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18 enero, 2026

Venezuela: Ticoporo, la reserva forestal donde solo existe 6 % de su bosque original

 Mongabay

Reybert Carrillo

  • Es la segunda reserva forestal más antigua de Venezuela: fue creada en 1955 y es una de las primeras en desaparecer casi por completo.
  • Se convirtió en un gran pastizal de aprovechamiento agropecuario, dejando relegado el uso forestal.
  • Actualmente hay presencia de grupos armados venezolanos y colombianos en sus predios.
  • Entre 2001 y 2024, Ticoporo perdió más de 10 000 hectáreas de bosque, mientras las políticas ambientales quedaban relegadas en el Estado.

Cinco datos clave

En los llanos occidentales de Barinas, muy cerca de los piedemontes andinos de Táchira y Mérida, una pequeña aldea se fundó en la década de 1930. No tenía nombre: no eran más que un puñado de familias que bajaron de las montañas buscando un clima más favorable y una tierra próspera. Para 1950, la aldea tenía 70 habitantes, así que sus fundadores la bautizaron como Socopó, en honor a uno de los caciques de los pueblos ancestrales.

No pasó mucho tiempo hasta que este lugar se hizo notar, rodeado por un extenso bosque. Socopó creció, no solo demográfica sino espacialmente, y sus pobladores expandieron los frentes agrícolas y ganaderos hacia el bosque vecino, el cual se empezó a fragmentar. En muy poco tiempo, las condiciones ambientales cambiaron y el Estado venezolano tuvo que intervenir.

El 27 de junio de 1955 se decretó la creación de la Reserva Forestal Ticoporo. Con esta reserva no se buscaba resguardar las 252 730 hectáreas de aquel bosque húmedo del piedemonte andino-llanero venezolano, sino explotarlo moderadamente desde la institucionalidad.

En Venezuela, a diferencia de los parques nacionales y monumentos naturales donde se busca la conservación y se limita la actividad humana, el objetivo de la “reserva forestal” es el aprovechamiento organizado de la madera. Por eso, con Ticoporo, el Estado buscaba garantizar madera fresca para la región y el país sin extinguir aquellos bosques húmedos. Pero algo salió mal.

Deforestación voraginosa

Desde la creación de la reserva forestal, en 1955, hasta finales de la década de 1990, se combinaron distintos factores que despojaron a Ticoporo de más de la mitad de su cobertura boscosa. La construcción de la Troncal 05, las concesiones a empresas privadas y, principalmente, la ocupación irregular de nuevos pobladores que llegaron desde Socopó y otros pueblos vecinos, pero también desde Colombia, hicieron que, para 1999, solo el 22 % de la superficie total de Ticoporo (unas 55 600 hectáreas) fuera bosque, según Global Forest Watch.

José Rafael Lozada es ingeniero forestal e investigador de la Universidad de Los Andes (ULA), en Mérida, y ha estudiado por varias décadas a Ticoporo y otras reservas forestales de Venezuela. “Desde que Ticoporo fue normada como reserva forestal hasta hoy, ha perdido más del 90 % de sus bosques. Esto significa una mengua importante de biodiversidad y servicios ecosistémicos, pues se eliminaron bosques con alrededor de 50 ó 60 especies de árboles por hectárea, sin contar las especies del sotobosque”, explica Lozada a Mongabay Latam.

En pocos años, los bosques de Ticoporo fueron sustituidos por unidades agrícolas y ganaderas, donde se empezó a producir, principalmente, ganado vacuno y rubros como el maíz, la yuca y el plátano. Según el geoportal MapBiomas Venezuela, para 2023, en Ticoporo solo quedaban 15 930 hectáreas de bosque, es decir, aproximadamente el 6 % de la superficie de la reserva.

La plataforma Global Forest Watch estima que, entre 2001 y 2024, Ticoporo perdió 10 700 hectáreas de bosque, dato que se traduce en una emisión de 189 000 toneladas de dióxido de carbono equivalente por año (CO2 eq / año).

