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02 septiembre, 2021

Josephine Baker (1906-1975), al Panteón de París

 

«La mujer más sensacional que nadie haya visto»

 Hemingway

 Josephine Baker nació en St. Louis, Missouri. Desafiar el sino de la pobreza fue el primer sentido de su vida. Confió en sus fuerzas y disposiciones artísticas. Nada la hacía más feliz que bailar, a lo que añadió cantar y entretener. La calle fue su primer escenario. Mas su talento se haría cargo del resto. Un día de 1925 aterrizó en París, que no había hecho parte de sus cálculos. Poco le bastó para ser arte y parte de la fascinación parisiense por la negritud de los años veinte. Hasta llegar a ser la primera estrella internacional negra, musa de los artistas cubistas y reina del entretenimiento de la Ciudad de la Luz. ¡Que es mucho decir! En su gloria, sin embargo, no olvidó a sus hermanos, a los afroamericanos sin derechos. Y pugnó por ellos. Llegado el momento, asumió su parte en la Resistencia francesa. Espió a su favor. Ayudó cuanto pudo con riesgo de su vida. Hoy, su segunda patria, agradecida, decide llevar sus restos al Panteón, junto a los grandes de Francia. 

Por Orlando Arciniegas*

Joséphine Baker es el imantado nombre artístico de quien fuera al nacer Freda Josephine McDonald, hija de Carrie McDonald y, formalmente, de Eddie Carson, ambos artistas en salas de baile en el área de San Luis, Misuri, Estados Unidos. Joséphine nació allí mismo, el 3 de junio de 1906, en el seno de una unión inestable. Carrie, negra y pobre, hubo de trabajar en casas de familia. Y Josephine, desde los ocho años, alternó sus primeras letras con trabajos de sirviente y cuidados de niños, siempre bajo el alerta de «asegúrate de no besar al bebé». Carter era un baterista de vodevil, que, por lo que se conoce, dejó a su familia a poco de la niña nacer. La madre se casó nuevamente con el buen Arthur Martin ‒«hombre amable pero perpetuamente desempleado» con quien tuvo otros hijos. De Carter se volvió a saber porque cuando murió en San Luis, el 30 de agosto de 1965, a la edad de 79, en el obituario se apuntó como el «padre de la animadora Josephine Baker».  

A Joséphine le tocó en su infancia pasar por situaciones brutales. Aquel fue un período de fuertes tensiones sociales, a causa de las migraciones de negros del sur al norte que buscaban empleos en el sector industrial de Missouri e Illinois. Lo cual era resistido por los blancos. A los once años hubo de presenciar la «Masacre de San Luis» Bloodbath of East Saint Louis, ocurrida entre fines de junio y principios de julio de 1917, cuando centenares de pobladores negros fueron asesinados, sus casas incendiadas y más de 6.000 de ellos expulsados de la ciudad. Josephine y su madre se libraron de esto, pero no así, amigos y parientes cercanos, a quienes vieron sufrir y morir. 

Por otra parte, ella misma no escapó del maltrato, los abusos y las malas condiciones de vida que le daban los dueños de la casa donde su madre trabajaba debía dormir en un sótano, y en una caja de madera, junto a un perro lisiado de tres patas. Esto la obligó a cambiar de empleo, incluso a vivir en la calle. Lugar en el que, como fuera debió sobrevivir. En la calle comenzó a valerse de sus habilidades artísticas. Cuando tenía 13 años consiguió trabajo como camarera en The Old Chauffeur's Club, donde conoció al músico Willie Wells, con quien se casó en 1919. Pero la relación duró apenas meses y, al final, se divorció. Si bien era inusual entonces, Josephine dio muestras de no querer depender de un hombre. Por tanto, nunca dudó en largarse cuando una relación se agriaba.

En su vida se casaría y apartaría otras tantas veces: con el guitarrista de blues, Willie Baker en 1921, cuya unión fue igualmente breve. Otra de sus bodas, ya en París, fue con el industrial Jean Lion, en 1937, que era judío; entonces adoptó la ciudadanía francesa dejando la estadounidense, pero todo acabó en 1940. El último de sus esposos fue el músico y director de orquesta francés Jo Bouillon (1908-1984) en 1947. Con él, adelantó su carrera, compró el Chäteau des Milandes de Dordoña y compartió la adopción de niños de distintos orígenes. Se separaron en 1957 y, en 1961, se divorciaron. Aparte de estas uniones formales se cuentan las muchas otras, tenidas con hombres y mujeres, pues era, confesamente, bisexual y libidinosa.

