Las
intervenciones del presidente en política exterior ponen a Estados Unidos fuera
de todo límite o moderación salvo su misma arbitrariedad personalista
Por Ishaan Tharoor - The
Washington Post / EE.UU.
WASHINGTON. –
En medio de las tantas noticias de esta semana, el miércoles el gobierno
de Donald Trump anunció que Estados Unidos se retirará de
decenas de organizaciones internacionales, entre ellas, 31 entidades asociadas
con las Naciones Unidas, como el Fondo de Población, que promueve la salud y
los derechos reproductivos a nivel mundial, y el Panel Intergubernamental de
Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el grupo con mayor autoridad en
materia de cambio climático.
La Casa
Blanca señaló que esas desafecciones respondían a la agenda de “Estados
Unidos Primero” del presidente Trump, que prevé el retiro del
financiamiento y la participación de Estados Unidos “en organismos que operen
en contra de los intereses nacionales, la seguridad, la prosperidad económica o
la soberanía de Estados Unidos”.
Quienes critican la medida la ven un nuevo golpe al papel de Estados Unidos en el orden internacional actual, una retirada norteamericana de foros donde se discuten y dirimen temas cruciales, desde el comercio y la política climática hasta la salud pública global. Sin embargo, la medida es coherente con una opinión muy arraigada en Trump: que el statu quo global que Estados Unidos forjó durante décadas es diametralmente contrario a los intereses norteamericanos y debe ser erradicado.
El secretario
de Estado, Marco Rubio, dijo que muchas organizaciones
internacionales eran funcionales “a un proyecto globalista que se
basaba en la fantasía hoy desacreditada del ‘Fin de la Historia’” –en
referencia a la certeza de la Postguerra Fría sobre la expansión mundial de la
democracia liberal y la globalización– y que el verdadero objetivo de esas
organizaciones era “limitar
la soberanía estadounidense”.
Rechazo a la
globalización
Hace años que
Trump y sus partidarios se presentan como la encarnación del rechazo a la
globalización. Se desentendieron de la histórica ortodoxia republicana
sobre el libre comercio y giraron 180 grados hacia los aranceles y el
proteccionismo. Y en sus discursos y sus posteos en las redes
sociales, Trump machacaba el desagrado que le producía el internacionalismo
liberal de sus predecesores, los proyectos de construcción nacional liderados
por Estados Unidos y los prolongados empantanamientos militares en Medio
Oriente que solían traer aparejados.
Los
acontecimientos de la semana pasada revelan la otra cara de este
“antiglobalismo”: la maniobra de la Casa Blanca en Venezuela y la acelerada
intención de reclamar el territorio de Groenlandia fueron las señales más
concretas hasta la fecha de la desfachatada vena imperialista de Trump,
un impulso que surge de la convicción, tanto suya como de su gobierno, del
predominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental, más allá de cualquier
tratado o más allá de cualquier ley.
Tras derrocar
al venezolano Nicolás Maduro, que languidece en una cárcel de
Nueva York desde el 3 de enero, el gobierno de Trump ha priorizado la
expropiación de los activos petroleros venezolanos antes que avanzar hacia la
transición democrática. El secretario de Energía, Chris Wright, dijo
que Estados Unidos permitirá que el petróleo venezolano, actualmente bajo
sanciones norteamericanas, fluya de nuevo, pero solo hacia refinerías de
Estados Unidos, y que las ventas serán “realizadas por el gobierno
norteamericano y depositadas en cuentas controladas por el gobierno
norteamericano”.
En una
entrevista con The New York Times, Trump dijo claramente que no se
consideraba obligado por el derecho internacional. “Mi propia moral. Mi
propia mente. Eso es lo único que puede detenerme”, declaró. También
dijo que desde su perspectiva, tener la
propiedad del territorio de Groenlandia era “muy importante,
porque creo que es psicológicamente necesaria para el éxito”. Y agregó
que estaba dispuesto a sacrificar la alianza de la OTAN en aras de sus deseos
expansionistas.
