Por Roberto Mansilla Blanco
Expectativas de pacto Maduro-Guaidó para una salida
electoral.
La primera ronda de contactos y de diálogo iniciada el pasado
13 de agosto en Ciudad de México con vistas a dar curso a una negociación de
alto nivel entre representantes del régimen de Nicolás Maduro y de la oposición
encabezados por su principal líder Juan Guaidó, continuará de forma oficial el
próximo 3 de septiembre en la capital mexicana en medio de grandes expectativas
que permitan eventualmente avizorar un compromiso político para la solución de
la crisis venezolana.
En el marco de esta negociación se percibe igualmente la posibilidad de un
hipotético y táctico reparto de poder entre Maduro y Guaidó, todo ello bajo un
horizonte electoral a corto plazo establecido en los comicios regionales
previstos para el próximo 21 de noviembre (21/N).
Así, la oposición venezolana finalmente parece dar muestras de aceptar su participación en estas
elecciones, iniciando el proceso de presentación de candidaturas unitarias, legitimando así
la «hoja de ruta» electoral trazada por Maduro. Se
percibe un agotamiento interno en las iniciativas opositoras para «salir del
régimen usurpador de Maduro», un escenario que se observa cada vez más distante
y complejo.
Acuerdos, ¿esta vez sí?
Los fracasos de las experiencias anteriores de negociación
realizadas desde 2016 condicionan también la viabilidad sobre las que se
realizarán en México. No obstante, y más allá de las incertidumbres, el
contexto actual parece establecer la necesidad de acabar con la inercia
interminable de la crisis humanitaria venezolana y su incapacidad para definir
una salida por consensos políticos.
De este modo, el panorama actual pareciera prever la
posibilidad de un éxito bajo mínimos en una negociación igualmente muy
condicionada por las presiones exteriores. En este sentido, Maduro ha buscado
aliviar la presión exterior ofreciendo gestos simbólicos como la liberación del preso político Freddy Guevara.
Algunos factores parecen indicar esas expectativas trazadas
en un posible acuerdo para avanzar en la posibilidad de solución de la crisis.
Entre estos factores destacan los estragos de la COVID en una Venezuela sumida
en la escasez sanitaria; la urgente necesidad de abrir los canales de ayuda
humanitaria; el clima de leve distensión entre Maduro y la oposición, con
enroques políticos tácticos internos en cada escenario; la inesperada crisis
cubana, aparentemente aplacada pero que implica indirectamente a Venezuela, su
principal aliado estratégico regional; y finalmente, el ciclo electoral
regional 2021-2022, que está recomponiendo las piezas políticas hemisféricas.
Maduro, Diosdado y el «clan Rodríguez»
Para llegar a México con garantías, el régimen de Maduro ha
realizado previamente un enroque político táctico. Las elecciones internas del
PSUV realizadas a comienzos del pasado mes de agosto para designar las candidaturas
de los comicios regionales del 21/N determinaron un reparto de poder
estratégico dentro de un chavismo cada vez más postchavista,
en este caso en manos de Maduro y Diosdado Cabello, y que defina un
reequilibrio político en las filas oficialistas.
Con no
menos discrepancias internas, algunas de ellas definidas por
la permanente
tensión entre el ala militar liderada por Diosdado Cabello y el ala civil en
manos de Maduro, sin descartar la posibilidad de revertir
los resultados de las candidaturas a través del dedazo,
este proceso electoral del PSUV pareciera simbólicamente pasar
página del chavismo hacia un cada vez más visible
eje de poder madurista-diosdadista que, si bien está aún en
ciernes y unido políticamente por las circunstancias, en especial los efectos
de las sanciones exteriores sobre altos cargos del régimen y el equilibrio de
poder interno, se observa cada vez más sólidamente instalado en las esferas del
poder en el Palacio de Miraflores.
Pero existe también otra clave de poder. El jefe de la
delegación del régimen de Maduro en México es Jorge Rodríguez, actual
presidente de la Asamblea Nacional elegida en los controvertidos comicios de
diciembre pasado que fueron desconocidos por la mayor parte de la comunidad
internacional, en especial los 60 países que aún reconocen oficialmente a
Guaidó como «presidente legítimo» de Venezuela. Rodríguez es un actor clave
dentro del chavismo-madurismo que ha ido ganando poder en los
últimos años en Miraflores, junto a su hermana Delcy Rodríguez. A ambos se les
conoce eufemísticamente como el «clan Rodríguez».
En plenas conversaciones en México, Maduro decidió hacer un
giro copernicano en su gabinete al relevar a mediados de agosto, como ministro
de Relaciones Exteriores a Jorge Arreaza, yerno del fallecido Hugo Chávez, y
sustituirlo por una pieza de confianza: Félix Plasencia, ex ministro de Turismo.
