El ex
vicecanciller venezolano Vladimir Villegas es hoy un crítico del régimen que
ayudó a fundar. Conoció a Nicolás Maduro en la militancia estudiantil, trabajó
con él en la Cancillería y fue embajador en Brasil y México. Desde esa
trayectoria, en entrevista a CAMBIO, analiza la deriva del poder en Venezuela.
“A Chávez la Constitución le quedaba como un zapato apretado: se lo quitaba
para acomodárselo. En el caso de Maduro, el zapato ni siquiera le entraba”,
dice.
Por: Armando
Neira
Hely Vladimir
Villegas Poljak (Caracas, 11 de diciembre de 1961) habla de política casi todos
los días. Es parte de su vida pública y de su rutina. La excepción se da en las
reuniones familiares con sus hermanos, donde el tema queda fuera de la mesa.
Como en buena parte de las familias de Venezuela, en la suya hay posiciones
diametralmente opuestas. Su hermano Ernesto forma parte del gabinete de la
presidenta Delcy Rodríguez en su condición de ministro de Cultura. Su hermana
Asia es diputada suplente de la Asamblea que acaba de instalarse; su otro
hermano, Mario, es de la oposición.
—¿Y usted?
—Yo trato de
escucharlos a todos con respeto, porque todos tienen algo de razón –le dice a
CAMBIO desde Caracas, una ciudad que hora tras hora intenta asimilar el impacto
del ataque militar de Estados Unidos, la captura de Nicolás Maduro y el ascenso
al poder de la primera mujer en la historia–.
—Pero, ¿cómo
no hablar de política con su familia en estos momentos?
—(Risas).
Bueno, hemos roto brevemente la regla. Pero no se levanta la voz y solo valen
los argumentos. La diatriba debe quedar fuera de la mesa.
Explica que se trata de una herencia transmitida por sus padres, ambos ya fallecidos: Cruz Villegas, presidente de la Central Única de los Trabajadores, dirigente sindical comunista, a quien se ve en una vieja foto arengando con un letrero que dice: “¡Fuera yankis!”; y su madre, Maja Poljak, periodista y luchadora social comunista de origen judío, nacida en Zagreb, Croacia.
Previamente,
Villegas había entrevistado a su hermano Ernesto durante una de las muchas
protestas para exigir una democracia real, y la conversación fue “muy dura”,
como él mismo dice. “Tuvimos un distanciamiento personal doloroso, pero luego
vino la reconciliación, porque podemos pensar distinto, pero nunca dejamos de
ser hermanos. Así les pasa aquí a muchas familias. Por eso, la tarea ahora es
empezar a reconciliarnos desde las casas”.
CAMBIO: ¿Cómo
es esa historia de que usted y Nicolás Maduro se conocen desde muchachos?
Vladimir
Villegas: Así es. Nos conocimos cuando estudiábamos en el Liceo José Ávalos, en
la parroquia El Valle de Caracas. Eran los años setenta y nosotros éramos muy
rebeldes. Veíamos mucha pobreza en un país tan rico y nos parecía que eso no
era justo. Militábamos en el movimiento estudiantil, luego cada uno empezó a
hacer su propio camino, pero siempre hubo puntos de encuentro en la política,
siempre desde la izquierda, aunque con distintas vertientes. En mi caso, entré
en 1976 a la Juventud Comunista de Venezuela; él, a la Liga Socialista.
CAMBIO:
¿Cuándo se volvieron a ver?
V.V.: Yo fui
electo diputado y era presidente de la Subcomisión de Derechos Humanos del
Congreso. Un día, cuando fui a visitar a algunos presos políticos que estaban
en la Disip, escuché un tremendo grito con su inconfundible tono de voz: “¡Epa,
Vladimir!”.
CAMBIO:
¿Maduro estaba detenido?
V.V.: Sí. Él
estuvo detenido en su época como dirigente del Movimiento Revolucionario 200 en
Caracas. Él y Freddy Bernal eran los más buscados entonces.
CAMBIO: ¿Ese
encuentro marcó un vínculo definitivo entre ustedes dos?
