Durante semanas, Rabat dio por hecho que contaba con el
respaldo incondicional de Washington para imponer en el Consejo de Seguridad su
conocida tesis del “plan de autonomía” como única vía para resolver el
conflicto del Sáhara Occidental. Los medios próximos al majzén hablaban incluso
de un texto “cerrado” que convertiría esa propuesta marroquí en el único marco
de negociación posible. Sin embargo, la maniobra ha terminado en fracaso:
la administración estadounidense, presionada por varias capitales europeas y
africanas, se ha visto obligada a retirar o reformular su
proyecto de resolución ante el riesgo de un veto inmediato por parte de Rusia
y China.
El giro norteamericano confirma que la pretendida “batalla diplomática ganada” por Marruecos era una ficción. El intento de consagrar la “autonomía” como única solución “realista y duradera” no solo chocó con el derecho internacional y con el principio de autodeterminación, sino también con la resistencia de una comunidad internacional cada vez más crítica con los excesos de Washington tras su papel en la guerra de Gaza. Ningún Estado con voz propia en el Consejo de Seguridad parece dispuesto a avalar otra vez una imposición contraria a la legalidad internacional.
Según fuentes diplomáticas, el nuevo borrador
estadounidense rebaja el tono y devuelve el texto al punto muerto
habitual: el plan marroquí se menciona apenas como una “de las posibles
soluciones”, junto con la necesidad de alcanzar “un arreglo político justo,
duradero y mutuamente aceptable”. En otras palabras, el Consejo vuelve
al statu quo, a un equilibrio retórico que no reconoce ninguna soberanía
marroquí sobre el territorio, pero que tampoco impulsa una solución efectiva.
Este revés es un golpe directo al discurso triunfalista de
Rabat, que había intentado presentar el apoyo estadounidense como irreversible
desde el reconocimiento unilateral de Trump en 2020. Hoy, sin embargo, el
régimen marroquí se encuentra más aislado que nunca, sin el consenso
internacional que soñaba y enfrentado a un contexto diplomático mucho más
adverso. Las grietas son evidentes: Europa ya no acompaña con entusiasmo esa
política, África refuerza su solidaridad con la República Saharaui y, dentro
del propio Consejo, ni siquiera Washington puede imponer su línea sin
riesgo de ridículo.
Lejos de anunciar un cambio de fondo, esta retirada revela
la fatiga estructural del sistema de Naciones Unidas, incapaz de
afrontar con valentía un proceso de descolonización bloqueado desde hace
décadas. Cada año se renueva el mandato de la MINURSO sin avances reales,
mientras Marruecos sigue ocupando ilegalmente el territorio y reprimiendo a la
población saharaui bajo la mirada indiferente de las grandes potencias.
En definitiva, el episodio confirma dos cosas: primero, que
el plan de autonomía marroquí no tiene respaldo jurídico ni
internacional real, pese a la propaganda; y segundo, que la causa
saharaui sigue resistiendo gracias a su legitimidad y al peso del
derecho internacional. La “bofetada diplomática” que Trump acaba de dar —quizá
sin querer— al régimen de Rabat demuestra que ningún imperio puede imponer
indefinidamente la mentira de una soberanía inexistente sobre el Sáhara
Occidental.
Tomado de “No te
olvides del Sahara Occidental”