Plasencia, amigo personal del ex ministro de Transportes
español José Luis Ábalos, razón por la que se le implicó en el polémico Delcygate acaecido en el aeropuerto de Barajas en
enero de 2020, es una pieza estrechamente ligada al «clan Rodríguez», aspecto
que refuerza el equilibrio del poder en favor de los ambos hermanos.
La salida de Arreaza de la primera línea del poder en
Miraflores (pasará ahora al ministerio de Industria) revela igualmente esa
intención del régimen de pasar página del chavismo enrocándose
simultáneamente en el pacto Maduro-Diosdado y el ascendente poder del «clan
Rodríguez».
Incluso, este eje de poder ya parece avizorar la posibilidad
de una sucesión post-Maduro en manos de su hijo Nicolás Ernesto Maduro Guerra, quien también acude a México
como negociador del régimen. En perspectiva, el madurismo-diosdadismo ya
está perfilando un posible relevo generacional tomando en cuenta quiénes son
sus representantes en la negociación que se lleva a cabo en México, donde
también destaca el nombre de Héctor Rodríguez, actual gobernador del estado Miranda.
Este contexto apunta igualmente a un Guaidó neutralizado, con
notoria ausencia de iniciativas viables para propiciar la salida de Maduro, y
cuya posición interna dentro de la oposición ha llegado incluso a niveles de
cierto aislamiento e incapacidad para reaccionar políticamente.
En este sentido, el eje del liderazgo opositor también ha
mostrado sus propias fisuras, lo cual denota una serie de manejos y de
equilibrios precarios entre las posiciones de Guaidó, el exiliado Leopoldo
López y de Henrique Capriles Radonski por liderar esas iniciativas opositoras,
en particular a la hora de negociar con Maduro en México y aceptar participar
en las elecciones regionales del próximo 21/N.
En principio, Guaidó y López no aceptaban participar en estos
comicios, toda vez Capriles Radonski sí, incluso mostrando una posición más
condescendiente hacia las iniciativas electorales de Maduro. La reciente
decisión de la plataforma opositora Mesa por la Unidad Democrática (MUD) de
participar en esos comicios regionales demuestra que esas tensiones internas en
la oposición se han visto súbitamente aparcadas, probablemente motivadas por
las circunstancias y su pérdida de iniciativa política para salir de Maduro.
Guaidó se ha visto súbitamente obligado a abandonar su mantra político
de 2019 («fin de la usurpación de Maduro, gobierno de transición, elecciones
libres»), cambiando ahora hacia un acuerdo táctico precisamente con ese
«régimen usurpador» que prometió demoler. Incluso, Guaidó ya amparó una gira internacional orientada a legitimar esta
negociación en México con el régimen de Maduro.
En este sentido, el régimen ha demostrado su capacidad de
resiliencia e incluso de influencia política dentro de las fuerzas opositoras,
amparado igualmente por el apoyo de la Fuerza
Armada Nacional Bolivariana (FANB) y los estratégicos manejos del
régimen castrista, hoy inesperadamente contestado en
su interior por una rebelión popular tan espontánea como sorprendente, y en
la siempre eficaz diplomacia de apoyo económico y logístico proveniente de
Rusia y China, los únicos actores globales capaces de contrarrestar el peso
cada vez menos hegemónico de EE UU.
Washington, Bruselas…y La Habana
Por su parte, en lo relativo a la negociación en México,
Washington alienta la misma pero su posición se ha visto súbitamente
distanciada tomando en cuenta la atención casi total de la administración Biden
a la crisis en Afganistán ante el retorno al poder de los talibanes, la
retirada de personal civil y militar estadounidense del país centroasiático y
los equilibrios geopolíticos regionales.
Por su parte, la Unión Europea ha logrado mantener con
eficacia una política de mediación entre las partes y de apoyo a las
negociaciones en México, una posición muy estrechamente dirigida por el Alto
Comisionado de Política Exterior, Josep Borrell. Con todo, Bruselas se mantiene
expectante ante los avances que esas negociaciones puedan dar, especialmente a
la hora de propiciar un compromiso político y un consenso entre Maduro y Guaidó
para salir de la crisis, así como las garantías necesarias para que en
Venezuela se realicen elecciones transparentes, libres y con observación
internacional. De este eventual compromiso entre Maduro y Guaidó dependerá la
posibilidad de que Bruselas disminuya progresivamente sus sanciones contra
altos cargos del régimen venezolano.
Por otro lado, al régimen castrista también le conviene la
negociación mexicana que pueda abrir una ventana de legitimidad exterior para
Maduro, así como la posibilidad de ganar tiempo internamente a la hora de
ofrecer concesiones ante las protestas y de amortiguar las presiones exteriores
sobre la represión de las mismas.
