Por
Enrique Ochoa Antich / Opinión
Desde su torre de marfil, apartado del bullicio y del fragor de los eventos,
este cronista observa su país como un entomólogo examina una colonia de
hormigas, con fruición, perplejidad y asombro...
-¡Esto es Macondo!
Su exclamación espanta una bandada de loros en el bosque vecino a su morada.
"Aquí pasa de todo", dice entre dientes. Entonces escribe éste que
anticipa largo memorial.
Un presidente rubio del norte invade como un bucanero inglés del siglo XVI a
este país de marras. Secuestra por sorpresa a su presidente adversario. Cien
cadáveres quedan a su paso. Al punto anuncia que lo mejor para todos es
entenderse con la Vicepresidenta de ese presidente. En cambio, con un brutal
movimiento de cadera, hace a un lado y saca del tablero a quien de hinojos
promovió esta invasión, su obsecuente aliada, creyendo que usufructuaría de
ella. "No tiene el respeto de su pueblo", es la lindura que le dice.
¿Se quiere más realismo mágico? Como puede verse, Melquíades y Blacamán no son
literatura sino reflejo de un continente real maravilloso.
Aguzando su mirada, este cronista da por sentadas varias verdades:
Más que creer, sabe que el presidente saliente quería llevar a cabo todo cuanto
con sagacidad sorprendente hace hoy su Vicepresidenta, encargada de la
presidencia vacante: restablecer las relaciones con la gran potencia del norte,
abrir sus campos petroleros a la inversión privada de las grandes
transnacionales, liberar a los presos políticos. Sólo que convertido en cabeza
de turco, culpable de todos los yerros, a los gringos les era imposible
concertar estas acciones con él. Cierta tozuda y torpe oposición extremista se
encargó de construir esta leyenda negra, y el presidente hoy secuestrado se
transformó en un monstruo de siete cabezas: narcoterrorista, capo de un
mítico Cartel de los Soles, asesino, torturador, socio de jomeinistas, cómplice
de la guerrilla colombiana, corrupto de siete suelas. Fallecido el Comandante
Eterno, testador de todos nuestros males, quien legó por ponzoñosa herencia un
régimen autoritario represivo de partido-Estado y la mayor devastación
económica de nuestra historia de la Guerra Federal a esta parte, algunos
oposicionistas patológicos creyeron que socavando el prestigio del nuevo
presidente podría derrocársele y asaltar el poder a la fuerza. Y los gringos y
sus adminículos internacionales compraron ese discurso, arrojando sobre su
gobierno y sobre los ciudadanos de aquel país expoliado y traicionado las diez
plagas de Egipto: sanciones, recompensas, juicios penales, bloqueos, persecuciones,
asechanzas militares, embargos, confiscaciones, invasión y cárcel. Los comunes,
más que las minorías del poder, pagamos esta inmerecida ferocidad.
El ariete imperial golpeó una y otra vez la muralla de la fortaleza asediada.
Pero he aquí que por una década sus gobernantes resistieron y aún vencieron con
pericia a sus agresores. Ya no hubo desabastecimiento. Ya no hubo
hiperinflación. Hasta los cacos fueron sometidos a sangre y fuego.
Fue entonces cuando los sitiadores comprendieron que así no se iba a ninguna
parte. Que estaban metidos en una calle ciega. Pensaron que tal vez era posible
algun acuerdo con los sitiados. Pero al rubio presidente del norte no le era
factible acordarse con quien había sido convertido por años de calumnias e infundios
en el villano del Caribe. Ni sus electores ni sus huestes partidarias podrían
entenderlo.
Ocurrió así que al presidente de aquel revuelto país caribeño se le ofreció
salir corriendo, irse a vivir un exilio dorado en la Ciudad de los Tres
Nombres: Bizancio, Constantinopla, Istambul. Pero siendo que todo comunista es
un orate enfebrecido de dogmas ideológicos, poseído por los fantasmas de una
falsa épica revolucionaria, el perseguido optó por resistir y esperar que lo
vinieran a buscar. Y lo hicieron. Para él y para su mujer, preferible ser
rehenes del imperio que andar huyendo con el rabo entre las piernas.
De esta suerte estamos donde estamos. La historia no es siempre, en realidad
casi nunca, la que uno desea o la que uno prevé, sino la que simplemente es.
Y sus jugarretas suelen estar fabricadas con retazos de ironía, con caústica y
mordaz sorna. Si acaso nos fuera dado ver las cosas con la gélida imparcialidad
de un científico, más allá de la rabia, del dolor, de la vergüenza, de la
afrenta, de la doliente cicatriz del 3E, con la lacerante convicción de que los
venezolanos pudimos haber evitado la ignominia y el deshonor si hubiésemos
tenido un poquito de buena voluntad, y asumiendo este fracaso histórico y
encajando el golpe, nos es dado procurar convertir la crisis en oportunidad,
como suele decirse.
El rubio mandamás del norte ha entrado a empellones en nuestra historia.
