El economista de Guinea-Bissau repasa algunos de los
aspectos de la negociación entre la UE y la Unión Africana, de la que él formó
parte. Remarca la distancia entre las necesidades africanas y el poco margen de
negociación disponible desde Europa.
Jaume Portell Caño / @jaumeportell.bsky.social
Pocas cosas están más de actualidad que la relación entre
África y Europa. El avance de los discursos antimigración en el suelo europeo
es, probablemente, la muestra más cruda de la degeneración de este vínculo.
África, un continente joven y cada vez más poblado, se enfrenta a una pregunta
que puede ser tanto una fuente de esperanzas como de inquietud: ¿qué hacer con
toda esta gente?
Al otro lado, Europa, un gigante económico, pero con cada vez más dudas sobre su futuro, con una población cada vez más envejecida y viendo como su vigor industrial se desgasta ante el avance de sus rivales geopolíticos. Aunque la mayoría de los jóvenes migrantes africanos eligen quedarse en el continente, los pocos que llegan a Europa son la fuente de horas de debate, protagonistas involuntarios de programas políticos que se basan en una sola idea: rechazarlos.
Carlos Lopes, economista de Guinea-Bissau, recibió hace 7
años un encargo ambicioso: intentar reordenar la relación económica entre estos
dos bloques; específicamente, ser el negociador de la Unión Africana en las
reuniones con la Unión Europea de cara a lograr una relación comercial
distinta.
Lopes (Canchungo, Guinea Bissau, 1960), economista y
sociólogo formado en la Sorbona y Ginebra, con una larga trayectoria en
Naciones Unidas, vio en este encargo una oportunidad de llevar algunas de sus
ideas a la práctica. The self-deception trap (La trampa del
autoengaño) es un relato de cómo le fue y de los retos que quedan por resolver,
una vez finalizada su misión. Publicado el verano de 2024, Lopes tocaba en este
libro algunos de los temas que han ocupado la primera línea política en el
continente africano, como la deuda o el control migratorio; y anticipaba otros,
como la retirada de la ayuda al desarrollo.
Radicado en Sudáfrica, Lopes es el actual presidente de la
Fundación Africana del Clima, y estará en la próxima COP de Brasil de 2025,
donde representará los intereses del continente africano, uno de los más
afectados por la crisis climática pese a haber contribuido muy poco en su
creación. El experto, cargado de datos, desmonta algunos de los tópicos más
consolidados sobre África como, por ejemplo, que China se ha apoderado del
continente: “China es un socio importante, seguramente el país que tiene más comercio
con África, pero si tienes en cuenta la Unión Europea, es más importante que
China en todas las métricas”, explica a El Salto.
Críticas a la Unión Europea y a la falta de unidad africana
En su faceta de negociador, Lopes pudo ver desde primera fila
algunos de los problemas a la hora de negociar entre ambos bloques. Por la
parte africana, Lopes pretendía conseguir que África negociara como un bloque
continental único, alejándose de la habitual división entre el norte de África
y la llamada África subsahariana, o de la asociación de los países africanos
con aquellos del Caribe y el Pacífico. En esa intención encontró reticencias
entre los propios países africanos: “Muchos liderazgos africanos no tienen una
legitimidad que les deje tranquilos del todo, o tienen una contestación a esa
legitimidad. El reconocimiento internacional, la atención en una conferencia o
conseguir un trato distinto es una forma de capital político que se utiliza en
sus países”, afirma Lopes. Es por ese motivo que algunos prefieren romper la
unidad africana como una forma de legitimación adicional ante sus propios
pueblos. En forma, por ejemplo, de un acuerdo de libre comercio que permita que
sus productos entren en el mercado europeo, tal y como hizo Kenia.
Por parte de la Comisión Europea, Lopes cuenta que la UE
nunca ha tenido una verdadera voluntad de negociar: “Ellos llegaron con una
estrategia de Europa para África y querían confirmar la aceptación de los
africanos de esta estrategia”, lamenta. Los principales bloques de negociación
entre 2018 y 2023 fueron cuatro: paz y seguridad; clima; migraciones; y
comercio. En el comercio, la Comisión Europea quería negociar el mantenimiento
y la renovación de los acuerdos bilaterales entre países y la Unión Europea
(EPA, Economic Partnership Agreement), o entre agrupaciones
regionales africanas y la UE. En el resto, también proponía la adhesión a
tratados existentes o de iniciativas puestas en marcha de forma unilateral por
la Unión Europea.
