«La mujer más
sensacional que nadie haya visto»
Hemingway
Por Orlando Arciniegas*
Joséphine Baker es el imantado nombre artístico de quien fuera al nacer Freda Josephine McDonald, hija de Carrie McDonald y, formalmente, de Eddie Carson, ambos artistas en salas de baile en el área de San Luis, Misuri, Estados Unidos. Joséphine nació allí mismo, el 3 de junio de 1906, en el seno de una unión inestable. Carrie, negra y pobre, hubo de trabajar en casas de familia. Y Josephine, desde los ocho años, alternó sus primeras letras con trabajos de sirviente y cuidados de niños, siempre bajo el alerta de «asegúrate de no besar al bebé». Carter era un baterista de vodevil, que, por lo que se conoce, dejó a su familia a poco de la niña nacer. La madre se casó nuevamente con el buen Arthur Martin ‒«hombre amable pero perpetuamente desempleado»‒ con quien tuvo otros hijos. De Carter se volvió a saber porque cuando murió en San Luis, el 30 de agosto de 1965, a la edad de 79, en el obituario se apuntó como el «padre de la animadora Josephine Baker».
A Joséphine le tocó en
su infancia pasar por situaciones brutales. Aquel fue un período de fuertes
tensiones sociales, a causa de las migraciones de negros del sur al norte que
buscaban empleos en el sector industrial de Missouri e Illinois. Lo cual era
resistido por los blancos. A los once años hubo de presenciar la «Masacre de
San Luis» ‒Bloodbath of
East Saint Louis‒, ocurrida entre
fines de junio y principios de julio de 1917, cuando centenares de
pobladores negros fueron asesinados, sus casas incendiadas y más de 6.000 de
ellos expulsados de la ciudad. Josephine y su madre se libraron de esto, pero
no así, amigos y parientes cercanos, a quienes vieron sufrir y morir.
Por otra parte, ella
misma no escapó del maltrato, los abusos y las malas condiciones de vida que le
daban los dueños de la casa donde su madre trabajaba ‒debía dormir en un sótano, y en una caja de madera, junto
a un perro lisiado de tres patas‒. Esto la obligó a cambiar de empleo, incluso a vivir en la
calle. Lugar en el que, como fuera debió sobrevivir. En la calle comenzó a
valerse de sus habilidades artísticas. Cuando tenía 13 años consiguió trabajo
como camarera en The Old Chauffeur's Club, donde conoció al
músico Willie Wells, con quien se casó en 1919. Pero la relación duró apenas
meses y, al final, se divorció. Si bien era inusual entonces, Josephine dio
muestras de no querer depender de un hombre. Por tanto, nunca dudó en largarse cuando
una relación se agriaba.
En su vida se
casaría y apartaría otras tantas veces: con el guitarrista de blues, Willie
Baker en 1921, cuya unión fue igualmente breve. Otra de sus bodas,
ya en París, fue con el industrial Jean Lion, en 1937, que era judío; entonces
adoptó la ciudadanía francesa ‒dejando la estadounidense‒, pero todo acabó en 1940. El último de sus esposos fue el
músico y director de orquesta francés Jo Bouillon (1908-1984) en 1947. Con él,
adelantó su carrera, compró el Chäteau
des Milandes de Dordoña y compartió la adopción de niños de distintos
orígenes. Se separaron en 1957 y, en 1961, se divorciaron. Aparte de estas
uniones formales se cuentan las muchas otras, tenidas con hombres y mujeres,
pues era, confesamente, bisexual y libidinosa.
«No soy inmoral ‒dijo una vez‒, solo soy natural».
Y en otra ocasión, respondió: «He estado casada cientos de veces, porque cada
hombre que he amado ha sido mi marido». Entre sus relaciones lésbicas, se
cuentan algunas tempranas, como la que pudo haber tenido con Clara Smith, una
diva del blues, que dice haber sido su mentora cuando Josephine tenía apenas
trece años, y haberle dado el trabajo de vestidora en su compañía de giras. Más
clara está su relación con Ada ‘Bricktop’ Smith, bailarina, cantante de jazz y
vodevil, dueña de un club nocturno en París, el Chez Bricktop, entre los años de 1920 y 1961. Otro amor conocido
fue el que tuvo con la actriz, escritora y periodista ‒Gabrielle‒ Colette,
considerada en su tiempo como la más grande escritora de Francia ‒que al morir en 1954 recibió un funeral de Estado‒.