Debilitada por tres, tal vez cuatro o cinco décadas de socavamientos y
destrucciones, esta patria no tiene las capacidades para resistir ni rechazar
sino para negociar con tanta soberanía y dignidad como nos sea posible pero sin
inútiles desplantes. Como queda demostrado luego de la fallida experiencia
revolucionaria, ese palabrerío antiimperialista termina por ser lesivo para los
pueblos y sólo deja naciones más dependientes. Colocada donde está, no en el
mar de Java ni en el Báltico sino en el mar de las Antillas, al norte de la
América del Sur, a 1.400 kilómetros de La Florida, es una necedad, una
majadería y un disparate que esta Tierra de Gracia no constate (como por cierto
ha hecho toda la izquierda democrática de América Latina) que con los Estados
Unidos de América se debe construir una relación con independencia pero sin
temeridades ni insolencias. Ya es tarde. La intervención militar ya ocurrió.
Pero la lección está allí para aprenderla y para no reincidir en los errores de
aquí en adelante.
Dado que la torpe dizque lideresa de la oposición extremista se negó a negociar
con el gobierno, como un tal Grenell le pidió, y, con el pescuezo torcido hacia
el 28J, convertida en estatua de sal, se mantuvo en su maximalismo
delirante: todo o nada, todo o nada, todo o nada, he aquí que el rubio mandamás
pone su planta insolente en el sagrado suelo de la patria para una cosa ante todo:
sustituir a esa oposición y negociar directamente con el gobierno.
Secuestrado el presidente que fuera convertido en villano y apartada la tozuda,
porfiada, obstinada, zafia y zopenca dama, los actores que quedan en pie son
dos: el imperio y el gobierno de la presidenta encargada.
Curiosamente, ha tenido lugar el insólito híbrido de dos políticas
contrarias:
Por una parte, como clamaban los exaltados del oposicionismo extremista, se
ha producido un cambio con bombas, helicópteros y disparos gringos.
Por la otra, el cambio se pacta CON el gobierno (el mismo del presidente
secuestrado, sea dicho de paso) y no CONTRA él, como desde el centro
moderado tanto predicamos.
Ahora todo está por hacerse. Que venga el capital estadounidense, pero también
español, italiano, inglés, chino, ruso... como ha sido admitido por el rubio
mandamás en su tertulia con los ejecutivos petroleros. Que se levanten todas
las sanciones, como habrá de ocurrir. Que se articulen los mejores convenios
comerciales en una óptica de ganar-ganar. Que el embajador de allá
presente sus cartas credenciales aquí y que el embajador de aquí presente sus
cartas credenciales allá. Que la presidenta encargada visite muy pronto la Casa
de Nariño en Bogotá y más adelante la Casa Blanca en Washington D.C. Que pronto
se negocie la libertad del presidente secuestrado. Que se produzca una
amnistía de hecho para lado y lado, para los presos políticos y para los
funcionarios que no hayan cometido delitos contra la vida. Que haya
reconciliación y perdón. Que se administre con sobriedad el boom económico
que se aproxima, a ver si esta vez se siembra esta riqueza pensando no en las
próximas elecciones sino en las próximas generaciones. Que a dos años plazo
(como se dice que ha sido acordado) puedan ser relegitimados democráticamente
todos los Poderes Públicos, lo que puede ir ocurriendo desde ya progresivamente
con algunos de ellos.
Para lograr todo esto, lo primero es, con autonomía si así se quiere, pero con
buena voluntad, sostener la estabilidad que se está logrando y al gobierno que
la encarna. En esta coyuntura compleja y peculiar, la presidenta es de todos
los liderazgos nacionales el más robusto, o, si se quiere, el menos débil: para
los suyos, incluyendo la FAN, tiene la legitimidad constitucional que le otorgó
el cargo que ostentaba como Vicepresidenta; para los contrarios y el mundo,
tiene el acuerdo que con habilidad está construyendo con el hegemón
hemisférico, desde una perspectiva pragmática y de sentido común. Procurar
boicotear esta pequeña rendija de cambio democrático en paz que se nos abre a
los venezolanos hacia el futuro, como hacen o intentan hacer algunos
reconcomiados del oposicionismo extremista, es un crimen contra la nación. Lo
digo sin esguinces ni eufemismos: este gobierno debe ser apoyado, incluso
desde una posición crítica, pero debe ser apoyado. No es hora de regatear
el concurso que cada quien pueda aportar a ver si por fin salimos del pantano
de destrucción y sangre en que nos sumimos estúpidamente como pueblo.
Es de esperar que los venezolanos, oficialistas y opositores, hayamos aprendido
las lecciones que nos dejó la turbamulta infecunda de cinco largos e
inverosímiles lustros de revolución confusa. Entonces, a recuperar el tiempo
perdido. Aún estamos a tiempo de hacer lo que no hicimos: entendernos y
reconstruirnos como país. Que el mundo se sorprenda cuando, a la vuelta de
algunos años, hayamos transitado con éxito, juntos todos, hacia la democracia y
la prosperidad. Que Venezuela sea otra vez una antorcha luminosa como lo fue
cuando acometió la descomunal empresa de la independencia continental en el
siglo XIX y de la democracia en el siglo XX. Que el siglo XXI no sea retórica
vocinglera de ideologías trasnochadas sino construcción real de instituciones y
de una economía fuerte y vigorosa. Una sola condición se requiere para
lograrlo: construir la unidad nacional y los consensos que nos reencuentren
como pueblo. Todos estamos convocados a la empresa. La presidenta encargada
y su gobierno tienen la palabra.