V.V.: En
realidad, no. Lo que nos unió fue Hugo Chávez. Él supo cohesionar a todos
quienes teníamos el sueño de construir un país distinto. Cuando Chávez gana,
estuve en la Asamblea Nacional Constituyente, luego me nombró embajador en
Brasil. De ahí pasé a la presidencia de Venezolana de Televisión y luego
embajador en México. Lo mío era la diplomacia y las comunicaciones; lo de
Maduro, el trabajo político.
CAMBIO:
¿Hicieron campaña juntos?
V.V.: Sí.
Para la Asamblea Nacional, y lo logramos. Ganamos. Fueron instantes de una
felicidad incomparable.
CAMBIO: Luego
Maduro es designado canciller. ¿Y usted?
V.V.: Él me
llama y me nombra su vicecanciller. Trabajamos muy unidos, con el propósito de
mantener relaciones con todos los países, especialmente con los de la región.
En nuestro país el peso del Libertador Simón Bolívar es enorme. Eso explica el
deseo de construir una patria grande y libre, como lo fue en su momento la Gran
Colombia.
CAMBIO: ¿Qué
pasó? ¿Por qué rompió con el chavismo?
V.V.: Sentí
que nos estábamos equivocando todos, desde el gobierno y desde la oposición.
Pero quienes teníamos el poder éramos más responsables. Vino la reforma
constitucional de 2007, me opuse y lo dije públicamente. A partir de allí se
produjo la ruptura política.
CAMBIO: Usted
se convierte en una de las figuras de Globovisión, lo entrevista, él se molesta
y lo hace sacar del canal…
V.V.:
Carambolas de la vida. Eso terminó de distanciarnos, pero luego él mismo pidió
que volviera. Como se da cuenta, con Maduro vamos y venimos (risas).
CAMBIO: ¿Por
qué dice que quien tiene el poder tiene más responsabilidad?
V.V.: Porque
un gobierno concentra un poder, en algunos casos demasiado, y eso exige más
compromiso e intentar hacer las cosas bien. En el caso de Maduro, no fue así.
Se volvió muy intolerante a la crítica. Imagínese: hacerme sacar por un
comentario. Si eso pasaba conmigo, que trabajé con él y sabe quién soy, ¿cómo
sería con los opositores reales?
CAMBIO: ¿No
volvieron a hablar?
V.V.: Hemos
mantenido una comunicación indirecta. Aquí se hizo una serie sobre su vida y él
menciona el episodio de cuando estaba en la cárcel, me vio y su grito de
emoción, me dedicó un buen tiempo. Yo, que he sido muy crítico de su forma de
gobernar, firmé recientemente un comunicado de periodistas –de gobierno y de
oposición– rechazando una intervención armada de Estados Unidos en Venezuela.
Es un tema de principios. La defensa de la soberanía es incuestionable.
CAMBIO: Pero
se dio.
V.V.: Sí. Fue
muy fuerte. Cada segundo de lo que vivimos esa noche quedará grabado de por
vida en quienes lo vimos. Una intervención armada genera heridas profundas,
difíciles de cicatrizar. Yo no le deseo eso a nadie. Son cosas que no deben
pasar en ningún país del mundo.
CAMBIO: Esa
madrugada del sábado, ¿usted se despertó?
V.V.: Me
despertaron después de haber tenido un breve sueño. Mi hijo mayor cumplía años
el 3 de enero. Lo llamé a las doce de la noche para felicitarlo, conversamos un
rato y me acosté casi a la una. A las dos de la mañana me llamaron de la
emisora –trabajo en Unión Radio– para informarme de lo que estaba pasando.
Habíamos acordado que yo estaría de guardia si ocurría algo extraordinario, así
que me levanté y me fui a la radio.
CAMBIO: ¿Qué
sintió?
V.V.: Me
estremecí. Sabía que no era una pesadilla, sino un acontecimiento que
llevaremos por siempre. Era una mezcla de dolor muy fuerte y profunda tristeza.
Más allá del chavismo, esta es la patria de Simón Bolívar, un país que
contribuyó a la independencia de otras naciones. Verse atacado por una potencia
dejará una herida que no sé cuándo sanará. Uno se acostumbra a ver esas cosas
lejos, en la distancia, en el tiempo y por televisión: Siria, Irak, Libia,
Panamá o Granada. Pero en nuestra región, y en la actualidad, es una página
terrible de nuestra historia.
CAMBIO: Pero
en Venezuela hay quienes lo celebran.
