Con un leve temblor parkinsoniano en las manos, el profesor
Rodolphe Kasser cogió el antiguo texto y empezó a leer en voz clara y
resonante: «pe-di-a-kan-aus ente pla-nei». Las extrañas palabras eran copto,
la lengua hablada en Egipto en
los albores del cristianismo. Nadie
había vuelto a oírlas desde que la primitiva Iglesia cristiana prohibió a sus
adeptos la lectura de aquel documento.
De algún modo este ejemplar sobrevivió, oculto durante siglos
en el desierto egipcio. Finalmente fue descubierto a fines del siglo XX, para
luego desvanecerse en el submundo de los traficantes de antigüedades, uno de
los cuales lo abandonó durante dieciséis años en la cámara acorazada de un
banco de Hicksville, en Nueva York. Cuando llegó a manos de Kasser, el
papiro (una especie de papel hecho con plantas acuáticas secas) se estaba
desintegrando, y su mensaje estaba a punto de perderse para siempre.
El erudito de 78 años, uno de los expertos en copto más
acreditados del mundo, terminó la lectura y depositó con cuidado la hoja sobre
la mesa. «Es una lengua preciosa, ¿verdad? Egipcio escrito en caracteres
griegos.» Sonrió. «Es un pasaje en el que Jesús explica a los discípulos que
están yendo por el mal camino». Kasser está entusiasmado con el texto, y con
razón. La línea inicial de la primera página reza: «Crónica secreta de la
revelación hecha por Jesús en conversación con Judas Iscariote...». Después
de casi 2.000 años, el hombre más odiado de la historia vuelve a aparecer.
Hay un trasfondo siniestro en las representaciones
tradicionales de Judas. A medida que el cristianismo se distanciaba de sus
orígenes como secta judía, los pensadores cristianos fueron encontrando cada
vez más conveniente culpar al pueblo judío del arresto y la ejecución de
Cristo, y presentar a Judas como el arquetipo de judío. Los cuatro Evangelios,
por ejemplo, son indulgentes con Poncio Pilatos, el procurador
romano de Judea, pero condenan a Judas y a los sumos sacerdotes judíos.
La «crónica secreta» nos presenta un Judas muy distinto. En
esta versión, es un héroe. A diferencia de los otros discípulos, comprende
verdaderamente el mensaje de Cristo. Al entregar a Jesús a las autoridades de
Roma, no hace más que cumplir el mandato de su líder, plenamente consciente del
destino que le espera. Jesús le advierte: «Te maldecirán».
Esta afirmación resulta suficientemente sorprendente como
para levantar sospechas de fraude, algo habitual en las supuestas antigüedades
bíblicas. Por ejemplo, una urna vacía de piedra caliza que, según se dijo,
había contenido los huesos de Santiago, hermano de Jesús, atrajo gran cantidad
de público cuando fue expuesta en 2002, pero pronto se descubrió que se trataba
de una ingeniosa falsificación.
La tinta parece ser una antigua receta: una combinación de
sulfato ferroso, tanino, goma arábiga y agua, mezclada con tinta de negro de
humo
Un Evangelio de Judas resulta mucho más
tentador que una caja vacía, pero hasta el momento todas las pruebas realizadas
confirman su antigüedad. National Geographic Society, que contribuye a
financiar la restauración y la traducción del manuscrito, ha encargado a un
importante laboratorio de datación por carbono 14 de la Universidad de Arizona
el análisis del códice que contiene el evangelio. El análisis de cinco muestras
distintas del papiro y la cubierta de cuero fijan la fecha del códice en algún
momento entre los años 220 y 340 d.C. La tinta parece ser una antigua receta:
una combinación de sulfato ferroso, tanino, goma arábiga y agua, mezclada con
tinta de negro de humo. Además, según los expertos en copto, el
evangelio contiene giros reveladores que indican que fue traducido del griego,
el idioma original de la mayoría de los textos cristianos escritos durante los
siglos I y II. «Todos coincidimos en situar esta copia en el siglo IV»,
asegura un experto.
Otra confirmación nos llega del pasado. Hacia el año 180
d.C., Ireneo, obispo de Lyon en la Galia romana, escribió un tratado titulado
Contra las herejías. El libro era un ataque feroz a todos aquellos cuyos puntos
de vista sobre Jesús y su mensaje se apartaban de la ortodoxia de la Iglesia.