Así, un Maduro más fortalecido políticamente acude a la
negociación en México a mostrar sus cartas, que se pueden resumir en preservar
la supervivencia del régimen a través del fin
de las sanciones y un calendario electoral pactado con el grupo de
poder opositor conformado por Guaidó, Leopoldo López y Henrique Capriles
Radonski, secundados por otras fuerzas opositores que ya han pactado con
anterioridad con Maduro, tal y como se observó de cara a las controvertidas
elecciones parlamentarias de diciembre pasado.
Contrariado por este contexto, Guaidó también acude a México
para salvaguardar sus intereses, cada vez más enfocados en llegar a un acuerdo
político y electoral que le permita seguir teniendo peso en la política interna
venezolana así como de interlocución ante la comunidad internacional.
A Guaidó ya poco le vale el reconocimiento de 60 países como
presidente legítimo de Venezuela. La dinámica de la realpolitik le
obliga a reconocer que Maduro tiene el poder de facto en
Venezuela, con lo cual el régimen acude a México para alcanzar una mayor
legitimidad exterior, incluyendo que el propio Guaidó le reconozca como el
presidente legítimo de Venezuela, y terminar así con ese mantra anteriormente
mencionado sobre el «fin de la usurpación» del poder de Maduro en Venezuela.
Ciclo electoral hemisférico 2021-2022
A falta de conocer con exactitud qué ocurrirá en Cuba, el
vuelco político hemisférico también es una carta a favor de Maduro. Mientras el
izquierdista Andrés Manuel López Obrador busca ganar puntos con esta
negociación sobre la crisis venezolana, en especial ante la administración de
Joe Biden, la asunción presidencial del también izquierdista Pedro Castillo en
Perú suma para Maduro otro aliado hemisférico, una réplica de lo que sucedido
en Argentina en 2019 y Bolivia en 2020.
Toda vez, el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua se prepara
para una farsa electoral en los comicios presidenciales de noviembre próximo,
acentuando una represión dirigida a desactivar candidaturas opositoras y
asegurarle al matrimonio Ortega-Murillo un nuevo período de poder en Managua.
El horizonte
electoral hemisférico anuncia dos platos fuertes para 2022: Colombia y
Brasil irán a presidenciales. Con Luis Inácio Lula da Silva ya confirmado como
candidato contra Jair Bolsonaro en el caso brasileño, la atención se concentra
en conocer si en Colombia se constituirá una plataforma izquierdista con
reductos de la FARC y del ELN apoyados por Maduro y Cuba, sin menoscabar la
posibilidad de entronizar al izquierdista Gustavo Petro, al que muchos dentro y
fuera de Colombia identifican como simpatizante del chavismo.
En estos escenarios, Rusia y China también se muestran
expectantes en cuanto a la posibilidad de acumular ganancias geopolíticas que
resten capacidad de maniobra hemisférica para Washington y le permitan asentar
sus aliados regionales, en particular Venezuela, Cuba y Nicaragua dentro de
un eje del ALBA ya prácticamente invisible.
México se juegan cartas geopolíticas hemisféricas con la
crisis venezolana como epicentro. Independientemente del éxito o fracaso de la
negociación, se vislumbra un acuerdo de mínimos para un reparto de poder
político en Venezuela entre el madurismo-diosdadismo y una
oposición que también pareciera pasar página del capítulo Guaidó.
Aún así, las interrogantes siguen abiertas: ¿cederá en algún
punto concreto el régimen de Maduro, en particular la liberación de presos
políticos y las garantías de elecciones transparentes? ¿Cómo saldrá parado el
eje Guaidó-Leopoldo López en la plataforma opositora? ¿Emergerá otro nuevo liderazgo
opositor con viejas caras, como es el caso de Capriles Radonski? La herencia
del chavismo, ¿se la repartirán Maduro, Diosdado y el «clan Rodríguez»? Si de
nuevo fracasa esta negociación, ¿estamos ante un punto muerto o de no retorno
en Venezuela?
«Vamos bien«, llegó a decir Maduro el pasado 8 de
agosto, en relación a la negociación con Guaidó, calificando incluso a la
oposición de «guaidocista». Esta declaración de intenciones revela un contexto
más favorable a los intereses del régimen de Maduro, que sabe que poco tiene
que perder sobre lo que se negocie.
En México no hay nada completamente seguro, aunque la inercia
y el desgaste de la crisis venezolana a nivel internacional y la necesidad
imperiosa de alcanzar una solución, especialmente ante la crisis humanitaria,
obligaría a aceptar algún tipo de acuerdo en clave electoral entre Maduro y
Guaidó, que suponga un punto de inflexión y cierre, al menos parcial y
momentáneamente, la crisis política e institucional vigente desde enero de
2019.
Tomado de ESGLOBAL