V.V.: Yo no
lo entiendo. No comprendo a quienes celebran, porque no se trata de una acción
contra un hombre: entraron con poder militar a nuestros cielos y dispararon
contra nuestra tierra. Es posible que, ante el hastío que muchos sentían hacia
el gobierno, algunos experimenten una sensación de satisfacción, pero creo que
será efímera. Las consecuencias, en cambio, serán a largo plazo y, por ahora,
inciertas.
CAMBIO: Hay
quienes dicen que no había otra salida.
V.V.: Yo no
lo creo. Siempre hay que buscar otras opciones. Estoy muy afectado. Eso no
quiere decir que uno no reclame cambios o reformas, pero entregar la soberanía
no se justifica. Perdimos una gran oportunidad de hacer las cosas bien. Lo que
pasó es inaceptable, aunque pudo evitarse.
CAMBIO: Usted
ha sido muy crítico del chavismo. ¿Cómo cree que verá la historia esta etapa de
Venezuela?
V.V.: Como un
sueño muy bonito que terminó muy mal, con las mejores intenciones en su punto
de partida, pero que perdió su brújula porque se cometió el pecado de saltarse
la Constitución.
CAMBIO: ¿Por
qué?
V.V.: Porque
cuando se comenzó a dejarla de lado, empezaron los problemas, primero con
Chávez, y ya con Maduro eso se agravó. Siempre he dicho que a Chávez la
Constitución le quedaba como un zapato apretado: se lo quitaba para
acomodárselo. En el caso de Maduro, el zapato ni siquiera le entraba.
CAMBIO: Pero
habrá gente que sí sintió que el chavismo sirvió.
V.V.: Es
difícil. Todo terminó siendo una gran frustración, incluso para el propio
pueblo chavista, en el que hay múltiples vertientes. Se perdió una oportunidad
histórica de producir cambios con una Constitución que, aunque no es perfecta,
es la mejor que hemos tenido. Si la hubiéramos aplicado, este país sería otro.
El problema es que nunca se puso en práctica. Muy temprano comenzó a estorbar.
CAMBIO: ¿Por
qué cree que el chavismo no aplicó su propia Constitución?
V.V.: Se
enceguecieron con el poder. Creyeron que tenerlo era suficiente, que los
discursos y las manifestaciones se traducían automáticamente en políticas
públicas concretas que respondieran a las necesidades de la gente,
especialmente de los más necesitados. Además de las arengas, hay que entregar
respuestas tangibles a las necesidades de los ciudadanos. No fue así,
decidieron no escuchar y subieron el tono del discurso.
CAMBIO: ¿No
escuchar a quién?
V.V.: A la
misma Constitución. El texto es de los mejores de nuestra historia y es tan
avanzado que estableció controles para evitar el abuso de quien estuviera al
frente. Eso lo engrandece. Pero cuando comenzaron las críticas y las
advertencias, la respuesta equivocada fue romper el equilibrio de poderes.
Aquello se volvió insaciable: primero el control de los tribunales, luego la
Fiscalía, después la Defensoría del Pueblo y, finalmente, impedir que la
Asamblea Nacional ejerciera su papel de contraloría. Fue una maquinaria
castradora.
CAMBIO: ¿Y la
oposición en qué se equivocó?
V.V.: En
muchas cosas. Lo que hacía el chavismo no justifica conspiraciones como el
golpe de 2002, el paro petrolero, las guarimbas (cortes de carreteras) ni la
Operación Gedeón (intento de invasión con mercenarios), entre otras acciones.
Tampoco el uso de la frontera con Colombia como plataforma para una supuesta
ayuda humanitaria que en realidad era una operación encubierta.
CAMBIO: Visto
hacia atrás, ¿qué podía hacer la oposición?
V.V.:
Persistir. Uno de los errores más graves fue el retirarse de las elecciones de
2005, permitiendo que el gobierno colonizara todos los poderes. Cada vez que la
oposición dejó de votar, el gobierno se fortaleció.
CAMBIO: A
propósito de elecciones, ¿por qué cree que Maduro no aceptó los resultados de
2024?