Entre los blancos de sus críticas había un grupo que veneraba a Judas, «el
traidor», y que había producido una «historia falsa», que «llaman el Evangelio
de Judas». Al parecer, varios decenios antes de que se escribiera el manuscrito
que Kasser tiene en sus manos, el colérico obispo ya tenía noticias del texto
original griego.
Ireneo tenía un montón de herejías contra las cuales luchar.
En los primeros siglos del cristianismo, lo que para nosotros es la Iglesia,
que funcionaba con una jerarquía de sacerdotes y obispos, era sólo uno de los
numerosos grupos inspirados en Jesús. El experto en la Biblia Marvin Meyer, de
la Universidad Chapman, que ha colaborado con Kasser en la traducción del
evangelio, resume aquella situación como «el cristianismo en busca de su
estilo».
Seguidores de un cristianismo primitivo
Muchos de esos grupos eran gnósticos, seguidores de la misma
línea del cristianismo primitivo recogido en el Evangelio de Judas.
«Gnosis significa “conocimiento” en griego –explica Meyer–.
Los gnósticos creían en un principio supremo de bondad, entendida como una
mente divina, más allá del universo físico. El ser humano posee una
chispa de ese poder divino, pero está aislado de la divinidad por el mundo
material que le rodea». Para los gnósticos, un mundo defectuoso, obra de un
creador inferior y no del Dios supremo.
Mientras que los cristianos como Ireneo sostenían que sólo
Jesús, el hijo de Dios, era a la vez humano y divino, los gnósticos creían que
la gente corriente podía estar conectada con Dios. La salvación se alcanzaba
despertando la esencia divina del espíritu humano y conectándola con Dios. Para
eso se precisaba la guía de un maestro, y tal era, según los gnósticos, la función
de Cristo. Aquellos que interiorizaban su mensaje podían ser tan divinos como
el propio Cristo.
De ahí la hostilidad de Ireneo. «Esos grupos eran místicos
–dice Meyer–. Los místicos siempre han desatado las iras de la religión
institucionalizada. Oyen la voz de Dios en su interior y no necesitan
sacerdotes intermediarios».
Ireneo comenzó su libro al regresar de un viaje y encontrarse
a sus fieles soliviantados por un predicador gnóstico llamado Marcos, que
animaba a sus iniciados a demostrar su contacto directo con la divinidad
mediante profecías.
Hasta
hace pocas décadas, tales doctrinas se conocían básicamente a través de las
críticas hechas por líderes ortodoxos como Ireneo. Pero en 1945, cerca de la
localidad egipcia de Nag Hammadi, unos campesinos hallaron dentro de una tinaja
de barro un conjunto de textos gnósticos que llevaban siglos perdidos. Entre
ellos había más de una docena de versiones inéditas de las enseñanzas de
Cristo, incluidos los Evangelios de Tomás y de Felipe, y el Evangelio de la
Verdad. Ahora tenemos el Evangelio de Judas.
En el pasado, algunas de estas versiones pudieron haber
tenido mayor circulación que los cuatro Evangelios más conocidos. «La mayoría
de los manuscritos o fragmentos del siglo II que hemos hallado son copia de
otros libros cristianos», afirma Bart Ehrman, profesor de estudios religiosos
de la Universidad de Carolina del Norte. Una faceta del cristianismo
primitivo oculta desde hace tiempo está emergiendo.
La idea de que existan «evangelios» que contradigan a los
cuatro canónicos del Nuevo Testamento resulta muy inquietante para algunos, como pude comprobar cuando comí
con Meyer en un restaurante de Washington, D.C. «Es apasionante –exclamó–. El
manuscrito explica por qué Jesús distinguió a Judas como el mejor de sus
discípulos. Los otros no lo entendieron».
El restaurante se había vaciado y estábamos solos, perdidos
en el siglo II, cuando el maître le entregó dubitativamente una nota a Meyer.
El texto rezaba: «Dios habló a través de un libro». Al parecer, alguien sentado
cerca de nuestra mesa había interpretado que Meyer ponía en tela de juicio que
la Biblia fuera la palabra de Dios.
De
hecho, no está claro si los autores de los evangelios –ni siquiera los de los
cuatro más conocidos– presenciaron los sucesos que narran. Craig Evans,
estudioso bíblico del Acadia Divinity College, de confesión
evangélica, opina que los Evangelios canónicos acabaron por eclipsar a los
otros. «Los primeros grupos de cristianos por lo general eran pobres. Sólo
tenían medios para encargar la copia de unos pocos libros, de modo que sus
miembros dirían “yo quiero el Evangelio del apóstol Juan”, y así sucesivamente
–argumenta–. Los Evangelios canónicos son los que ellos mismos
consideraban más auténticos». O quizá las alternativas fueron sencillamente
derrotadas en la batalla del pensamiento cristiano.