“Las políticas gubernamentales, en distintos momentos, redujeron la superficie de la reserva forestal a unos pocos relictos de bosque. Esto se repitió en otras reservas cercanas, como Caparo y San Camilo, y Venezuela perdió un importante sumidero de carbono regional”, comenta Lozada.

El rol del Estado venezolano

Las prácticas disfuncionales que pusieron en jaque a Ticoporo son tan antiguas como la propia creación de la reserva forestal. José Rojas López, magíster venezolano en geografía y planeamiento rural de la Universidad de Michigan, explica que “el problema en Ticoporo empezó al poco tiempo de haber sido creada la reserva, cuando por solicitud del Instituto Agrario Nacional (IAN), se decidió desafectar cerca 40 000 hectáreas con fines agrarios”.

Es decir, el IAN pidió que le fuera asignada a su gestión una gran extensión de terrenos dentro de Ticoporo, con el objetivo de convertirlos en espacios de producción agropecuaria. Y se le concedió.

“Por otra parte, empresas como CONTACA, EMALLCA y EMIFOCA [cerraron operaciones en los 90], dedicadas a la silvicultura y que tenían concesiones del Estado, apenas cumplían los planes de manejo de los bosques de Ticoporo. Además, el propio Estado fue deficiente en el control y la vigilancia de los espacios de la reserva, propiciando todo tipo de invasiones. Eso contribuyó con la pérdida de funcionalidad original de la reserva”, explica Rojas López.

Es, sin embargo, hacia finales de la década de 1990 cuando se empieza a fraguar el que sería el golpe final a los bosques de Ticoporo. Durante la campaña preelectoral de 1997, Hugo Chávez invitaba a los campesinos a organizarse “contra las élites” y a “apropiarse de la tierra”. Las reservas forestales eran algunos de los activos ambientales sobre los que —según la revolución bolivariana— era necesario aplicar urgentes reformas agrarias para que fuera “el pueblo” quien las administrara.

De esa manera, un conglomerado campesino y sindical fue motivado a ocupar los predios de las reservas forestales en Venezuela, incluida Ticoporo, con la promesa de hacerlos partícipes de un nuevo ordenamiento del territorio que fuera inclusivo.

“Las reservas forestales en Venezuela contemplan, dentro de su normativa, algunas zonas destinadas al aprovechamiento agropecuario controlado. Los campesinos que llegaron a establecerse en Ticoporo se valieron de esas zonificaciones para obtener concesiones por parte del Estado venezolano. Pero además de eso, hubo muchas invasiones ilegales, cuyos perpetradores también fueron amparados por el Estado. Los espacios invadidos se deforestaron para sembrar cereales y meter ganado”, cuenta un ex trabajador del Instituto Nacional de Tierras (INTI), organismo en el que mutó el IAN con la llegada de Chávez a la presidencia. La fuente pidió preservar su identidad para evitar represalias.

Tanto Lozada como Rojas López coinciden en que esto distorsionó la esencia administrativa y territorial de la figura de reserva forestal en Ticoporo y en otros bosques amparados bajo esta figura.

“A partir del año 2000 se distorsionó el objetivo y el principio técnico de las reservas forestales como figura de gestión. El Estado creó algo llamado ‘unidades territoriales de base’, más adelante llamadas ‘consejos comunales’, que eran grupos de nuevos ocupantes que, prácticamente, se apropiaron de Ticoporo con auspicio gubernamental, al punto de que las propias empresas que ya tenían antiguas concesiones debían pedirles permiso a los ocupantes para cualquier cosa”, infiere Lozada al respecto del que muchos consideran el momento bisagra de la eliminación más agresiva de bosques en Ticoporo.

Para Rojas López, los ambientes naturales no fueron los únicos en salir perjudicados: “Los propios campesinos fueron los menos beneficiados en el proceso de sabanización que sufrió Ticoporo. En virtud de la nueva dinámica administrativa, estas personas tuvieron que ceder sus bienhechurías [tierras y parcelas] a terratenientes. Muchos de esos campesinos permanecieron, pero como mano de obra barata”, señala el geógrafo.

