- Es la
segunda reserva forestal más antigua de Venezuela: fue creada en 1955 y es
una de las primeras en desaparecer casi por completo.
- Se
convirtió en un gran pastizal de aprovechamiento agropecuario, dejando
relegado el uso forestal.
- Actualmente
hay presencia de grupos armados venezolanos y colombianos en sus predios.
- Entre
2001 y 2024, Ticoporo perdió más de 10 000 hectáreas de bosque, mientras
las políticas ambientales quedaban relegadas en el Estado.
Cinco datos
clave
En los llanos
occidentales de Barinas, muy cerca de los piedemontes andinos de
Táchira y Mérida, una pequeña aldea se fundó en la década de 1930. No
tenía nombre: no eran más que un puñado de familias que bajaron de las montañas
buscando un clima más favorable y una tierra próspera. Para 1950, la aldea
tenía 70 habitantes, así que sus fundadores la bautizaron como Socopó,
en honor a uno de los caciques de los pueblos ancestrales.
No pasó mucho
tiempo hasta que este lugar se hizo notar, rodeado por un extenso bosque.
Socopó creció, no solo demográfica sino espacialmente, y sus pobladores
expandieron los frentes agrícolas y ganaderos hacia el bosque vecino, el cual
se empezó a fragmentar. En muy poco tiempo, las condiciones ambientales
cambiaron y el Estado venezolano tuvo que intervenir.
El 27 de junio de 1955 se decretó la creación de la Reserva Forestal Ticoporo. Con esta reserva no se buscaba resguardar las 252 730 hectáreas de aquel bosque húmedo del piedemonte andino-llanero venezolano, sino explotarlo moderadamente desde la institucionalidad.
En Venezuela,
a diferencia de los parques nacionales y monumentos naturales donde se busca la
conservación y se limita la actividad humana, el objetivo de la
“reserva forestal” es el aprovechamiento organizado de la madera. Por eso,
con Ticoporo, el Estado buscaba garantizar madera fresca para la región y el
país sin extinguir aquellos bosques húmedos. Pero algo salió mal.
Deforestación
voraginosa
Desde la
creación de la reserva forestal, en 1955, hasta finales de la década de 1990,
se combinaron distintos factores que despojaron a Ticoporo de más de
la mitad de su cobertura boscosa. La construcción de la Troncal 05, las
concesiones a empresas privadas y, principalmente, la ocupación irregular de
nuevos pobladores que llegaron desde Socopó y otros pueblos vecinos, pero
también desde Colombia, hicieron que, para 1999, solo el 22 % de la
superficie total de Ticoporo (unas 55 600 hectáreas) fuera bosque, según
Global Forest Watch.
José Rafael
Lozada es ingeniero forestal e investigador de la Universidad de Los Andes
(ULA), en Mérida, y ha estudiado por varias décadas a Ticoporo y otras reservas
forestales de Venezuela. “Desde que Ticoporo fue normada como reserva
forestal hasta hoy, ha perdido más del 90 % de sus bosques. Esto
significa una mengua importante de biodiversidad y servicios ecosistémicos,
pues se eliminaron bosques con alrededor de 50 ó 60 especies de árboles por
hectárea, sin contar las especies del sotobosque”, explica Lozada a Mongabay
Latam.
En pocos
años, los bosques de Ticoporo fueron sustituidos por unidades agrícolas y
ganaderas, donde se empezó a producir, principalmente, ganado vacuno y rubros
como el maíz, la yuca y el plátano. Según el geoportal MapBiomas Venezuela,
para 2023, en Ticoporo solo quedaban 15 930 hectáreas de bosque, es decir,
aproximadamente el 6 % de la superficie de la reserva.
La plataforma
Global Forest Watch estima que, entre 2001 y 2024, Ticoporo perdió 10 700
hectáreas de bosque, dato que se traduce en una emisión de 189 000
toneladas de dióxido de carbono equivalente por año (CO2 eq / año).
“Las
políticas gubernamentales, en distintos momentos, redujeron la superficie de la
reserva forestal a unos pocos relictos de bosque. Esto se repitió en otras
reservas cercanas, como Caparo y San Camilo, y Venezuela perdió un importante
sumidero de carbono regional”, comenta Lozada.