V.V.: La
respuesta es simple: porque no le fueron favorables. Pero, más allá de eso,
esas elecciones tenían un problema desde su origen y es que no fueron
concebidas para resolver el problema político de Venezuela. No hubo
construcción de garantías mutuas ni una fe real en el diálogo. Un Maduro que
escuchaba que su destino podía ser la cárcel, con sectores opositores
anunciando venganza, no iba a entregar el poder fácilmente. Nadie negocia su
propia cabeza. Para comprender el fenómeno venezolano hay que analizarlo con
frialdad y autocrítica.
CAMBIO: ¿Cuál
es su autocrítica?
V.V.: Es
mucha. Día a día todos nos fuimos metiendo en una guerra política donde se
deshumanizó al adversario. Eso fue terrible y terminó justificándolo todo.
Chávez llamando “escuálidos” a los adversarios; Maduro, “fascistas” o
“blanquitos”; la oposición, descalificando a los chavistas con otros términos.
Dejamos de ser personas con nombre e identidad y pasamos a ser fichas dentro de
una estigmatización dolorosa. Acabamos con la dignidad humana del contradictor
con el lenguaje que se volvió un arma. En las discusiones ya no veíamos
personas. El lenguaje es una pistola cargada sin seguro. Eso nos llevó a este
desastre.
CAMBIO: ¿Y
ahora?
V.V.: Uno
desea que esto no se repita. Pero hay dos cosas malas: que haya ocurrido y que
no cambie nada en Venezuela. Sería muy negativo que, después de lo que pasó,
quienes hoy tienen el timón del gobierno no entiendan la necesidad de cambiar,
flexibilizar y soltar las abrazaderas que mantienen a nuestra sociedad. También
la oposición debe entender que el país necesita estabilidad política y
económica. La situación de nuestra gente es muy complicada y hay que empezar a
actuar con generosidad y transparencia.
CAMBIO: Desde
el punto de vista personal, al ver a alguien que fue su amigo, como el
presidente Maduro, esposado, ¿qué sintió?
V.V.: Lo
sentí mucho por él como persona. Más allá de sus errores, compartimos muchas
cosas desde la juventud. Pero también hay una reflexión sobre el derecho
internacional: ningún país debe atribuirse el derecho de tomar la justicia por
su mano. Ver a un jefe de Estado esposado y llevado a otro país es la señal de
que el derecho internacional no vale nada. Hoy lo hace Estados Unidos; mañana
podría hacerlo cualquier otra potencia. El mundo quedó advertido.
CAMBIO: El
presidente Trump habla de administrar el país.
V.V.: Cuando
Trump habla de administrar Venezuela o de “recuperar su petróleo” y amenaza a
otros países, uno se pregunta si aceptaríamos que mañana se lleven esposado a
otro presidente de la región. Eso es muy grave.
CAMBIO: ¿Qué
cree que va a pasar con Maduro en el juicio?
V.V.: No lo
sé. En estas horas he recordado otros casos, como el de Saddam Hussein. Se le
acusó de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, pero el daño ya
estaba hecho. En el caso de Maduro, incluso se han desestimado argumentos como
el llamado “Cartel de los Soles”. La propia justicia estadounidense ha
encontrado contradicciones en esa narrativa.
CAMBIO: En el
caso de Maduro lo acusan de narcotraficante.
V.V.: Yo
conozco muy bien a Maduro. Tiene muchos defectos, y son muchos, pero nunca le
conocí ese delito del que se le acusa. En lo personal, no creo que sea
narcotraficante.
CAMBIO: ¿Qué
pide para él?
V.V.: Lo
mismo que pedimos aquí para los presos políticos: que tenga un juicio justo,
que esté rodeado de todas las garantías. Eso es lo que siempre hemos reclamado.
La justicia debe ser así aquí o allá. Los derechos humanos deben ser para
todos.
CAMBIO: Una
noche ustedes se acuestan con un país atacado y se levantan otro día con Delcy
Rodríguez como presidenta. ¿Cómo se asimila eso?
V.V.: Eso
habla de lo que es la política. La política es el arte de hacer posible mañana
lo que hoy parece imposible. Hace una semana era impensable. Estamos ante una
transición intrachavista, todavía muy temprana. No sabemos cuál será el destino
de Maduro. Todo está en proceso. Lo importante es que este momento exige
estabilidad. Los venezolanos queremos cambio, pero con estabilidad, sin
violencia y sin otro ataque militar.