Durante
décadas, muchos izquierdistas de toda América y otros continentes consideraron
a Estados Unidos como una potencia hegemónica saqueadora, un país que,
en su opinión, ponía su incomparable poderío militar y su influencia
diplomática al servicio de cínicos intereses políticos, socavando a
los gobiernos que no le gustaban y pavimentándoles el camino a las
corporaciones norteamericanas.
El “imperialismo
yanqui” fue un espectro que flotó durante mucho tiempo sobre la
política latinoamericana, una historia impregnada de conspiraciones
golpistas, intervenciones norteamericanas y básicamente una diplomacia de
lanchas cañoneras. El régimen de Maduro supo usar como un arma esa
visión tan arraigada y suscitó críticas a la política exterior norteamericana
en todo el mundo.
Fantasías
paranoicas
“Con estas
últimas medidas, parece haber cobrado vida un gobierno salido de las más
paranoicas fantasías de la izquierda”, dice Filipe Campante, profesor
de economía internacional en la Universidad Johns Hopkins. La Casa Blanca
enfrenta a sus vecinos del hemisferio en un momento donde “en el mundo no se
aceptan apuestas porque todo puede pasar” y donde la política de Estados Unidos
“es imprevisible, porque es muy personalista y no tiene frenos”, dice Campante.
Los
politólogos ya tienen un término para lo que está surgiendo, y no es nada
halagador. “En materia de política exterior y seguridad nacional, ahora
la presidencia de Trump tiene las características de una dictadura
personalista”, escribió Elizabeth Saunders hace unos meses en Foreign
Affairs. Los controles sobre la autoridad presidencial, ya sea judicial o
legislativa, se debilitaron o directamente fracasaron. Trump también ha
politizado abiertamente a las Fuerzas Armadas, y al mismo tiempo se ocupó de
desmantelar importantes instituciones del poder blando de Estados Unidos.
“Trump no
solo se ha retirado de muchos compromisos internacionales de Estados Unidos”,
escribió Saunders, politóloga de la Universidad de Columbia. “También
ha socavado la capacidad de Estados Unidos de desempeñar un papel significativo
y confiable en el mundo”. Los aliados de larga data de Estados Unidos
ahora temen haberse convertido, en el mejor de los casos, en “ami–enemigos” de
Washington. Las amenazas de Trump al vecino Canadá, al que se ha referido como
el posible estado número 51 de Estados Unidos, hasta obligó a los estrategas
militares del gobierno de Ottawa a pensar en cómo protegerse ante una eventual
invasión.
“Estamos
evolucionando hacia un mundo de superpotencias, donde existe la tentación muy
concreta de repartirse el mundo”, declaró el jueves el presidente
francés, Emmanuel Macron, y advirtió contra una geopolítica de “la ley
del más fuerte”. Pero esa es precisamente la dirección en la que está
empujando Trump, un rumbo probablemente muy bien recibido en Moscú y Pekín.
“Pekín está
fascinado con el interés de Trump por las esferas de influencia de las
superpotencias”, le dijo al Wall Street Journal el
investigador Tong Zhao, del Centro Carnegie China. “Pekín quiere saber si
Estados Unidos está dispuesto a hacer concesiones importantes en el Pacífico
Occidental, incluyendo la
cuestión de Taiwán y el Mar de la China Meridional”, si a
cambio China opta por ceder parte de su influencia en América Latina.
“Lo ocurrido
confirma en cierta medida la visión rusa de que el orden liberal está
llegando a su fin y que en su lugar está surgiendo un orden global
basado en esferas de influencia”, dijo un académico ruso cercano a diplomáticos
de alto rango del Kremlin. “Por supuesto que no podemos apoyar eso, pero hay
que enfrentar la realidad”, agregó el académico. “Y en este caso, por supuesto,
en Rusia tendremos aún más argumentos para reivindicar nuestra propia
esfera de influencia cerca de nuestras fronteras”.
“Tengo la sensación de que el imperialismo de Trump es oportunista, busca la oportunidad, así que todo el mundo debería estar preocupado”, afirmó.
Tomado de La Nación / Argentina.
Traducción de
Jaime Arrambide / Imagen de archivo.