Aun en medio de penurias y
adversidades, Joséphine era consciente de sus atributos artísticos. En un primer tiempo, su gracia
especial fue la danza. Tanto que, desde que le dieron la oportunidad de bailar en
público, no dejó los escenarios. A los catorce años da inició a su vida
artística profesional: bailaba en la calle y lo combinaba con actuaciones en
algunos clubes, ganando $10 por semana. En 1919, a sus 16, se va en gira por Estados
Unidos con la Jones Family Band y los
Dixie Steppers, interpretando
parodias cómicas con las que se abriría paso en la actuación. Con casi 16 años
de edad ‒en 1921‒, deja a su segundo marido, del que conservaría
el apellido. Entonces quiere probar suerte en Nueva York. Una vez allí, la
Baker no pierde tiempo y toca la puerta en lo más alto, el Music Hall de Broadway, de la calle 63 ‒el Radio
City Music Hall es el teatro más influyente de Estados Unidos‒.
Del Music Hall recibe varias negativas,
hasta que se le ofrece un papel breve. Estaría en el coro de Shuffle Along, la mítica comedia musical
que integraba tanto la danza afroamericana como el jazz, tras el reestreno
innovador en Broadway del 23 de mayo de 1921, en el que se convertiría en el
primer musical de «solo artistas negros en Broadway». Algo inédito. Lo cual se
explica por el desarrollo y la aceptación de las distintas formas de la cultura
negra en Harlem, iniciado en la década de 1910 y continuado en las subsiguientes
de 1920 y de 1930. Un fenómeno que ha sido llamado el «Renacimiento de Harlem».
Una forma de denominar el florecimiento ‒casi un estallido‒ de la música, la literatura, el espectáculo y los clubes
nocturnos de jazz, que fue más patente a principios de la década de 1920.
Una moda que se
extendió a Manhattan, primero al cabaret de Lew Leslie llamado The Plantation Club, en 1922, y luego en
1924, al Club Alabam en Nueva York. Leslie,
escritor y productor, era hijo de inmigrantes judíos rusos, y había comenzado
su carrera en el vodevil. A poco, sería el principal presentador en Broadway
del entretenimiento afroamericano en la década de 1920. De sobrada fama fueron
sus montajes teatrales en The Cotton Club
y, más tarde, sus vivaces musicales Blackbirds
‒Lew Leslie’s
Blackbirds‒ que organizó por
varios años a partir de 1926; el de 1928, que protagonizaran los artistas
negros: Adelaide Hall, Bill Robinson, Tim Moore y Aida Ward, resultó ser el de
mayor esplendor, por lo que permaneció más de un año en Broadway. El
espectáculo con todas las entradas agotadas sería luego trasladado al Moulin Rouge de París, donde se mantuvo
por tres meses antes de regresar a EE.UU.
Al tiempo que esto
ocurría en Nueva York, empresarios blancos y artistas negros americanos en
tropa se afincaban en el insomne París, estableciendo con brillo un comparable
«Harlem en Montmartre». El jazz, un producto del melting pot del sur de los Estados Unidos, y más que todo de
Luisiana, cuyo origen se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, se haría
sentir, de modo particular, en aquella irrupción de negritud que había seducido
a París en los años veinte. Por algo Miles Davies diría: Para mí, ‘jazz’ significa
‘negro’. Y Scott Fitzgerald, desde la Riviera francesa, calificaría a la década
de 1920, como la «era del jazz».
Después de dos
años de gira de Shuffle Along, la
Baker se une a la comedia musical The
Chocolate Dandies en 1924. De ahí se marcha a trabajar en The Plantation Club, donde traba una
estrecha relación con Caroline D. Reagan, empresaria y esposa del agregado
comercial de EE.UU. en Francia, Donald J. Reagan. Este, en conocimiento de lo
que está ocurriendo en París y del potencial artístico de la chica de San Luis,
le propone un sueldo de $250 por semana en París, donde Reagan concibe montar
un espectáculo especial. Esto, visto en la distancia, sería el inicio de su
estrellato. Como se podrá ver.
