Por Álvaro García Linera / Opinión
La nueva
regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. Se
trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados
Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros
Desde 1945,
las relaciones interestatales intentaron regularse por tres principios básicos:
a) el respeto mutuo de la soberanía territorial de los Estados; b) la
aceptación compartida de que cada país debe resolver internamente sus asuntos
políticos sin interferencia extranjera; c) la resolución pacífica de
controversias entre Estados (Carta ONU, art. 2). Ciertamente muchísimas veces
no se cumplían, como con las invasiones norteamericanas a Vietnam, Puerto Rico,
Irak, Libia; rusas a Checoslovaquia, Hungría, o europeas en Yugoslavia,
Afganistán, etc. Las grandes potencias, en función de intereses comerciales o
geopolíticos, podían violar puntualmente esas reglas, pero era un
destino-fuerza en torno a la cual se regulaban los vínculos y legitimidades de
las acciones estatales.
Con la caída de la URSS en 1989, el “orden” se vio enriquecido con los soportes de la globalización en marcha: d) libre comercio para mercancías y capitales; e) protección de la inversión extranjera (norteamericana y Europa); d) cadenas de valor mundializadas; e) democracia y valores liberales expansivos. Se trataba de hacer negocios en cualquier lugar del mundo, pero con una dosis de hipocresía teatralizada (los llamados “valores” liberales), en aras de los juegos de legitimación ante las clases subalternas. Hoy ese orden ha explotado en mil pedazos.
Primero
fueron las fallas estructurales del hiper globalismo que se manifestaron con
una contracción sistémica del crecimiento económico y la dramática crisis
financiera del 2008-2010. Los mercados no se autorregulan y, dejarlos a la
libre, son como monos con navaja sueltos en un jardín de niños.
Silenciosamente, los flujos transfronterizos de capital comenzaron a
retrotraerse al igual que las tasas de crecimiento del comercio mundial (BIS,
2024). Finalmente, fue el Estado, considerado un “arcaico” artefacto político,
el que tuvo que salvar con emisión de dinero público a los “meritorios”
inversionistas. El 2020, esa “flexibilización cuantitativa” llegó al 18% del
PIB de las economías avanzadas (FMI, 2022). En medio, vino el Brexit que
mostró que los ideales de soberanía no eran meros recuerdos de museo, sino
también una manera distinta de organizar la economía. Alarmadas, las élites
liberales comenzaron a hablar de una “slow globalization”
Y finalmente
llegó Trump, con su lenguaje básico, pero directo, y su caballería de impuestos
a las importaciones, que terminó de trastocar todos los principios y “valores”
hasta entonces compartidos. Comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como
quien reparte cartas marcadas de póker para luego negociar nuevas cartas,
igualmente marcadas; hasta abatir uno por uno a todos los participantes.
Llegó Trump y
comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como quien reparte cartas marcadas
de póker para luego negociar nuevas cartas, igualmente marcadas; hasta abatir
uno por uno a todos los participantes
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En corto
tiempo, todas las antemas de la globalización se han puesto de pie y ahora son
dominantes. En vez de libre comercio hay proteccionismo desbocado. En
sustitución de la libre competencia hay políticas industriales subvencionadas
por el Estado. En lugar de la disciplina fiscal ha llegado el endeudamiento
público disparado. Las cadenas de valor global están dando paso a una división
del trabajo regionalizada geopolíticamente. Adiós globalización, al menos en
áreas importantes de la economía. Bienvenida la “fragmentación geoeconómica”.
Todo ello
supone una reorganización de los actores protagónicos de la economía mundial.
Si antes eran los mercados anónimos los que redefinían los flujos de inversión,
comercio y rentabilidad, subordinando a los estados a esa empresa, ahora serán
los Estados los que planificarán y utilizarán sus poderes monopólicos para que
los capitales actúen y se enriquezcan. Sigue siendo capitalismo. Claro. Pero
este último es un nuevo tipo de capitalismo global estatalmente protegido,
capitalizado, apuntalado e impulsado.
La nueva
regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. En
este tiempo de transición liminal todo es lícito, en primer lugar y sobre todo,
la fuerza, la coacción entre Estados para imponer a los otros lo que los
gobiernos, y las empresas cobijadas en él, necesitan. No importa si estas son
empresas “nacionales” o transnacionales. Lo importante es que tengan como sede
un Estado y aprovecharán de la fuerza política, económica y coercitiva que
tiene ese Estado, para lograr créditos internos, subvenciones, protecciones
arancelarias, chantajes a otros Estados para eximirse de impuestos y, claro,
para ocupar sus mercados. Se trata de un orden salvaje donde los Estados
actúan como desenfrenados Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los
otros. La única barrera que se imponen es la que emerge de los límites de sus
recursos y poder. En función de eso miden realistamente sus esferas de control
e influencia.
La nueva
regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. Se
trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados
Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros
Ya no hay
“valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia, ni derechos
humanos, ni justicia. Solo el poder. El poder de ocupar. El poder de ganar. El
poder de usurpar. El poder de rentabilizar. El poder de humillar y someter. Y,
el poder preferido de Trump, de infundir miedo a los demás (NYT, 4, II, 2020).
“America First”, sin importar los acuerdos, las lealtades, la historia, los
pueblos, las personas que son aplastadas, pisoteadas y escupidas en el camino a
la grandeza: “drill, baby, drill”.