El Evangelio de Judas es un vívido reflejo de la lucha librada
hace mucho tiempo entre los gnósticos y la Iglesia jerárquica. Ya al inicio del
texto, Jesús se ríe de sus discípulos por rezar a «vuestro dios», refiriéndose
al dios demiurgo que creó el mundo. Compara a sus discípulos con un sacerdote
del templo (casi con certeza una referencia a la ortodoxia de la Iglesia), a
quien tilda de «maestro de falsedades» y acusa de «sembrar árboles
infructíferos, en mi nombre, de manera vergonzosa». Exhorta a los discípulos a
mirarlo y comprender quién es él realmente, pero ellos vuelven la vista.
El pasaje clave viene cuando Jesús le dice a Judas: «Tú
sacrificarás el cuerpo en el que vivo». Esto significa, en pocas palabras, que
Judas va a matar a Jesús y que así le hará un favor. «El hombre en el que vive
no es Jesús en absoluto –dice Meyer–. Por fin podrá deshacerse de su cuerpo, de
su parte material, liberando así al Cristo verdadero, al ser divino que existe
en su interior».
El pasaje clave viene cuando Jesús le dice a Judas: «Tú
sacrificarás el cuerpo en el que vivo»
El hecho de que la tarea le sea confiada a Judas es un signo
de su estatus especial. «Levanta los ojos y mira la nube con luz en su interior
y las estrellas que la rodean –le insta Jesús–. La estrella que indica el
camino es tu estrella». Al final, Judas tiene una revelación e ingresa en una
«nube luminosa». La gente en la tierra oye una voz que sale de la nube, aunque
puede que nunca sepamos lo que dice, a causa de un desgarro en el papiro.
El evangelio termina bruscamente, con una breve nota en la
que se cuenta que Judas «recibió algo de dinero» y entregó a Jesús a los
soldados que habían ido a arrestarlo.
Para Craig Evans, este relato es una invención sin sentido
escrita hace mucho tiempo. «No hay nada en el Evangelio de Judas que nos diga
algo históricamente verosímil», afirma.
Pero otros estudiosos lo consideran una nueva e
importante aportación al estudio del pensamiento de los primeros cristianos. «Esto
cambia la historia del cristianismo en sus inicios –asegura Elaine Pagels,
catedrática de religión en la Universidad de Princeton–. Nosotros no buscamos
en los Evangelios información histórica, sino los fundamentos de la fe
cristiana».
«Es un hallazgo muy importante –conviene Bart Ehrman–. Muchos
se sentirán molestos».
Un texto que tumbaría a un cura
El padre Ruwais Antony es uno de ellos. Desde hace 27 años el
venerable monje vive en el monasterio de San Antonio, un refugio aislado en el
desierto oriental de Egipto. En una visita al lugar le pregunté qué la parecía
la idea de que Judas hubiese entregado a Jesús actuando a petición suya, y que
por lo tanto fuese un hombre bueno. Ruwais se sintió tan turbado ante esa idea
que casi perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la puerta. Después,
sacudió la cabeza con disgusto, murmurando: «Nada recomendable».
Antes, el padre Ruwais me había llevado a la iglesia de los
Apóstoles. Bajo nuestros pies se hallaban las celdas originales, sepultadas
durante mucho tiempo y excavadas recientemente. Aquellas celdas habían sido
construidas por el mismísimo San Antonio cuando fundó la comunidad a principios
del siglo IV.
Pocos años después de aquel acontecimiento, un escriba
anónimo cogió su cálamo de junco y una hoja de papiro y empezó a copiar:
«Crónica secreta...». El amanuense no pudo estar muy lejos, ya que el área
donde supuestamente fue hallado el códice se encuentra a 65 kilómetros al
oeste. Puede que hasta fuera un monje, pues se sabe de algunos monjes que
veneraban los textos gnósticos y los conservaban en sus bibliotecas.