CAMBIO:
¿Usted cree que Delcy Rodríguez puede lograrlo?
V.V.: Ella es
una mujer muy capaz, con experiencia en gestión pública y diplomacia. Es la
primera mujer presidenta del país y tiene trayectoria suficiente para sacar al
otro lado los desafíos, pero el reto es enorme: defender la soberanía sin
provocar al gigante del norte, mantener una relación pragmática sin traicionar
los intereses nacionales, equilibrar fuerzas internas y responder a las
necesidades del país. Todo depende de cómo maneje esa compleja combinación de
factores.
CAMBIO: ¿Qué
debería empezar a hacer?
V.V.: Liberar
de inmediato a los presos políticos, sin excepción, nadie debe estar en la
cárcel por pensar distinto, convocar a sectores diversos, escuchar opiniones,
permitir el trabajo periodístico sin censura y dar señales claras de apertura.
Son decisiones de bajo costo y alto impacto.
CAMBIO: ¿Qué
podrá hacer ante el núcleo duro del chavismo?
V.V.: Esa es
una tarea que no da espera. Ella debe neutralizar sectores internos que no
entienden que hubo un quiebre y que la realidad de hoy no es la de la semana
pasada.
CAMBIO:
¿Tiene capacidad para controlar figuras como Diosdado Cabello?
V.V.: Creo
que sí. Tiene experiencia, inteligencia y capacidad para manejar una relación
compleja con Estados Unidos y para calmar los ánimos dentro del chavismo. No es
momento de consignas vacías, sino de poner los pies sobre la tierra. Ha sido
embajadora, vicecanciller, canciller, ministra de Finanzas y vicepresidenta. En
el papel, tiene los elementos para hacerlo. Ahora hay que ver cómo los usa.
CAMBIO: Desde
fuera se insiste en dos palabras: “democracia” y “elecciones”. ¿Esas también
son las palabras que tienen hoy en mente los venezolanos?
V.V.: No. Las
cosas están como cuando el país se despertó tras el ataque. La gente quiere
comer, comprar medicinas y conseguir combustible, lo básico para continuar. La
sociedad no mostró euforia ni depresión, sino concentración en la
supervivencia. Se impone la sensatez porque reclamar cambios es legítimo;
celebrar tropas extranjeras, no.
CAMBIO: ¿Cree
que Edmundo y María Corina puedan volver al país?
V.V.: Por
ahora no lo veo. Ella se fue diciendo que regresaría; que regrese y asuma su
rol, pero eso tendría un costo político, porque el gobierno la señala como
promotora de la intervención militar. Tampoco la veo muy apurada por volver.
CAMBIO: ¿Qué
piensa hoy del presidente Trump?
V.V.: Es un
presidente que se cree dueño del mundo. Llegó con la idea de desmontar los
contrapesos y recuperar el rol dominante del imperio. Es un negociador, pero
también actúa como amo y señor del planeta. No tiene límites.
CAMBIO: En
todo este proceso, ¿cómo ha visto usted al presidente Petro?
V.V.: Me
parece que el presidente Petro ha sido muy valiente en la defensa de
principios: ha condenado la intervención extranjera y también ha exigido
respeto a los derechos humanos en Venezuela. Me parece una postura coherente,
más allá de ideologías. Es un contraste muy fuerte con la postura arrastrada y
vergonzosa de otros presidentes de la región, como Milei. Creo que esa debería
ser la posición de cualquier presidente latinoamericano.
CAMBIO:
Finalmente, ¿Cómo cree que Maduro asumirá estar tras las rejas?
V.V.: Es
difícil responder. Cada hombre es su circunstancia. Hasta ahora parece que lo
está asumiendo con valentía y que quiere mantener su rol de líder político.
Habrá que ver cómo le afectan el paso del tiempo y la soledad. Más allá de eso,
ojalá esto le permita reflexionar sobre lo que hizo bien y lo que hizo mal.
También sobre la autoridad, el valor de la democracia, el respeto a los
opositores y el efecto del ejercicio del poder en el ego. En la soledad uno se
encuentra consigo mismo y, sin duda, podrá pensar y asumir sus propias
responsabilidades, más allá de culpar a otros, para comprender por qué terminó
allí.
Tomado de la
revista CAMBIO / Colombia. Imagen de archivo.