Lopes, en su rol como negociador, insistió en hablar de
industrialización y transformación de las economías africanas, atrapadas en un
patrón comercial desde los tiempos coloniales: venta de materias primas sin
procesar y compra de productos manufacturados. Un dato expuesto en The
Self-Deception trap expone la urgencia de esta industrialización:
durante los próximos 20 años, los países africanos necesitarán crear 12
millones de empleos cada año para absorber a las personas que entran cada año
en el mercado de trabajo. Ante esta situación, el experto deja una frase
lapidaria sobre las conversaciones con los europeos: “Cuando se habla de
industrialización, es como si se hablara de la luna. Se dice que no hay
condiciones, que no hay infraestructura. No se invierte en infraestructura…
pero China sí que lo hace”.
El reto de la financiación y la trampa de la ayuda al
desarrollo
En su relación con África, Lopes considera que la Comisión
Europea tiende a una visión que fluctúa entre el catastrofismo y la caridad.
Este enfoque tiene consecuencias cuando los países africanos intentan conseguir
financiación, ya que una mala valoración de las agencias de rating hace
que un país pague millones de dólares extra en intereses de la deuda.
Las carencias estructurales se compensan con ayuda
internacional, cada vez más escasa y muchas veces acompañada de contrapartidas.
Lopes alude a las raíces cristianas de Europa cuando habla de la ayuda al
desarrollo: “Hay una compensación al pobre para que tenga un hogar o alimento,
pero eso no transforma la vida del pobre”, critica. Y añade que el secreto está
en la financiación: “Las economías africanas son las que tienen menos
financiación, históricamente hablando, y además pagan un interés que es el más
alto del mundo”.
Según los datos del
Banco Mundial, entre 2024 y 2026, África pagará de media más de 100.000
millones de dólares anuales en servicio de la deuda; el 46% de esa cifra, a
bancos y fondos de inversión. Esta salida, unida a los flujos ilícitos de
capital –estimados en 89.000 millones de dólares anuales según la
UNCTAD– genera pérdidas que la ayuda al desarrollo no consigue compensar.
La impaciencia de la Generación Z
Mientras no llegan la industrialización o las soluciones
estructurales al continente, miles de jóvenes han salido a protestar durante
los últimos meses en Marruecos, Togo o Kenia. En este último país, los jóvenes
kenianos se han manifestado de forma periódica contra las políticas económicas
del gobierno liderado por William Ruto, atrapado entre las presiones de la
deuda y las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esta
institución recomienda subidas de impuestos que la juventud keniana, afectada
por la inflación alimentaria, se resiste a aceptar. La última ronda de
protestas en julio se
saldó con 31 muertos tras la represión policial.
En Marruecos, hace semanas que los más jóvenes salen a las
calles para protestar contra la corrupción del gobierno y para pedir mejoras en
materia de sanidad y educación. El detonante fue la muerte, a principios del
mes, de nueve mujeres en el hospital de Agadir, algo que, sumado a la
frustración por la falta de oportunidades y el estancamiento económico de las
clases populares del país, ha desatado una oleada de protestas.
A mediados de octubre, los disturbios en Madagascar acabaron
con el ejército tomando el poder en un golpe militar. En los tres países, los
pagos de deuda se han convertido en la gota que ha colmado el vaso: el aumento
de pagos en 2023 y 2024 ha tensionado las finanzas públicas de estas tres
sociedades. Se trata de cuestiones estructurales de las que ya había advertido
Lopes en este libro que él reconoce que nace de “una frustración, de no poder
hacer un cambio que me parece absolutamente necesario”. El telón de fondo de
este libro son las calles de varios países africanos que piden soluciones
nuevas a problemas antiguos; y millones de jóvenes que no están dispuestos a
esperar mucho más.
Fuente: El Salto. Foto: Heinrich-Böll-Stiftung.