Ya no hay
“valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia, ni derechos
humanos, ni justicia. Solo el poder
Por eso al
presidente Trump no le importa mantener el paraguas militar en Europa. No gana
nada. EEUU pierde dinero. Más rentable es venderles armas y gas a los
atemorizados gobiernos europeos que se refugian en un ilusorio “orden
internacional” basado en suplicas.
Por eso no le
importa la integridad o adhesión de Ucrania a la OTAN. Rusia no es un
adversario a temer para EEUU, y Ucrania importa si se puede apoderar de sus
tierras, de sus minerales y, ante todo, recuperar los más de 100.000 millones
de dólares que Biden les entregó. Si cediendo una parte del territorio a Rusia
logra ese cometido, es un buen trato.
Por eso
impone unilateralmente aranceles al mundo; obliga a la OCDE a anular los
impuestos del 15% a sus multinacionales norteamericanas y va camino a
apropiarse de Groenlandia.
Por eso
Alemania desempolva su viejo casco armamentista prusiano, cambia
instantáneamente su constitución y libera un “gasto público sin límite” para
“hacer grande” a su ejército. Y les dice a todos que ese es el “nuevo”
europeísmo.
Por eso
cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro
no simula acudir a ninguna convención internacional. Mucho menos a la ONU
que se ha convertido en una oenegé de piadosos debates internacionales. No hay
hipocresía. No hay justificación. Hay exhibición simple, pura y desvergonzada
del poder de Estado para la confiscación de la mayor reserva de petróleo del
mundo. De paso, proteger las nuevas reservas hidrocarburíferas de Esequibo.
Cuando EEUU
interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro no simula
acudir a ninguna convención internacional. Lo ha hecho porque simplemente
tiene el aparato militar para hacerlo y lograr que las reservas petroleras
venezolana sean para las empresas norteamericanas. Y punto
Hemos entrado
a un interregno internacional salvaje, regido por la ley de la fuerza de los
Estados (económica y militar). No es un extravío temporal de Trump. No
terminará cuando EEUU elija un nuevo presidente el 2028. Es la borrascosa
transición hacia un nuevo orden global estable; pero es una transición que
durará más de una década sembrando violencia, odios y canibalismos
intraestatales que dejarán heridas por siglos.
El que está
inflexión del orden tome formas crueles y violentas carente de narrativas
legitimadoras puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de
dominación. En este caso del ciclo globalista (40 años) y del ciclo hegemónico
norteamericano (100 años). Todo declive de una autoridad exacerba la
desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo
inevitable de manera violenta. Es lo que la historiadora Tuchman ha denominado
la “frivolidad belicosa de los imperios seniles”. Pero también, la brutalidad
es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. Es la recurrente
“partera” de la historia a la que se refería Marx en el famoso capítulo XXIV de
El Capital, donde describe no solo como se forma el Estado moderno, sino,
además, como el Estado es una “potencia económica” que ayuda al nacimiento de
toda nueva forma social. La violenta intervención estatal es una marca de
nacimiento del capitalismo y, por ello, de todos los nuevos ciclos largos con
los que se renueva la acumulación de riqueza e inversiones. La embravecida
coacción estatal es una característica propia de los tiempos liminales. Como el
actual.
No es un
extravío temporal de Trump. No terminará cuando EEUU elija un nuevo presidente
el 2028. Es la borrascosa transición hacia un nuevo orden global estable; pero
es una transición que durara más de una década sembrando violencia, odios y
canibalismos intraestatales que dejaran heridas por siglos
Y en medio de
estas monstruosidades desnudas con la que están actuando los grandes estados,
es posible distinguir el nacimiento de unos principios de regularidad que, de
aquí a un tiempo, podrán cimentar el nuevo orden internacional que emergerá y
se estabilizará durante las siguientes décadas. Estas regularidades son:.
1.- Los
Estados ya no son solo el soporte de la acumulación de los capitales, como lo
fueron en el neoliberalismo; ahora son también parte del comando y
reorganización territorializada de esa acumulación. China, Corea, Japón,
Vietnam son ejemplos exitosos de ello. EEUU y la UE seguirán el camino, pero no
bajo la forma de Estado-empresario, como lo hicieron los primeros. Sino como
Estado incubador, protector y alimentador de “sus” empresas privadas en sus
áreas de influencia.
2.- Los
Estados del mundo se diferenciarán entre Estados patrones y Estados vasallos,
según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política
y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de
las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos como
proveedores de insumos y exclusividad hacia los primeros.
3.- La
soberanía ya no es un reconocimiento pactado por tratados internacionales. Es
fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y
posibilidad de infringir daños a otros Estados. Quienes no tengan esos
atributos, devendrán en Estados de servidumbre.
4.- Las áreas
de influencia, regional o continental, serán flexibles, sometidas a las
presiones de irradiación de los capitales en busca de mercados. Pero la
elasticidad de las fronteras no dependerá de acuerdos comerciales, sino de
oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la
vida interna de los estados. De un “orden internacional” para los
mercados en los que los Estados eran la plataforma sobre la que se desplazaba
el protagonismo de la libre circulación de los capitales, pasaremos a un “orden
global” de los Estados que conquistan, a la fuerza, para “sus” capitales
espacios regionales y puntuales mercados globales.
5.- El
régimen de legitimación gubernamental interno, gradualmente dejará de lado el
ideologema liberal globalista para centrarse en temas de seguridad regional,
“grandeza” nacional y soberanía.
Es un
escenario de Estados combatientes y Estados sumisos según prioridades
geoeconómicas. Aterrador, pero real.
Tomado de
Diario Red / España.