Nicho de la criminalidad

La crisis humanitaria compleja que atraviesa Venezuela encuentra uno de sus asideros más agudos en las facciones criminales que se han apoderado de regiones enteras del país. Ticoporo es una muestra fehaciente de ello.

Esta reserva forestal se convirtió en un foco clave para el robo de ganado, el contrabando, la extorsión y el secuestro. Desde hace 15 años, más o menos, ha habido presencia de ‘Boliches’ dentro de Ticoporo, que es una asociación de grupos guerrilleros colombo-venezolanos dedicados a delinquir en la reserva y sus cercanías”, cuenta la misma fuente del INTI que prefirió el anonimato.

En julio de 2019 ocurrió el asesinato de seis campesinos en Ticoporo. El Gobierno venezolano condenó los hechos en su momento y responsabilizó a grupos paramilitares colombianos.

Un año después, en julio de 2020, la ONG venezolana Fundaredes denunció que en Socopó y dentro de la propia Reserva Forestal Ticoporo, había actividad de grupos guerrilleros colombianos. En julio de 2021, las fuerzas gubernamentales de inteligencia detuvieron a Javier Tarazona, educador, activista y director de Fundaredes, quien se dedicó en reiteradas oportunidades a denunciar la presencia de grupos guerrilleros en Venezuela.

Un rostro trabajador

Pese a la deforestación agresiva, a la institucionalidad errática y al crimen organizado, Ticoporo es también una muestra del hueso sano que resiste en medio de los relictos boscosos de Venezuela.

Rigo Molina es habitante de Socopó. Es finquero, pero su propiedad no está dentro de los predios forestales de Ticoporo. Trabaja la tierra desde hace muchos años y es testigo de la dinámica ambiental que se vive en la reserva forestal y sus alrededores. “La última vez que vi una extensión de bosque más o menos importante en Ticoporo fue en 1999, pero la producción agropecuaria dentro de la reserva y sus zonas cercanas aumentó vertiginosamente en los últimos 30 años”, cuenta Molina.

El maíz y el plátano, según Molina, son los principales rubros agrícolas que se producen en Ticoporo, pero también tiene lugar la producción de tomate (Solanum lycopersicum), parchita (Passiflora edulis), ají dulce (Capsicum annuum) y lechosa (Carica papaya). Asimismo, la producción ganadera se fundamenta —explica el finquero— en lácteos, toros de ceba, cochinos, vacas de descarte, pollos de engorde, gallinas ponedoras, entre otros.

“La importancia de la ganadería en Ticoporo se ve en el auge de comercializadoras agropecuarias y de alimento concentrado en Socopó. Pero también revisando el origen de muchos de los bienes de consumo de origen agrícola y pecuario en otras regiones del país, desde el centro hasta el Táchira. Una gran parte de los alimentos en Venezuela provienen de Ticoporo”, destaca Molina.

Este testimonio permite contrastar la complejidad del caso Ticoporo. La crisis humanitaria que sacude a Venezuela actualmente también se refleja en la inseguridad alimentaria de la que son víctimas millones de ciudadanos a causa de la depauperación de la economía y del sistema productivo. En un contexto como ese, los trabajadores del campo juegan un rol fundamental para mitigar amenazas como la desnutrición infantil y la escasez de alimentos. Cada unidad de producción de alimentos es una trinchera contra el hambre.

De los rostros trabajadores en los campos de Ticoporo, el de Marcos Evangelista Araque representa otro bemol de la reserva forestal. Marcos es ganadero y agricultor, pero también es licenciado en educación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Tiene 65 años viviendo en la región piedemontina barinense. “En Ticoporo hay fincas de 600, 800 y hasta de 1000 hectáreas, pero el promedio es de 80 hectáreas y, aunque hay mucha agricultura, lo que predomina es la ganadería de carne y lácteos. La crisis ha golpeado nuestra producción, especialmente por el estado tan malo de las carreteras, que entorpece las comunicaciones y el transporte, y por las deficiencias del servicio eléctrico, que interrumpe los procesos de refrigeración”.