El
París de los locos años veinte
En 1925, en la
cima de la obsesión en Francia por el jazz estadounidense y todo lo que fuere
exótico y primitivo ‒donde cuenta el gusto de los
modernistas por el «arte negro»‒, una bailarina sin fama, la Baker, de
solo 19 años, viaja a París ‒con la productora Caroline
Reagan y la tropa de artistas negros‒, para actuar en el
Théâtre des Champs-Elysées, en La Revue Nègre, una revista de
variedades, en el que se dejaría sentir un «jazz caliente» que serviría de
marco al trepidante y desinhibido baile de Josephine Baker. Espectáculo este,
que parece haberse añadido a la escenografía neoyorquina a petición de los
dueños del Music-hall, por falta de espectadores… pero que fue calificado como
sensacional aquel mismo 2 de octubre de 1925, cuando ella, junto a Joe Alex, su
pareja de baile, interpretó la Danse
Sauvage, vestida solo con una falda de plumas.
Y
fue en la Ciudad de la Luz, que, la más parisina de todos los viajeros
americanos, salió a probar suerte. Lejos de su San Luis y de su propio país,
donde, antes la pobreza y, luego, la discriminación, habían sido muros para
hacer libremente aquello para lo que ella creía que había venido al mundo, y que
la hacía feliz: bailar, cantar, entretener, hacer soñar y reír. La ciudad, que
no había estado antes en sus cálculos, y
a la que llegó perpleja un día ‒provinciana
como era‒, pero movida por las ganas de aventurar. La ciudad
liberal que, a su modo, supo considerar la libertad de su desnudez, el balanceo
de sus caderas, las muecas, la sonrisa, el bizquear y su peinado corto, como
expresiones de una mujer emancipada, encantada de divertir y divertirse, dueña
de sí, y gustosa de sumarse a la fiesta de los locos años veinte.
Tras algunas giras, en 1926 vendrían las actuaciones
de Baker en el Folies Bergère, el
mítico cabaret-teatro de variedades, en el 32 de la Rue Richer. El que fue
antes un teatro de ópera, reformó su modo de ser en 1872. Una idea entonces de
Edouard Marchand quien incorpora el music
hall, una forma de espectáculo que mezcla la canción popular, comedia y
baile, muy similar al vodevil estadounidense y la revista española que tiene
actos cómicos. Paul Derval, su director, desde 1918 y por casi 50 años, quiso
agregar a sus revistas nuevos «delirios»: disfraces, efectos extravagantes,
decorados, y lo que sería el sello
distintivo de sus revistas musicales, «pequeñas mujeres desnudas». Cabe señalar
que a Derval se atribuye, durante su larga presencia en el Folies, el lanzamiento de las carreras de Maurice Chevalier,
Mistinguett ‒Miss Music Hall‒,
Josephine Baker y muchos otros.
La revista de estreno de Josephine Baker en el Folies Bergère se llamó Folie du jour ‒Delirio del
día‒. Y en ella la incombustible bailarina usó un disfraz que consistía solo en una
falda hecha de una cuerda de la que pendían plátanos artificiales y un poco más. Con lo cual se acentuaba su desnudez,
su sensualidad y su capacidad de poner en juego las fantasías sexuales de su
público, mayoritariamente blanco. Se sabe que fue Jean Cocteau, poeta, artista
y escritor, quien diseñara la «falda de las bananas». El baile fue frenético y
sensual. Apoteósico. Del escándalo se pasaba a la adoración: nacía una nueva
estrella y París se rendía ante el exotismo de la recién bautizada Perla Negra. Baker pasó a ser la
bailarina más reconocida y mejor pagada en toda Europa, recibiendo la
admiración pública, entre otros, de figuras como Picasso, Hemingway e incluso
del gran poeta estadounidense, EE Cummings, un enamorado y constante visitante
de París.
*Doctor en historia
