Tras la ruptura de los históricos vínculos existentes entre
las Fuerzas Armadas de Venezuela y Estados Unidos, se optó por migrar el modelo
militar venezolano hacia el ruso y el chino. Un análisis de Ramón Cardozo*.
Desde el primer momento que
asumió la presidencia de Venezuela,
en 1999, Hugo Chávez, para
quien la política se reducía a confrontación y lucha, estableció
como una de sus principales líneas estratégicas de gobierno fortalecer el poder militar en Venezuela.
Ello condujo, entre otras
cosas, a la ruptura de los históricos vínculos existentes entre las
Fuerzas Armadas de Venezuela y Estados Unidos. En efecto, más por razones de
ideología política que por consideraciones técnicas, Chávez optó por migrar el
modelo militar venezolano hacia el ruso y el chino.
Esta decisión, más allá del ámbito
de lo militar, marcó el futuro de la política venezolana, porque, como bien
señala el investigador Román Ortiz, profesor del William J. Perry Center,
"las ventas de armamento son vías privilegiadas para forjar relaciones
sobre las que construir alianzas y delimitar áreas de influencia”.
El regreso de Rusia a América Latina en el siglo XXI
Hacia finales de la década de los
90 y principios del siglo XXI, luego de transcurrida casi una década de
finalizada la Guerra Fría y de la desintegración de la Unión Soviética, Rusia
volvió a colocar sus ojos sobre América Latina.
El retorno del interés del Kremlin por
la región tomó impulso con la llegada de Putin al poder y se vio favorecido por
la recuperación de la capacidad económica de la Federación Rusa y por la marea
rosa que se produjo en Latinoamérica a partir de la primera década del siglo
XXI.
Este interés ruso por restablecer y
fortalecer sus lazos con América Latina, además de abrirle nuevas oportunidades
a sus principales industrias (militar, gas, petróleo, nuclear), tenía como
objetivo geopolítico ulterior afirmar el papel de Rusia como potencia global
dentro del escenario internacional. Con esta estrategia, Rusia buscó establecer
puntos de apoyo en el hemisferio occidental para así desafiar un orden mundial
que, desde el Kremlin, se percibía sesgado en favor de los intereses
estadounidenses.
Despliegue selectivo y con
distintas intensidades
El despliegue de las relaciones de
la Federación Rusa en la región se ha desarrollado de forma geográficamente
selectiva y ha experimentado a lo largo del tiempo variación en su intensidad,
tal como lo señala la profesora Mónika Szente-Varga en su artículo "The
Footprints of the Bear. Why does
the Return of Russia to Latin America Matter?” (29.11.2022).
El foco de la atención de Rusia en
América Latina se ha concentrado en: a) Países que fueron aliados tradicionales
de la antigua Unión Soviética: Cuba y Nicaragua; b) Países con gobiernos con
una postura antiestadounidense: Venezuela (Chávez y Maduro), Bolivia (Evo
Morales y Luis Arce), Ecuador (Rafael Correa 2007–2017); y, c) Países con
importancia comercial, visibilidad e influencia internacional relativamente
alta: Brasil, Argentina y México.
El espectro de estas relaciones ha
sido variado y ha comprendido: venta de armas, inversiones en
energía, transferencia de tecnología nuclear, relaciones comerciales
y culturales, y demostraciones políticas de poder naval y aéreo de alto
nivel.
Entre el 2000 y el 2019, la
facturación comercial de Rusia con América Latina pasó de $ 5,6 mil millones a
$ 14,1 mil millones. Cabe advertir, sin embargo, que estos montos de
intercambio son modestos si se comparan con las relaciones comerciales de
EE.UU. o de China con la región.
Estrategia desapercibida hasta 2008
Durante buena parte de la primera
década del siglo XXI, el desarrollo de la estrategia rusa pasó relativamente
desapercibido por la variedad y alcance limitado de estas nuevas relaciones,
los antiguos lazos que existían entre Rusia y Latinoamérica, así como por la
reducida atención y consiguiente pérdida de influencia política que en la
región venían teniendo los Estados Unidos en esos años.
A partir del 2008, con motivo de la
guerra ruso-georgiana y el empeoramiento de las relaciones entre USA y Rusia,
esta estrategia comenzó a ser observada y estudiada con mayor atención por
parte de sectores académicos y políticos de occidente. Esta estrategia siguió
siendo analizada con mayor preocupación aún luego de la anexión por parte de
Rusia de la península de Crimea en 2014 y de la invasión a Ucrania en 2022.