Araque se sabe parte de un eslabón importante en la cadena productiva alimentaria venezolana. Su finca en Ticoporo es poliproductiva; se trabaja el ganado bovino de razas holstein, cebú y brahmán, pero también hay producción acuícola enfocada en la pesca de cachama (Colossoma macropomum).

“En las jurisdicciones está contemplado que cada productor en Ticoporo debe destinar cierto porcentaje de sus predios a la siembra de árboles. Si la finca es mayor a 100 hectáreas, debe reforestarse más del 20 % de su superficie. Yo me apegué a esa normativa y, en mi finca, hay alrededor de 16 000 ejemplares de teca (Tectona grandis). Sin embargo, fuimos muy pocos quienes contribuimos con el proceso de reforestación”, señala Araque.

Orientar una nueva gestión ambiental

Todas las voces involucradas en el diagnóstico y la narrativa histórica de Ticoporo, así como quienes viven y trabajan en sus tierras, coinciden en que, de la reserva forestal, lo único que queda es la figura jurídica. Sin embargo, no es descartable una nueva forma de gestionarla desde la inclusión social y la sostenibilidad ambiental.

“Toda propuesta de ordenamiento del territorio que busque reavivar a Ticoporo desde la concepción de reserva forestal debe incluir a las comunidades que ya están allí establecidas. Bajo ningún punto de vista debe plantearse el desalojo de esas personas”, indica José Rafael Lozada. “Ese nuevo ordenamiento del territorio debe ajustarse a los estándares de verdadera justicia social y tomar en cuenta, principalmente, a los campesinos más desfavorecidos bajo un nuevo enfoque que los beneficie a ellos y a una funcionalidad real de Ticoporo como ABRAE [Área Bajo Régimen de Administración Especial]”, agrega.

Para el ingeniero forestal, esa hipotética estrategia de ordenamiento del territorio debe encaminarse bajo el enfoque de sistemas agroforestales, es decir, combinar la presencia de los cultivos y del ganado con las coberturas boscosas.

“Hay fundos donde se produce un litro de leche por hectárea al día; quiere decir que en esos pastos tienen apenas una vaca, lo cual no es eficiente, pues se desaprovecha una gran extensión de terreno. Pero si la presencia de esa vaca se combina con plantaciones de árboles de alto valor comercial, los campesinos tendrán mayores ingresos y beneficios porque sus predios serán más productivos, a la vez que se mantiene la cobertura arbórea y el ecosistema”, explica Lozada.

Asimismo, el ingeniero forestal menciona algunos casos que él mismo estudió en Ticoporo, en los que fue el bosque el que le salvó la vida al ganado de varios productores: “Durante la temporada de ocurrencia del fenómeno El Niño Oscilación del Sur (ENOS), que para Venezuela es sinónimo de sequías extremas, muchas reses mueren de hambre y sed, salvo las que están dentro de las pocas fincas que mantienen relictos de bosques. Esas alamedas son refugios para que el ganado sobreviva a la sequía”.

El geógrafo José Rojas López, igualmente, coincide en que la estrategia para recuperar Ticoporo como reserva forestal y, al mismo tiempo, mantenerla como un espacio productivo, es un nuevo ordenamiento del territorio.

“Debe haber consenso político regional, instrumentación de ventajas económicas locales para las comunidades, seguimiento y control de acciones y un proyecto de viabilidad sociopolítica que cambie el enfoque extractivista, no solo en Ticoporo, sino en las demás reservas forestales del país. Esto va a beneficiar a la producción, a los ecosistemas y a la biodiversidad”, añade Rojas López.

El geógrafo menciona a la plantación de pinos de Uverito, entre los estados de Monagas y Anzoátegui, como un ejemplo exitoso de sostenibilidad ambiental y productividad, pues, aunque ha sufrido afectaciones en los últimos años, su dinámica se ha mantenido eficiente por mucho tiempo.

Tomado de MONGABAY / Foto: cortesía MapBiomas Venezuela