vano asumir el timón, optaron por pedir
auxilio a otros barcos, pues “solos no podemos”.
5. De pronto apareció un barco grande, muy grande, cuyo
capitán analizó muy bien la situación con su equipo, y se dieron cuenta que
para reparar y estabilizar aquel barco en situación muy crítica, darle la caña
de pescar a los tripulantes para que comieran mientras llegaran a puerto
seguro, primero había que “extraer” a los dos líderes tercos que tenían
atascado el juego, impidiendo una solución sensata. Ambos líderes están hoy a
bordo del barco grande, teniendo prohibido llegar a su viejo barco, por ahora.
Primero lo primero.
6. Sin embargo, los del barco grande se percataron que los
que tenían el control de la pequeña nave estaban decididos a colaborar
para evitar que el barco se hundiera definitivamente, y comenzaron a corregir
viejas y malas decisiones para facilitar el reflote del barco. Se dispusieron a
colgar los guantes de pelea, o sea, a bajarse del ring para poner fin a una
larga y suicida confrontación ¿Es un gesto sincero de rectificación o es truco
para ganar tiempo? El corto plazo dará pistas.
7. Los del barco grande pusieron sobre la “mesa de cartas”
las tareas a ejecutar de inmediato: parar la pelea, apartar a los agitadores
que impedían una solución, comenzar a tapar los agujeros, alimentar y curar a
los tripulantes, y cuando se llegue a tierra firme entonces los tripulantes
decidirán en libertad quiénes merecen ser los nuevos capitanes. Antes no.
8. Y para llegar a tierra firme lo antes posible, es
necesario que todos los que están dentro del barco remen en una misma
dirección, y a la mayor velocidad. Y si a alguno se le ocurre comenzar a abrir
más agujeros, pues es posible que los tripulantes lo lancen al agua.
9. Lamentablemente, y para despachar rápido el ejercicio
inútil de las culpabilizaciones, de quien abrió más agujeros y quién dio más
golpes, lo más responsable y sensato es admitir que todos los venezolanos sin
excepción nos fallamos (por acción o por omisión). Jamás debimos llegar a esto.
10. Mientras vamos remando a la mayor velocidad hacia tierra
firme, debemos comenzar un proceso de reflexiones, diálogos, reencuentros,
discusiones fervientes pero respetuosas, para definir el nuevo país que debemos
construir. Los próximos desafíos requieren que hoy todos rememos en la misma
dirección. Sin duda.
1 de febrero 2026.
