Por Orlando Arciniegas*
Antes de examinar la muy famosa —pero imaginaria— anécdota de la manzana
de Newton, una de las más celebradas en la historia de la ciencia, conviene
recordar brevemente algunos otros pasajes de la vida de este extraordinario
hombre de ciencia. Según Asimov: “El más grande cerebro científico que el mundo
haya conocido”; y, según Einstein, el responsable del que “quizás sea el avance
más grande del pensamiento que un solo individuo haya hecho jamás”. Otros lo han
descrito como el más grande de los astrónomos ingleses que destacó como físico
y matemático y como el genio al cual se debe el descubrimiento de la ley de
gravitación universal, una de las piedras angulares de la ciencia moderna.
Sir Isaac Newton, físico, matemático, teólogo, inventor y alquimista inglés, fue un hombre de una curiosidad ilimitada y de un gusto casi fanático por el estudio durante su larga vida. Nació en Woolsthorpe, Inglaterra, el 25 de diciembre de 1642 y su fructífera vida se prolongó durante 84 años. Murió el 20 de marzo de 1727. Hijo de campesinos puritanos, de muy poca instrucción, conoció la orfandad, la soledad y el desamor durante su niñez. Permaneció soltero y si acaso tuvo un único amor en su vida.
Inicialmente, se perdió de asistir al Trinity College de Cambridge donde
quería estudiar leyes, por no destacar en sus estudios. Ingresaría a los 18,
pero la biblioteca sería el lugar de su mayor interés y de visita frecuente. De tal
modo, que se graduó en Trinity College
como un estudiante mediocre, pero con mucho saber por obra de su autodidactismo.
Sería luego profesor de la Universidad de Cambridge por treinta años. Así como
parlamentario por un año y desde 1696 Director de la Casa de la Moneda (ceca),
desde donde se dedicó a perseguir y liquidar falsificadores.
Un curioso pasaje de su vida es el de su disputa
con Leibniz por la autoría sobre la invención del cálculo infinitesimal. Lo
cierto es que entrambos, pero por separado, sentaron sus bases. Otro sería el
de su fracaso como especulador financiero en la burbuja que se produjo
alrededor de las acciones de la Compañía
de los Mares del Sur, que detentaba el monopolio del comercio británico con
las colonias hispanas y las Indias Occidentales, que a la postre condujo a la
ruina de los inversionistas: el llamado crack de 1720. ¡Por malos cálculos!
Sobre la graciosa anécdota de la manzana, algo
que no resulta chistoso contradecir, puede decirse, casi con toda seguridad,
que nunca pasó. No hay mención alguna de ello por parte del genio. Ningún
apunte, nada escrito de Newton que haría que la anécdota ingresara a los anales
de los descubrimientos ingeniosos por obra del azar. Como le ocurrió a Fleming con
el descubrimiento de la penicilina o a Galileo con el experimento de la Torre
de Pisa. Así que la anécdota habrá de quedar como un elemento agregado, un
chascarrillo tal vez, que suele contarse para amenizar una charla sobre el
tema. Nada más. Sin ninguna ¡eureka! que agregar.
La anécdota de la manzana aparece con detalles en
la biografía de Newton, rescatada y publicada en 2010, que escribió en 1752 el
anticuario William Stukeley (1687-1765), contemporáneo y amigo de Newton, que cuenta
que lo de la manzana surgió en una charla con él, una tarde primaveral en 1726.
Y el hecho quizá ocurriera a mediados de la década de 1660, cuando un brote de
peste obligó a cerrar la Universidad de Cambridge, y Newton hubo de refugiarse en
su casa familiar. De esta peste, se dice, que solo en Londres, y entre 1665 y
1666, mató cien mil personas. Según Stukeley, Newton contó que tomaba el té a
la sombra de unos manzanos cuando vio la caída del fruto y se fue en
reflexiones. ¿Por qué no cae hacia arriba? ¿Por qué siempre perpendicularmente?
Si cae es porque la Tierra la atrae, si
la Tierra la atrae… Sin embargo, hay otras versiones anteriores en escritos de
1727 o 1728 por John Conduitt (1688-1737), el marido de una sobrina de Newton que
sucedió a Newton en la Casa de la Moneda; pero en todo caso fueron conocidas 20
años después de la muerte del genio inglés, y a casi 100 años del incidente manzanil.
Los que saben de entropía de la información, conocen lo que esto implica, sobre
todo si no se cuenta con algún testimonio escrito por el propio Newton.
Por su parte, Keith Moore, bibliotecario de la Royal Society y un estudioso del tema,
sostiene que “Newton fue mejorando la historia con el tiempo”. Esto es, que no
fue producto de una revelación o intuición, sino de una investigación sostenida
y de profunda reflexión. La Teoría de la Gravedad, toda una novedosa cosmología —como la entendiera Kant—, no podía ser el resultado fácil de una revelación,
como sí ha ocurrido otras veces en el campo de la ciencia, sino de un proceso
de ruptura y reelaboración teórica que, claro está, debió tomarse su tiempo en
la cabeza del genio, que era además un hombre creyente. Por supuesto, que la
parte del cuento que dice que la manzana le cayó en la cabeza, constituye un
aderezo más que el imaginario ha puesto a esta simpática anécdota, descrita por
algunos como muy rica en su simbología.
La biografía de Newton por Stukeley, escrita en
1752, recibió el título de Memorias de la
vida de Sir Isaac Newton y ha sobrevivido como un manuscrito de papel en
los archivos de la Royal Society de
Londres, que en la ocasión de su 350º aniversario, en 2010, decidió
difundirla por primera vez. La obra ha sido bien recibida, entre otros, por los
epistemólogos estudiosos de los procesos de la creación científica. A todo
evento, pudiera decirse hoy que nunca un fruto hizo tanto bien al caer como la
manzana de Newton.
*Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo, doctor en historia.