En el referido artículo de
Szente-Varga, la profesora de la Universidad Nacional de Servicio Público
de Hungría, ha encontrado una estrecha correspondencia temporal entre las
acciones militares rusas en Georgia (2008), Crimea (2014) y Ucrania (2022), y
los momentos en los cuales se han intensificado los contactos políticos y
militares de Rusia con varias de sus contrapartes latinoamericanas.
Acciones graves y peligrosas,
pero de alcance limitado
Para el profesor investigador Evan
Ellis, del Instituto de Estudios Estratégicos del Colegio de Guerra del
Ejército de EE. UU., la estrategia rusa hacia Latinoamérica está dirigida a
impactar las relaciones de poder entre Rusia y EE. UU.
En su testimonio del 20 de julio de
2022 ante el Subcomité de Asuntos Exteriores del Hemisferio Occidental de la
Cámara de Representantes norteamericana, Ellis declaró: "A corto plazo,
las acciones de Rusia en el Hemisferio Occidental, en connivencia con los
estados autoritarios antiestadounidenses [Venezuela, Nicaragua y
Cuba], si bien son graves y peligrosas, también tienen un alcance limitado.
Parecen diseñadas principalmente para intimidar a los EE. UU. y compensar el
aislamiento político y económico internacional de Rusia provocado por su
invasión no provocada de Ucrania”.
Competencia entre superpotencias
En similar dirección se pronunció la
"Estrategia de Seguridad Nacional del Gobierno
Biden-Harris” publicada en octubre de 2022. Allí se
sostiene que, finalizada la era posterior a la Guerra Fría, actualmente existe una competencia entre superpotencias para dar forma
al mundo que está por venir.
En este contexto, señala el
documento, el desafío estratégico más apremiante que enfrenta la visión
norteamericana "proviene de los poderes que superponen un gobierno
autoritario con una política exterior revisionista”.
El documento señala de manera
directa a China y a Rusia como potencias que buscan "rehacer el orden
internacional para crear un mundo propicio para su tipo de autocracia altamente
personalizada y represiva”. Respecto a las intervenciones de esas
superpotencias en el continente americano, la Estrategia Nacional 2022 advierte
que, siendo el hemisferio occidental la región que mayor impacto directo ejerce
sobre los Estados Unidos, ellos lo protegerán "frente a injerencias o
coacciones externas, incluidas las de la República Popular China, Rusia o
Irán”.
Venezuela, puerta de entrada de
Rusia a Sur América
Venezuela, Nicaragua y Cuba son los
aliados geopolíticos más cercanos que tiene Rusia en Latinoamérica. Venezuela
representa para Rusia un socio atractivo por sus recursos naturales, por ser
una puerta de entrada privilegiada a Sur América y por estar bajo un régimen
político autoritario que comparte su discurso sobre el declive de Occidente, a
favor de la multipolaridad y en contra de los Estados Unidos.
Desde el punto de vista de Venezuela,
tanto Chávez como Maduro encontraron en la Rusia de Putin respaldo
internacional de tipo político, diplomático y militar para el sostenimiento del
régimen autocrático chavista. Rusia además le ha servido a Maduro como vehículo
para sortear parte de los efectos de las sanciones que le han sido impuestas
por Estados Unidos y Europa.
Acuerdos de amplio espectro
Entre 2001 y 2022, Rusia y
Venezuela han firmado más de 326 acuerdos bilaterales. Los últimos 11 se
firmaron en diciembre de 2022. Estos acuerdos abarcan un amplio espectro:
Defensa, Minería, Agroindustria, Automotriz, Hidrocarburos, Farmacéutico,
Energía nuclear, Servicios Financieros, Electricidad, Vivienda y Turismo.
La ONG Vendata ha contabilizado 28
acuerdos vinculados a la materia militar. Sin embargo, dada la política de
opacidad de las instituciones gubernamentales venezolanas, se desconoce el
alcance real y el nivel de los compromisos involucrados en esta alianza
bilateral. Esta situación se ha tornado especialmente grave en lo relativo al
área de defensa, después que la Asamblea Nacional venezolana sancionara en
el 2009 una ley para mantener la confidencialidad de la cooperación
técnico-militar bilateral entre Rusia y Venezuela.
Venezuela, un tránsito de modelo
militar muy costoso y con poco éxito
A pesar de la poca transparencia
del Gobierno venezolano, investigadores independientes y organizaciones como el
Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI),
han ido recolectando información suficiente para permitir tener una idea
aproximada del volumen de la relación militar entre Rusia y Venezuela.
