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23 octubre, 2025

La vocación científica de Darwin

 Por Orlando Arciniegas*

Quienes conocieron al joven Darwin (1809-1882), de seguro que no apostaron un chelín a que tendría un futuro promisor. Menos aún, a que sería una gloria de la ciencia. Primero, quiso estudiar Medicina en la Universidad de Edimburgo, Escocia. Que era como seguir los pasos de su padre, un respetado médico rural. A ello partió en 1825 —con solo 16 años—. Y a eso se dedicó durante dos años. Las clases le resultaban aburridas y la cirugía, ni se diga, insufrible. Dos operaciones bastaron y sobraron para espantarlo de la carrera, y de la ciudad. Esto fue «antes de los benditos días del cloroformo», como apuntó en su autobiografía. Para su suerte, tuvo el buen tino de aprender taxidermia, lo que le fue muy útil cuando afloró en él su afición por el naturalismo. Su padre, Robert Darwin, con solo oírlo contar lo que sentía, comprendió que insistir era completamente inútil.       

De modo que, como alternativa, lo instó a que se ordenara como clérigo, para lo cual debía estudiar letras en la universidad. Charles, para no contradecir tan seguido a su padre, se resignó a aceptarlo. Entonces entró al _Christ College_ de la Universidad de Cambridge. Eso fue en 1828. ¡Pero más vale que no! Al joven Darwin pronto lo sedujo el cachondeo —el jolgorio—, y las compañías dispuestas a correrse una juerga. Frente a sus estudios, prefería el tiro, la caza y la equitación. Lo que compartía con una afición por la pintura, los buenos grabados, la música y las lecturas de Shakespeare. Eso sí, era inmutable en él su curiosidad por la naturaleza y las lecturas de historia natural. Mientras en Cambridge, resultó clave para su futuro el mundo de la botánica, la entomología y la geología. Y una serie de personajes que el joven consideró como tesoros. 

Uno de ellos, fue el futuro reverendo William Darwin Fox, un primo segundo, naturalista y entomólogo, quien, pese a ser de menor edad, ejerció sobre Charles una gran influencia, y de quien tomaría su afición por la colección de escarabajos y otros bichitos. Otra figura importante en su formación como naturalista sería James Francis Stephens, entomólogo y naturalista, quien sería el editor de sus primeras publicaciones. Pero, el de mayor significación en esos años fue el amable clérigo John Stevens Henslow, botánico y geólogo. De quien sería un gran amigo y seguidor, y quien, junto con otros naturalistas, asumía su trabajo científico bajo la forma de una teología natural. En su último año académico, Darwin sería conocido como «el hombre que pasea con Henslow», por su inseparable compañía. 

También pudo beneficiarse de las clases del geólogo y sacerdote, Adam Sedgwick, fundador de la geología moderna, a quien acompañaría en sus prácticas de campo. Asimismo, de las obras de Alexander von Humboldt; mención aparte merece William Paley, filósofo y teólogo, quien se refería a la adaptación biológica como una concluyente prueba del diseño divino mediante las leyes naturales. Una vieja tesis que se confundía con la ortogénesis, la hipótesis que ve el modelo evolutivo como predeterminado y lineal, impulsado por factores internos, antes que por la selección natural. Darwin confiesa haberse sentido atraído por la teoría del diseño, tras haber leído la _Teología natural de Paley_, siendo aún estudiante en Cambridge. Pero luego, más curtido, se ubicaría cerca de las tesis de Lamarck, y de las de Erasmus Darwin (1731-1802), su abuelo, un estudioso, cuyas ideas centrales sobre la naturaleza incluían la evolución de las especies, la influencia del medio y la competencia por los recursos como motor de cambio.  