El rol del
Estado venezolano
Las prácticas
disfuncionales que pusieron en jaque a Ticoporo son tan antiguas como la propia
creación de la reserva forestal. José Rojas López, magíster venezolano en
geografía y planeamiento rural de la Universidad de Michigan, explica que “el
problema en Ticoporo empezó al poco tiempo de haber sido creada la reserva,
cuando por solicitud del Instituto Agrario Nacional (IAN), se decidió
desafectar cerca 40 000 hectáreas con fines agrarios”.
Es decir, el
IAN pidió que le fuera asignada a su gestión una gran extensión de terrenos
dentro de Ticoporo, con el objetivo de convertirlos en espacios de producción
agropecuaria. Y se le concedió.
“Por otra
parte, empresas como CONTACA, EMALLCA y EMIFOCA [cerraron operaciones en los
90], dedicadas a la silvicultura y que tenían concesiones del Estado, apenas
cumplían los planes de manejo de los bosques de Ticoporo. Además, el propio
Estado fue deficiente en el control y la vigilancia de los espacios de la
reserva, propiciando todo tipo de invasiones. Eso contribuyó con la pérdida de
funcionalidad original de la reserva”, explica Rojas López.
Es, sin
embargo, hacia finales de la década de 1990 cuando se empieza a fraguar
el que sería el golpe final a los bosques de Ticoporo. Durante la campaña
preelectoral de 1997, Hugo Chávez invitaba a los campesinos a organizarse
“contra las élites” y a “apropiarse de la tierra”. Las reservas forestales eran
algunos de los activos ambientales sobre los que —según la revolución bolivariana—
era necesario aplicar urgentes reformas agrarias para que fuera “el pueblo”
quien las administrara.
De esa
manera, un conglomerado campesino y sindical fue motivado a ocupar los
predios de las reservas forestales en Venezuela, incluida Ticoporo,
con la promesa de hacerlos partícipes de un nuevo ordenamiento del territorio
que fuera inclusivo.
“Las reservas
forestales en Venezuela contemplan, dentro de su normativa, algunas zonas
destinadas al aprovechamiento agropecuario controlado. Los campesinos que
llegaron a establecerse en Ticoporo se valieron de esas zonificaciones para
obtener concesiones por parte del Estado venezolano. Pero además de eso, hubo
muchas invasiones ilegales, cuyos perpetradores también fueron amparados por el
Estado. Los espacios invadidos se deforestaron para sembrar cereales y
meter ganado”, cuenta un ex trabajador del Instituto Nacional de Tierras
(INTI), organismo en el que mutó el IAN con la llegada de Chávez a la
presidencia. La fuente pidió preservar su identidad para evitar represalias.
Tanto Lozada
como Rojas López coinciden en que esto distorsionó la esencia administrativa y
territorial de la figura de reserva forestal en Ticoporo y en otros bosques
amparados bajo esta figura.
“A partir del
año 2000 se distorsionó el objetivo y el principio técnico de las reservas
forestales como figura de gestión. El Estado creó algo llamado
‘unidades territoriales de base’, más adelante llamadas ‘consejos
comunales’, que eran grupos de nuevos ocupantes que, prácticamente, se
apropiaron de Ticoporo con auspicio gubernamental, al punto de que las propias
empresas que ya tenían antiguas concesiones debían pedirles permiso a los
ocupantes para cualquier cosa”, infiere Lozada al respecto del que muchos
consideran el momento bisagra de la eliminación más agresiva de bosques en
Ticoporo.
Para Rojas
López, los ambientes naturales no fueron los únicos en salir perjudicados: “Los
propios campesinos fueron los menos beneficiados en el proceso de sabanización
que sufrió Ticoporo. En virtud de la nueva dinámica administrativa, estas
personas tuvieron que ceder sus bienhechurías [tierras y parcelas] a
terratenientes. Muchos de esos campesinos permanecieron, pero como mano de obra
barata”, señala el geógrafo.
