Por Orlando Arciniegas*
Hace 100 años ―21 de octubre de 1925―, en el barrio de Santos
Suárez, en La Habana, nació Celia Caridad Cruz Alfonso, la que sería Celia
Cruz. Uno de los símbolos más poderosos de la cultura latinoamericana en el
mundo. La «Guarachera de Cuba» y la «Reina de la Salsa» serían sus títulos más
conocidos. Desde niña asomó su pasión por el canto y la alegría. Su estilo
improvisado y su voz operística harían de ella una de las voces más
reconocidas, si no la más, de su Cuba natal. ¡Azúcarrr!
Celia estudió para ser maestra por su padre, un fogonero
ferroviario que quería que su hija tuviera respetabilidad y pudiera ascender
socialmente. Esto, por cuanto era afrocubana y debía enfrentar la prejuiciosa
sociedad cubana de entonces. Su madre, sin embargo, aficionada también al
canto, la apoyaba y estimulaba su participación en los concursos radiales y,
luego, en las pequeñas agrupaciones, donde comenzó a cantar en público. Poco a
poco, impulsada por su gran talento, fue ascendiendo hasta que, en 1950, se
convirtió en la legendaria vocalista de la Sonora Matancera.
La Sonora se fundó en 1924, y se conformó durante su primera década, hasta llegar a ser la agrupación musical más sobresaliente de América en la interpretación de ritmos tropicales, desde el guaguancó hasta la llegada de la salsa en los ochenta. Celia estuvo con la Sonora hasta 1965, cuando se decidió hacer carrera como solista. Después vendrían sus electrizantes colaboraciones con Tito Puente y la _Fania All-Stars_.
En julio de 1962, se había casado con Pedro Night trompetista
de la Sonora, su eterno y amado compañero. Así que a Pedro le llegó el momento
de decidir, entre Celia y la orquesta. Pedro hubo de abordar el tema con
Rogelio Martínez, el entonces director de la Sonora, en estos términos:
"Rogelio, o dejo a Celia viajar sola por todos lados y
sigo con la Sonora o dejo la Sonora y me voy con Celia (...) Yo me casé con
Celia, no con la Sonora Matancera. Así que tengo que irme con ella. Y si tengo
que escoger entre Celia y la trompeta, yo escojo a Celia". Desde entonces
y hasta la muerte de Celia fueron inseparables. Celia moriría en julio de 2003,
en su hogar de Fort Lee, Nueva Jersey, tras una larga y penosa lucha contra el
cáncer.
Celia es para muchos de nosotros la figura central de un
recuerdo: el del enganche con los ritmos cubanos y la salsa. La recordaremos
por su estilo inconfundible: poderoso y rítmico, lleno de sabor caribeño
enmarcado por su generosa sonrisa, que coronaba con un derroche de energía que
esparcía desde los escenarios. También por su figura icónica: sus iridiscentes
y extravagantes pelucas (tenía más de cien), los fabulosos vestidos que ceñían
su cuerpo subido en sus altísimos tacones, y su potente voz engalanada con su
acento cubano.
Recogemos aquí algo de lo que dijera en su última entrevista
publicada en 2002, que muestra su gran sencillez y el calor humano con que
rodeaba a los suyos, incluyendo a sus seguidores. «Yo siempre me he llevado
bien con todo el mundo, afirma. Para mí la suma vale más que la resta y siempre
le he dado algo positivo a mis colegas. Por ejemplo, cuando se me acercan a
pedirme un consejo, con gusto se los doy». Amistad que no existía con las
autoridades cubanas que la exiliaron en 1960, hasta no permitirle ni siquiera
asistir al entierro de su madre en 1962. De su amor por la tierra cubana dejó
constancia en su viaje en enero de 1990 a la Base Naval de Guantánamo cuando
fue a dar un concierto. En esa oportunidad recogió a través de la cerca un
montoncito de arena que se llevó para su entierro. ¡Manííííí!
*Historiador.