Darwin, quien al final se enserió en sus estudios, se graduó en enero de 1831, pero cuando ya estaba a punto de iniciar su preparación como sacerdote, sintió el llamado de su vocación como naturalista. Sin embargo, sigue en Cambridge hasta el mes de junio. Durante ese tiempo, lee y lee a Paley, también al polímata (matemático y astrónomo), John Herschel (1792-1871) —Sir John Fredrick William Herschel— quien describía la última meta de la filosofía natural como la comprensión de las leyes de la naturaleza, a través del razonamiento inductivo y a partir de la observación; y completaba la lectura de la obra de Humboldt, _Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente_, que aguzó en él su gusto por la exploración. Eso sí, no deja de acompañar a su amigo, el geólogo Adam Sedgwick, a trazar mapas de estratos en Gales. 

Al regresar a casa, se encuentra, justamente, con una carta del amable Stevens Henslow que le propone un puesto como naturalista sin remuneración, al servicio del capitán Robert Fitz Roy. Sería algo más que recolector de materiales: un acompañante en el HMS (His/her Majesty’s Ship) _Beagle_, que debía partir en diciembre de ese mismo año. La expedición habría de cartografiar las costas de la América del Sur. Su padre se resiste, pues considera que una faena de dos años —el tiempo previsto para la expedición— podría ser un desperdicio de oportunidades, pero no le quedó otra que aceptar. Darwin tenía solo 22 años, pero ya la determinación de un dragón.

En efecto, el buque _Beagle_ zarpó el 27 de diciembre de 1831 de Devonport, del dique naval de Plymouth, Inglaterra, para iniciar una expedición por dos años, que al final fue de casi cinco. Fitz Roy, su capitán, contaba 26 años. La mayor parte del tiempo transcurrió en exploraciones en tierra firme: un total de tres años y tres meses, los restantes 18 meses fueron de navegación. El buque regresó a puerto inglés el 2 de octubre de 1836. El _Beagle_ era un bergantín de 10 cañones, de 27 metros de largo, clase Cherokee de la _Royal Navy_ —la Armada Británica—, construido en el astillero de Wolwich, en el río Támesis. Su última ubicación fue revelada en 1847. Una imagen lo mostraba en medio del río Roach. En 2004 se dijo que los restos del barco estaban incrustados en cinco metros de lodo en un sitio cerca de la isla de Potton, un área poco poblada al oeste de Foulness en Essex, Inglaterra. 

La expedición recorrió Cabo Verde, la América del Sur, las islas Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Australia, Mauricio y Sudáfrica. Durante el viaje Darwin observó las semejanzas y diferencias entre las mismas y distintas especies, animales o vegetales, en los varios lugares que iba visitando, lo que le provocó el descreimiento de las arraigadas creencias de que las especies eran inmutables, como parte de una jerarquía diseñada, y que los seres humanos eran únicos, sin relación alguna con otros animales. Se hablaría luego de la transmutación de las especies, un tema (predarwiniano) muy polémico que tomaría tiempo aceptar. Pero que sería la semilla de su controvertida y revolucionaria _teoría de la evolución de las especies_, la base de la biología moderna, recogida en un libro clave, publicado por vez primera el 24 de noviembre de 1859, y luego conocido con un título más corto: *_El origen de las especies_*.   

Las peripecias del viaje, que Darwin enviaba para que supieran de él, así como las notas de información sobre la investigación científica relativas a la Biología, la Geología y Antropología fueron recogidas en un diario, _El viaje del Beagle_, que fue publicado mucho antes en 1839. Originalmente esas memorias se llamaron _Diario y Observaciones_ pero también se les ha conocido como _Diario de Investigaciones_. Su publicación fue saludada con gran interés y satisfacción, lo que hizo a Darwin un escritor de temas populares. En 1839 se publicarían igualmente unas notas del oficial británico Robert Fitz Roy (1805-1865), quien, además de ser un experto navegante e hidrógrafo, llegó a ser almirante y gobernador de Nueva Zelanda entre 1843-1845. Fitz Roy gozó de fama duradera por haber sido el comandante del glorioso viaje científico de Charles Darwin. Un viaje que, ciertamente, introdujo cambios en la forma de ver y apreciar la naturaleza y el origen de la humanidad.

*Historiador.