Nicho de la
criminalidad
La crisis
humanitaria compleja que atraviesa Venezuela encuentra uno de sus asideros más
agudos en las facciones criminales que se han apoderado de regiones enteras del país. Ticoporo es una muestra
fehaciente de ello.
“Esta
reserva forestal se convirtió en un foco clave para el robo de ganado, el
contrabando, la extorsión y el secuestro. Desde hace 15 años, más o
menos, ha habido presencia de ‘Boliches’ dentro de Ticoporo, que es una asociación de
grupos guerrilleros colombo-venezolanos dedicados a delinquir en la reserva y
sus cercanías”, cuenta la misma fuente del INTI que prefirió el anonimato.
En julio de
2019 ocurrió el asesinato de seis campesinos en Ticoporo. El Gobierno
venezolano condenó los hechos en su momento y responsabilizó a
grupos paramilitares colombianos.
Un año
después, en julio de 2020, la ONG venezolana Fundaredes denunció que en Socopó y dentro de la propia Reserva
Forestal Ticoporo, había actividad de grupos guerrilleros colombianos. En julio
de 2021, las fuerzas gubernamentales de inteligencia detuvieron a Javier
Tarazona, educador, activista y director de Fundaredes, quien se dedicó en
reiteradas oportunidades a denunciar la presencia de grupos guerrilleros en
Venezuela.
Un rostro
trabajador
Pese a la
deforestación agresiva, a la institucionalidad errática y al crimen organizado,
Ticoporo es también una muestra del hueso sano que resiste en medio de los
relictos boscosos de Venezuela.
Rigo Molina
es habitante de Socopó. Es finquero, pero su propiedad no está dentro de los
predios forestales de Ticoporo. Trabaja la tierra desde hace muchos años y es
testigo de la dinámica ambiental que se vive en la reserva forestal y sus
alrededores. “La última vez que vi una extensión de bosque más o menos
importante en Ticoporo fue en 1999, pero la producción agropecuaria dentro
de la reserva y sus zonas cercanas aumentó vertiginosamente en los últimos 30
años”, cuenta Molina.
El maíz y el
plátano, según Molina, son los principales rubros agrícolas que se producen en
Ticoporo, pero también tiene lugar la producción de tomate (Solanum
lycopersicum), parchita (Passiflora edulis), ají dulce (Capsicum
annuum) y lechosa (Carica papaya). Asimismo, la producción ganadera
se fundamenta —explica el finquero— en lácteos, toros de ceba, cochinos, vacas
de descarte, pollos de engorde, gallinas ponedoras, entre otros.
“La
importancia de la ganadería en Ticoporo se ve en el auge de comercializadoras
agropecuarias y de alimento concentrado en Socopó. Pero también revisando el
origen de muchos de los bienes de consumo de origen agrícola y pecuario en
otras regiones del país, desde el centro hasta el Táchira. Una gran
parte de los alimentos en Venezuela provienen de Ticoporo”, destaca Molina.
Este
testimonio permite contrastar la complejidad del caso Ticoporo. La crisis
humanitaria que sacude a Venezuela actualmente también se refleja en la inseguridad alimentaria de la que son víctimas
millones de ciudadanos a causa de la depauperación de la economía y del sistema
productivo. En un contexto como ese, los trabajadores del campo juegan un rol
fundamental para mitigar amenazas como la desnutrición infantil y la escasez de
alimentos. Cada unidad de producción de alimentos es una trinchera contra el
hambre.
De los
rostros trabajadores en los campos de Ticoporo, el de Marcos Evangelista Araque
representa otro bemol de la reserva forestal. Marcos es ganadero y agricultor,
pero también es licenciado en educación de la Universidad Católica Andrés Bello
(UCAB). Tiene 65 años viviendo en la región piedemontina barinense. “En
Ticoporo hay fincas de 600, 800 y hasta de 1000 hectáreas, pero el promedio es
de 80 hectáreas y, aunque hay mucha agricultura, lo que predomina es la
ganadería de carne y lácteos. La crisis ha golpeado nuestra producción,
especialmente por el estado tan malo de las carreteras, que entorpece las
comunicaciones y el transporte, y por las deficiencias del servicio eléctrico,
que interrumpe los procesos de refrigeración”.