«No soy inmoral dijo una vez, solo soy natural». Y en otra ocasión, respondió: «He estado casada cientos de veces, porque cada hombre que he amado ha sido mi marido». Entre sus relaciones lésbicas, se cuentan algunas tempranas, como la que pudo haber tenido con Clara Smith, una diva del blues, que dice haber sido su mentora cuando Josephine tenía apenas trece años, y haberle dado el trabajo de vestidora en su compañía de giras. Más clara está su relación con Ada ‘Bricktop’ Smith, bailarina, cantante de jazz y vodevil, dueña de un club nocturno en París, el Chez Bricktop, entre los años de 1920 y 1961. Otro amor conocido fue el que tuvo con la actriz, escritora y periodista Gabrielle Colette, considerada en su tiempo como la más grande escritora de Francia que al morir en 1954 recibió un funeral de Estado.

Aun en medio de penurias y adversidades, Joséphine era consciente de sus atributos  artísticos. En un primer tiempo, su gracia especial fue la danza. Tanto que, desde que le dieron la oportunidad de bailar en público, no dejó los escenarios. A los catorce años da inició a su vida artística profesional: bailaba en la calle y lo combinaba con actuaciones en algunos clubes, ganando $10 por semana. En 1919, a sus 16, se va en gira por Estados Unidos con la Jones Family Band y los Dixie Steppers, interpretando parodias cómicas con las que se abriría paso en la actuación. Con casi 16 años de edad en 1921, deja a su segundo marido, del que conservaría el apellido. Entonces quiere probar suerte en Nueva York. Una vez allí, la Baker no pierde tiempo y toca la puerta en lo más alto, el Music Hall de Broadway, de la calle 63 el Radio City Music Hall es el teatro más influyente de Estados Unidos.

Del Music Hall recibe varias negativas, hasta que se le ofrece un papel breve. Estaría en el coro de Shuffle Along, la mítica comedia musical que integraba tanto la danza afroamericana como el jazz, tras el reestreno innovador en Broadway del 23 de mayo de 1921, en el que se convertiría en el primer musical de «solo artistas negros en Broadway». Algo inédito. Lo cual se explica por el desarrollo y la aceptación de las distintas formas de la cultura negra en Harlem, iniciado en la década de 1910 y continuado en las subsiguientes de 1920 y de 1930. Un fenómeno que ha sido llamado el «Renacimiento de Harlem». Una forma de denominar el florecimiento casi un estallido de la música, la literatura, el espectáculo y los clubes nocturnos de jazz, que fue más patente a principios de la década de 1920.

Una moda que se extendió a Manhattan, primero al cabaret de Lew Leslie llamado The Plantation Club, en 1922, y luego en 1924, al Club Alabam en Nueva York.  Leslie, escritor y productor, era hijo de inmigrantes judíos rusos, y había comenzado su carrera en el vodevil. A poco, sería el principal presentador en Broadway del entretenimiento afroamericano en la década de 1920. De sobrada fama fueron sus montajes teatrales en The Cotton Club y, más tarde, sus vivaces musicales Blackbirds Lew Leslie’s Blackbirdsque organizó por varios años a partir de 1926; el de 1928, que protagonizaran los artistas negros: Adelaide Hall, Bill Robinson, Tim Moore y Aida Ward, resultó ser el de mayor esplendor, por lo que permaneció más de un año en Broadway. El espectáculo con todas las entradas agotadas sería luego trasladado al Moulin Rouge de París, donde se mantuvo por tres meses antes de regresar a EE.UU.  

Al tiempo que esto ocurría en Nueva York, empresarios blancos y artistas negros americanos en tropa se afincaban en el insomne París, estableciendo con brillo un comparable «Harlem en Montmartre». El jazz, un producto del melting pot del sur de los Estados Unidos, y más que todo de Luisiana, cuyo origen se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, se haría sentir, de modo particular, en aquella irrupción de negritud que había seducido a París en los años veinte. Por algo Miles Davies diría: Para mí, ‘jazz’ significa ‘negro’. Y Scott Fitzgerald, desde la Riviera francesa, calificaría a la década de 1920, como la «era del jazz».