Román Ortiz, profesor del William
J. Perry Center, en su estudio "Transferencias de Armamento y Competencia
de Grandes Potencias en América Latina” (2023), señala que "de los 4,156
millones de TIVs (Trend-indicator value) vendidos por Moscú [a Latinoamérica]
en el periodo 2007-2016, Caracas fue el destino de 3,498 millones de TIVs. En
otras palabras, el 84.16 por ciento de las transferencias de armamento
rusas durante esa etapa fueron compradas por Venezuela”.
Estas adquisiciones incluyen, entre
otros elementos: fusiles de asalto, helicópteros de ataque, aviones de combate,
tanques, sistema de radar móvil, sistemas de vuelo simulado, vehículos
blindados y artillería autopropulsada.
Capacidad operativa
Sin embargo, para la
internacionalista Adriana Boersner-Herrera, profesora de la Universidad de
Carolina del Sur, existen muchas dudas sobre la eficiencia de este inmenso
gasto militar, las cuales no han podido ser despejadas por la falta de
transparencia y control que existe en Venezuela.
Por ejemplo, "para 2009,
Venezuela debería haber tenido una fábrica de rifles, municiones rusas, un
centro de entrenamiento de pilotos de helicópteros y un centro de
mantenimiento. En estos proyectos se invirtieron más de 800 millones de
dólares. Sin embargo, hoy Venezuela solo cuenta con un centro de formación. Los
otros tres proyectos, nunca se completaron”.
Román Ortiz, por su parte, pone en
entredicho la actual capacidad operativa de las Fuerzas Armadas venezolanas:
"A pesar de la apuesta del Gobierno de Caracas por romper sus vínculos con
Estados Unidos y la inversión de una cantidad abrumadora de recursos, las
Fuerzas Armadas de Venezuela no fueron capaces de completar con éxito el
tránsito desde un modelo militar con equipo y doctrina occidentales a uno
"bolivariano” que amalgamase la experiencia militar cubana y la masiva
inyección de equipo ruso y chino. De hecho, las actuales capacidades militares
de la Venezuela bolivariana son una sombra de aquellas con las que contaba el
régimen democrático que le antecedió.”
Fuerzas Armadas, dependientes de la
tecnología rusa
Ahora bien, eficiente o no el nuevo
modelo militar venezolano, lo que es un hecho innegable es que actualmente las
Fuerzas Armadas venezolanas se encuentra totalmente dependientes de la
tecnología militar rusa.
Como afirma Ortiz, "la compra
de un sistema de armas por parte de las fuerzas armadas de un país crea
vínculos profundos y duraderos con el fabricante del sistema de armas. El
receptor está obligado a absorber en alguna medida la doctrina de uso del
equipo desarrollada por el proveedor, y queda encadenado a este por las
necesidades de mantenimiento del sistema”.
Por ello, tal como lo sostiene el
internacionalista Carlos Romero, profesor de la Universidad Central de
Venezuela, es muy probable que "en un futuro cercano las relaciones
militares entre ambos países seguirán desarrollándose con la intensión de
producir un mayor acoplamiento de sus componentes militares, aunque estimo
que el énfasis se orientará más hacia lo tecnológico, como, por ejemplo, a
utilizar al territorio venezolano como plataforma para estaciones terrestres
del Sistema Global de Navegación por Satélite ruso (GLONASS)”.
Graves implicaciones
Este desarrollo futuro, opina
Boersner-Herrera, tendría que superar las graves dificultades económicas por
las que atraviesa Venezuela, y las restricciones a las cuales se encuentra
sometida la infraestructura industrial rusa a consecuencia de la guerra en
Ucrania y de las sanciones que pesan sobre la Federación Rusa.
Para el presente y futuro de
Venezuela, esta estrecha relación político-militar con Rusia tiene graves
implicaciones. Hacia lo externo, sigue empujando de manera progresiva a
Venezuela dentro de la órbita de influencia rusa, con lo cual la política
exterior y de seguridad venezolana se viene imbricando cada vez más con los
intereses geoestratégicos rusos y su creciente confrontación con los Estados
Unidos y con Occidente, tal como se ha podido constatar en las posiciones
pro-rusas que ha asumido Venezuela respecto a la guerra en Ucrania. Esto ha
ocurrido a pesar de los esfuerzos de distensión que la administración Biden ha
hecho hacia el régimen de Maduro. (ms)
Tomado de DW / Alemania.
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responsabilidad del autor o de las fuentes que cita.