Araque se
sabe parte de un eslabón importante en la cadena productiva alimentaria
venezolana. Su finca en Ticoporo es poliproductiva; se trabaja el ganado bovino
de razas holstein, cebú y brahmán, pero también hay producción acuícola
enfocada en la pesca de cachama (Colossoma macropomum).
“En las
jurisdicciones está contemplado que cada productor en Ticoporo debe destinar
cierto porcentaje de sus predios a la siembra de árboles. Si la finca es mayor
a 100 hectáreas, debe reforestarse más del 20 % de su superficie. Yo me apegué
a esa normativa y, en mi finca, hay alrededor de 16 000 ejemplares de teca
(Tectona grandis). Sin embargo, fuimos muy pocos quienes contribuimos con el
proceso de reforestación”, señala Araque.
Orientar una
nueva gestión ambiental
Todas las
voces involucradas en el diagnóstico y la narrativa histórica de Ticoporo, así
como quienes viven y trabajan en sus tierras, coinciden en que, de la
reserva forestal, lo único que queda es la figura jurídica. Sin embargo, no
es descartable una nueva forma de gestionarla desde la inclusión social y la
sostenibilidad ambiental.
“Toda
propuesta de ordenamiento del territorio que busque reavivar a Ticoporo desde
la concepción de reserva forestal debe incluir a las comunidades que ya están
allí establecidas. Bajo ningún punto de vista debe plantearse el desalojo de
esas personas”, indica José Rafael Lozada. “Ese nuevo ordenamiento del
territorio debe ajustarse a los estándares de verdadera justicia social y tomar
en cuenta, principalmente, a los campesinos más desfavorecidos bajo un nuevo
enfoque que los beneficie a ellos y a una funcionalidad real de Ticoporo como
ABRAE [Área Bajo Régimen de Administración Especial]”, agrega.
Para el
ingeniero forestal, esa hipotética estrategia de ordenamiento del territorio
debe encaminarse bajo el enfoque de sistemas
agroforestales, es decir, combinar la presencia de los cultivos y del
ganado con las coberturas boscosas.
“Hay fundos
donde se produce un litro de leche por hectárea al día; quiere decir que en
esos pastos tienen apenas una vaca, lo cual no es eficiente, pues se
desaprovecha una gran extensión de terreno. Pero si la presencia de esa vaca se
combina con plantaciones de árboles de alto valor comercial, los campesinos
tendrán mayores ingresos y beneficios porque sus predios serán más productivos,
a la vez que se mantiene la cobertura arbórea y el ecosistema”, explica Lozada.
Asimismo, el
ingeniero forestal menciona algunos casos que él mismo estudió en Ticoporo, en
los que fue el bosque el que le salvó la vida al ganado de varios productores:
“Durante la temporada de ocurrencia del fenómeno El Niño
Oscilación del Sur (ENOS), que para Venezuela es sinónimo de sequías
extremas, muchas reses mueren de hambre y sed, salvo las que están dentro de
las pocas fincas que mantienen relictos de bosques. Esas alamedas son refugios
para que el ganado sobreviva a la sequía”.
El geógrafo
José Rojas López, igualmente, coincide en que la estrategia para recuperar
Ticoporo como reserva forestal y, al mismo tiempo, mantenerla como un espacio
productivo, es un nuevo ordenamiento del territorio.
“Debe haber
consenso político regional, instrumentación de ventajas económicas locales para
las comunidades, seguimiento y control de acciones y un proyecto de viabilidad
sociopolítica que cambie el enfoque extractivista, no solo en Ticoporo, sino en
las demás reservas forestales del país. Esto va a beneficiar a la producción, a
los ecosistemas y a la biodiversidad”, añade Rojas López.
El geógrafo
menciona a la plantación de pinos de Uverito, entre los estados de Monagas y
Anzoátegui, como un ejemplo exitoso de sostenibilidad ambiental y
productividad, pues, aunque ha sufrido afectaciones en los últimos años, su dinámica se ha
mantenido eficiente por mucho tiempo.
Tomado de
MONGABAY / Foto:
cortesía MapBiomas Venezuela