Por Enrique Ochoa Antich*
—¡Alerta! ¡Alerta!
La exclamación es la de un periodista amigo de muchos años.
Si estuviera en la Roma antigua remataría exclamando: "¡Regresan los
bárbaros!"
Allá, en algún gélido lugar del norte, una mujer se muerde
los labios. Sufre, sufre mucho. Le escuece el alma que su preceptor y guía
espiritual la haya echado a un lado. De sus ayes mortecinos (como acaso
diría un poeta peruano de apellido Vallejo) irrumpe un quejido largo y apagado:
—Yo quería ser... Yo quería ser... Pero fue ella...
Primera presidenta de
aquel país remoto al norte de la América del Sur, tal su sueño truncado. ¡Ay,
qué pena! Acaso fueron "vapores de la fantasía... ficciones que a veces
dan a lo inaccesible una proximidad de lejanía" (para citar a otro bardo,
Andrés Eloy, compatriota suyo).
Convocada por su amo y señor, colada por una puerta lateral a la Casa Blanca, engullendo un pabellón plagado de nostalgias, escuchando el verbo socarrón de su dueño y soberano, mirándolo a los ojos, siente que el pulso se le acelera. Si alguna vez hubiese leído al Siglo de Oro español, diría con Lope de Vega: De este mi grande amor y el poco tuyo / no tengo culpa yo, tengo la pena... O con Quevedo: ...en tus desdenes ásperos y fríos, soy salamandra, y cumplo tus antojos... Pero el catire mira para otro lado, silba al cielo, conversa con su Secretario de Estado. Entonces, de pronto, sin venir a cuento, suelta la frase terrible:
—She is a terrific
person...
—¿Cómo dice usted, Señor Presidente?
Sí... ¡Se refiere a la nueva Presidenta! Persona
estupenda la llama. ¡Dios mío! A qué barranco has llegado, Juana de Arco...
"Cuánta ingratitud", rumia para sí...
De allí salió resentida. El reconcomio calcina sus entrañas.
Zapatea el asfalto con rabia. Pero ya verán, ya verán... La princesa está
triste... ¿Qué tendrá la princesa?, escribió Rubén Darío. Más que tristeza
es rabia, señores...
Al punto convoca a su gente. Una súbita, brusca, inopinada
conferencia vía Zoom... desde Madrid, desde Miami, desde Bogotá... La
instrucción es precisa: a complicarlo todo, a socavar las relaciones del nuevo
gobierno con Washington, a sembrar dudas, cizaña, intrigas... Que los
laboratoristas de redes a quienes paga con generosidad se den con todo lo que
tengan... Llamen a la Presidenta "traidora". Llámenla
"dictadora". Acúsenla de ejercer un poder bastardo.
Clama la Extremista Suprema:
—¡Que tornen los violentos a las calles! ¡Que la candela lo
consuma todo! Barricadas, palenques, guarimbas...
La Salida 3 ha
echado a andar. Provocar, provocar, a ver si la Presidenta es sacada de quicio,
a ver si pierde los estribos... Sólo que la nueva mandataria es más sosegada y
serena de lo que cabría esperar. Nada la perturba. Y el nuevo momento
político sigue su curso.
Pero la despechada insiste. Dice que es ilegítima la nueva
ley sobre petróleo (el emperador se incomoda en su poltrona de la Oficina Oval
pues calcula negocios y beneficios). Dice, con mezquindad supina, que la nueva
Presidenta sólo sigue instrucciones. Dice que conversará con ella a condición
de que le entregue las llaves de Palacio.
Por su parte, la Presidenta sonríe a lo lejos. Pero su
rictus es más de desprecio que de jolgorio.
Así que, como advirtió mi amigo, regresan los bárbaros. No
soportan que a este país apaleado se le despeje un camino de acuerdo. No
encomian nada, ni modernidades ni amnistías. No dan tregua. No toleran que la
historia la escriban otros. No se complacen ni se regocijan porque las penurias
económicas de su pueblo puedan amainar. Envidian. Se resienten. Rivalizan.
—Si no soy yo que no sea nadie... Preferible es el
diluvio...
La voz de la doña resuena como un estruendo.
El grito de guerra de los bárbaros es: ¡Elecciones ya!...
que algunos incautos repiten con insensato fervor... Nos toca saber si
escogemos esta prisa o más bien nos acogemos a la prédica serena de un general
que hace casi un siglo timoneó una evolución semejante: Calma y cordura.
Mejor estabilizar primero, recuperar la economía después, y luego
entonces sí, a dos años plazo, alguna consulta al soberano...
Nos toca mirarnos en el espejo de la patria. ¿Atenderemos a
estos exaltados? ¿Escucharemos sus cantos de sirena? ¿Nos dejaremos hechizar
por la flauta hameliniana de quienes dos veces (2014 y 2017) echaron a la calle
a los miles para morir y matar? ¿Permitiremos que nos embruje el verbo
maximalista del todo o nada? ¿Prestaremos oídos a los demagogos que ha
poco transmutaron, mediante infame taumaturgia, una victoria electoral cantada
en una derrota política? ¿Nos dejaremos arrastrar de nuevo (como en 2002, como
en 2005, como en 2014, como en 2017, como en 2019, como en 2023) al pantano de
la inmolación y el holocausto?
Repudiemos a los extremistas que regresan por sus fueros a
procurar perturbarlo todo. Hacen bulla pero son poquitos. Esta patria, por
tantos años preterida y apaleada merece una oportunidad. De todos nosotros
depende que la tenga.
*Las opiniones contenidas en este artículo de opinión son de
la exclusiva responsabilidad del autor.