Sin embargo, a finales del siglo IV no era muy prudente
poseer ese tipo de libros. En el año 313, el emperador Constantino había
legalizado el cristianismo, pero su tolerancia sólo incluía a la Iglesia
organizada, sobre la cual hizo llover riquezas y privilegios, por no mencionar
las exenciones de impuestos. Los herejes, cristianos que no aceptaban las
doctrinas oficiales, no contaban con ningún apoyo, eran penalizados y
finalmente se les prohibió que siguieran reuniéndose.
Ireneo ya había señalado los cuatro Evangelios de San
Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan como los únicos que los cristianos
debían leer, y su lista acabó por convertirse en política oficial de la
Iglesia. En el año 367, Atanasio, influyente obispo de Alejandría y gran
admirador de Ireneo, emitió una orden que debía ser acatada por todos los
cristianos de Egipto en la que enumeraba 27 textos, entre ellos los cuatro
Evangelios actuales, como los únicos libros del Nuevo Testamento que podían
considerarse sagrados. La lista se mantiene hasta hoy.
No podemos saber cuántos libros se perdieron mientras la
Biblia cobraba forma, pero sabemos que algunos fueron ocultados. Los libros
hallados en Nag Hammadi fueron escondidos en el interior de una sólida tinaja,
alta hasta la cintura, tal vez por monjes del cercano monasterio de San
Pacomio. Uno de ellos habría podido esconder el Evangelio de Judas, que
apareció junto con otros tres textos gnósticos.
Los documentos sobrevivieron durante siglos de guerras y
catástrofes. Nadie los leyó hasta mayo de 1983, cuando Stephen Emmel, que
realizaba en Roma su trabajo de posgrado, recibió la llamada de un colega
pidiéndole que viajara a Suiza para analizar unos documentos coptos que una
misteriosa fuente había puesto en venta. En Ginebra, Emmel y otros dos expertos
fueron conducidos hasta la habitación de un hotel donde se reunieron con otros
dos hombres: un egipcio que no hablaba inglés y un griego que hacía de
intérprete.
«Nos concedieron una media hora para estudiar el contenido de
lo que resultaron ser tres cajas de zapatos, en cuyo interior había unos
papiros en-vueltos en papel de periódico –recuerda Emmel–. No nos permitieron
hacer fotografías ni tomar notas». El papiro estaba empezando a desintegrarse,
por lo que no se atrevió a tocarlo con las manos. Arrodillado junto a la cama,
levantó cautelosamente algunas hojas con unas pinzas y entrevió el nombre de
Judas. Supuso erróneamente que sería una referencia a Judas Tadeo, otro de los
apóstoles, pero aun así comprendió que estaba ante una obra totalmente inédita
y de gran importancia.
Uno de los colegas de Emmel pasó al cuarto de baño para
negociar un trato. Emmel no estaba autorizado a ofrecer más de 50.000 dólares
(42.000 euros de hoy), pero los traficantes pedían 3 millones (2,5 millones de
euros), ni un centavo menos. «Era impensable pagar tanto dinero», dice Emmel,
hoy profesor en la Universidad de Münster, Alemania. Emmel recuerda con pesar
el «hermoso» papiro y lamenta lo mucho que se ha deteriorado desde entonces.
Mientras las dos partes de la negociación almorzaban, él se escabulló y anotó
frenéticamente todo lo que pudo recordar. Ésa fue la última vez que un
estudioso vio el documento en 17 años.
Según los actuales propietarios del Evangelio de Judas, el
egipcio de aquel hotel de Ginebra era un comerciante de antigüedades de El
Cairo llamado Hanna que había comprado el manuscrito a un traficante local, que
a su vez se ganaba la vida localizando piezas de ese tipo. No se sabe
exactamente cómo ni dónde encontró la colección el traficante. Ahora está
muerto, y sus familiares del distrito de Maghagha, a 150 kilómetros al sur de
El Cairo, son extrañamente reticentes a revelar el sitio del hallazgo.
Poco después de que Hanna adquiriera el manuscrito y antes de
poder sacarlo del país, toda su mercancía fue objeto de un robo. Según la
versión de Hanna, los objetos robados fueron sacados ilegalmente del país y
acabaron en manos de otro anticuario. Posteriormente, Hanna logró recuperar
parte del botín, incluido el evangelio.
En el pasado, pocos se habrían preguntado cómo salió de su
país de origen una valiosa antigüedad. Pero hoy, los países ricos en patrimonio
tienen una actitud más proteccionista: prohíben la propiedad privada de piezas
antiguas y controlan rigurosamente su exportación. Los compradores respetables,
como son los museos, intentan asegurarse de que la procedencia de una pieza sea
legítima, estableciendo que no ha sido robada ni exportada ilegalmente.
