Guaidó y su familia no han sufrido la suerte de otros
opositores. Ese es el mejor testimonio de una dictadura, tan sangrienta y
represiva como siempre, pero mucho más débil. La reacción relativamente
comedida del régimen es más sorprendente cuando se consideran las dimensiones
del reto planteado por el joven ingeniero.
Juan Guaidó ha conseguido, hasta ahora, desnudar al régimen
de Nicolás Maduro para exhibir al mundo su arbitrariedad y, también, su
debilidad. Es preciso decir “hasta ahora” porque una dictadura con las manos
manchadas de sangre, sin escrúpulos, cuando ve la posibilidad de amañar
procesos judiciales para mandar a sus opositores a la cárcel y con vastos
recursos represivos, como las bandas de delincuentes organizados en “colectivos”,
puede cometer un crimen en cualquier momento.
Esa circunstancia es testimonio de la valentía de Guaidó y
del acorralamiento del régimen. Temeroso de un nuevo estallido interno y de la
reacción internacional, Maduro no se atreve a confrontar al líder opositor como
lo hizo, en otras circunstancias, con Leopoldo López y otras figuras de la
oposición. Tampoco se ha animado a desencadenar contra él a sus asesinos.
La reacción relativamente comedida es más sorprendente cuando
se consideran las dimensiones del reto planteado por Guaidó. Una cosa es
denunciar el fraude electoral, como lo ha hecho la oposición en varias
oportunidades, y otra es desconocer al mandatario fraudulentamente elegido para
proclamarse presidente interino.
La falta de acciones directas contra la persona del
mandatario reconocido por un creciente número de países —más de 50 a la fecha—
no significa que el gobierno se abstenga de ejercer presión sobre su entorno.
Los hoteles donde se hospeda son clausurados, las fuerzas represivas confiscan sus
equipos de sonido y detienen a sus colaboradores.
Guaidó habla a sus seguidores desde el techo de cualquier
camión, con un megáfono, pero hasta a eso le teme la dictadura. La semana
pasada la Policía detuvo a un conductor y a tres técnicos de sonido. Los liberó
poco después, bajo medidas cautelares y acusados de obstruir el tránsito,
alterar el orden público y asociarse para delinquir. Cuando se sabe de una
manifestación opositora, el gobierno despliega a los “colectivos” en las calles
vecinas, motorizados y bien armados, para intimidar a la población.
La autoridad tributaria del régimen descendió sobre el hotel
caraqueño desde donde Guaidó siguió el prolongado apagón eléctrico de Caracas y
dirigió la respuesta de la oposición. Los demás huéspedes fueron desalojados y
Diosdado Cabello, segundo líder del oficialismo y presidente de la espuria
Asamblea Constituyente convocada para contrarrestar el control opositor del
Parlamento, justificó la arbitrariedad por supuestas razones tributarias. Poco
después, un segundo hotel, en el distante estado de Zulia, corrió la misma
suerte. La “casualidad” es un elocuente desmentido para Cabello.
El contralor general de la República más corrupta del
continente inhabilitó a Guaidó para el ejercicio de cargos públicos. Supuestamente,
el ingeniero de apenas 35 años no declaró su patrimonio ni el origen de sus
recursos en un país donde las grandes fortunas acumuladas por personajes del
régimen son secreto a voces. Pero de ahí no pasa la cuestionable “legalidad”
chavista. Guaidó está “inhabilitado”, pero no detenido.
El contraste no puede ser más claro con la represión desatada
contra Leopoldo López, encarcelado después de un montaje judicial del cual no
quedó duda cuando uno de sus perpetradores, el fiscal Franklin Nieves, tomó el
camino del exilio y denunció el atropello. “Leopoldo López es inocente”, dijo
al Wall Street Journal. “De mi corazón, le quiero pedir perdón
a Venezuela, a Leopoldo López, a la familia López y especialmente a sus hijos”,
cuyas miradas aseguró ver al despertar de su mal sueño. Hasta ahora, Guaidó y
su familia no han sufrido la misma suerte. Ese es el mejor testimonio de una
dictadura, tan sangrienta y represiva como siempre, pero mucho más endeble.