Después de dos años de gira de Shuffle Along, la Baker se une a la comedia musical The Chocolate Dandies en 1924. De ahí se marcha a trabajar en The Plantation Club, donde traba una estrecha relación con Caroline D. Reagan, empresaria y esposa del agregado comercial de EE.UU. en Francia, Donald J. Reagan. Este, en conocimiento de lo que está ocurriendo en París y del potencial artístico de la chica de San Luis, le propone un sueldo de $250 por semana en París, donde Reagan concibe montar un espectáculo especial. Esto, visto en la distancia, sería el inicio de su estrellato. Como se podrá ver. 

 

 

El París de los locos años veinte

En 1925, en la cima de la obsesión en Francia por el jazz estadounidense y todo lo que fuere exótico y primitivo donde cuenta el gusto de los modernistas por el «arte negro»‒, una bailarina sin fama, la Baker, de solo 19 años, viaja a París con la productora Caroline Reagan y la tropa de artistas negros‒, para actuar en el Théâtre des Champs-Elysées, en La Revue Nègre, una revista de variedades, en el que se dejaría sentir un «jazz caliente» que serviría de marco al trepidante y desinhibido baile de Josephine Baker. Espectáculo este, que parece haberse añadido a la escenografía neoyorquina a petición de los dueños del Music-hall, por falta de espectadores… pero que fue calificado como sensacional aquel mismo 2 de octubre de 1925, cuando ella, junto a Joe Alex, su pareja de baile, interpretó la Danse Sauvage, vestida solo con una falda de plumas.

Y fue en la Ciudad de la Luz, que, la más parisina de todos los viajeros americanos, salió a probar suerte. Lejos de su San Luis y de su propio país, donde, antes la pobreza y, luego, la discriminación, habían sido muros para hacer libremente aquello para lo que ella creía que había venido al mundo, y que la hacía feliz: bailar, cantar, entretener, hacer soñar y reír. La ciudad, que no había estado antes en sus cálculos,  y a la que llegó perpleja un día provinciana como era, pero movida por las ganas de aventurar. La ciudad liberal que, a su modo, supo considerar la libertad de su desnudez, el balanceo de sus caderas, las muecas, la sonrisa, el bizquear y su peinado corto, como expresiones de una mujer emancipada, encantada de divertir y divertirse, dueña de sí, y gustosa de sumarse a la fiesta de los locos años veinte.

Tras algunas giras, en 1926 vendrían las actuaciones de Baker en el Folies Bergère, el mítico cabaret-teatro de variedades, en el 32 de la Rue Richer. El que fue antes un teatro de ópera, reformó su modo de ser en 1872. Una idea entonces de Edouard Marchand quien incorpora el music hall, una forma de espectáculo que mezcla la canción popular, comedia y baile, muy similar al vodevil estadounidense y la revista española que tiene actos cómicos. Paul Derval, su director, desde 1918 y por casi 50 años, quiso agregar a sus revistas nuevos «delirios»: disfraces, efectos extravagantes, decorados,  y lo que sería el sello distintivo de sus revistas musicales, «pequeñas mujeres desnudas». Cabe señalar que a Derval se atribuye, durante su larga presencia en el Folies, el lanzamiento de las carreras de Maurice Chevalier, Mistinguett Miss Music Hall‒, Josephine Baker y muchos otros.

 

La revista de estreno de Josephine Baker en el Folies Bergère se llamó Folie du jour Delirio del día‒. Y en ella la incombustible bailarina usó un disfraz que consistía solo en una falda hecha de una cuerda de la que pendían plátanos artificiales y un poco más. Con lo cual se acentuaba su desnudez, su sensualidad y su capacidad de poner en juego las fantasías sexuales de su público, mayoritariamente blanco. Se sabe que fue Jean Cocteau, poeta, artista y escritor, quien diseñara la «falda de las bananas». El baile fue frenético y sensual. Apoteósico. Del escándalo se pasaba a la adoración: nacía una nueva estrella y París se rendía ante el exotismo de la recién bautizada Perla Negra. Baker pasó a ser la bailarina más reconocida y mejor pagada en toda Europa, recibiendo la admiración pública, entre otros, de figuras como Picasso, Hemingway e incluso del gran poeta estadounidense, EE Cummings, un enamorado y constante visitante de París.

 

*Doctor en historia