A principios de los años ochenta, cuando se produjo el robo
de la colección de Hanna, ya era ilegal en Egipto poseer antigüedades sin
registrar o exportarlas sin permiso oficial. No están claros los efectos de
esas leyes sobre el códice, como tampoco lo está su procedencia.
Aun así, Hanna estaba decidido a sacarle el mayor beneficio
posible. Los expertos en Ginebra le confirmaron que era valioso, de modo que el
comerciante viajó a Nueva York en busca de un comprador con dinero de verdad.
La incursión no dio los frutos esperados, por lo que el egipcio regresó a El
Cairo. Pero antes de partir de Nueva York alquiló una caja de caudales en una
sucursal del Citibank en Hicksville, Long Island, donde depositó el códice y
otros papiros antiguos. Allí permanecieron, intactos y enmoheciendo, mientras
Hanna hacía varias tentativas de venta. El precio siempre era demasiado alto.
Finalmente, en abril de 2000, cerró un trato. La compradora
fue Frieda Nussberger-Tchacos, una griega nacida en Egipto que triunfó en el
negocio de antigüedades tras cursar estudios de egiptología en París. Ella no
está dispuesta a revelar lo que pagó, pero admite que la rumoreada cifra de
300.000 dólares (250.000 euros de hoy) «no es la correcta, pero se le acerca».
Pensando que la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la
Universidad de Yale podía estar interesada, dejó su mercancía en manos de uno
de los expertos de la biblioteca, el profesor Robert Babcock.
Al cabo de unos días, cuando salía de Manhattan para coger un
avión de regreso a su casa de Zurich, el profesor la llamó al móvil. Sus
noticias eran explosivas, pero lo que mejor recuerda Frieda Tchacos es su
exaltación: «Me decía: “Es un material increíble; creo que se trata del
Evangelio de Judas Iscariote”, pero yo sólo oía la emoción que vibraba en su
voz». Únicamente más tarde, durante las largas horas de vuelo a través del
Atlántico, Tchacos comenzó a asimilar que verdaderamente era la propietaria del
legendario Evangelio de Judas.
Los griegos creen en el destino, o moira, y durante los meses
siguientes Frieda Tchacos comenzó a sentir que su moira se había entrelazado de
un modo fatídico con Judas, «como una maldición». La Biblioteca Beinecke retuvo
el documento durante cinco meses, pero al final declinó comprarlo, pese al
entusiasmo del profesor Babcock, sobre todo por abrigar dudas acerca de su
procedencia. Así pues, Tchacos renunció a Yale y a otras prestigiosas
universidades y decidió poner rumbo a Akron, Ohio, para entrevistarse con Bruce
Ferrini, un ex cantante de ópera dedicado a la venta de manuscritos antiguos.
Si el rechazo de Yale había sido descorazonador para la
anticuaria, el viaje a Akron resultó ser una auténtica pesadilla. «Mi vuelo
desde el aeropuerto Kennedy fue cancelado y tuve que viajar desde LaGuardia en
una avioneta. Tenía el material cuidadosamente guardado en cajas negras, pero
no me dejaron subirlo conmigo a la cabina». Judas viajó a Ohio en la bodega. A
cambio del manuscrito de Judas y otros documentos, Ferrini entregó a Tchacos un
contrato de compraventa con una de sus empresas llamada Nemo, y dos cheques
posdatados de 1,25 millones de dólares (un millón de euros) cada uno.
Ferrini no ha respondido a las numerosas llamadas telefónicas
realizadas por National Geographic para conocer su versión de los hechos, pero
algunas personas que vieron el manuscrito de Judas cuando estaba en su poder
aseguran que cambió el orden de las páginas. «Quería que pareciera más
completo», señala el experto en copto Gregor Wurst, que está ayudando a
restaurarlo. Se estaban desprendiendo más fragmentos.
Tchacos empezó a dudar del trato a los pocos días de volver a
casa. Su recelo aumentó cuando un amigo llamado Mario Roberty le recordó que
nemo significa en latín «nadie».
Roberty, un ingenioso abogado suizo, conoce el mundo de los
anticuarios y dirige una fundación dedicada al arte antiguo. Según dice, quedó
«fascinado» por la historia de Tchacos y se ofreció gustoso a ayudarla a
recuperar el manuscrito de Judas.
Los sustanciosos talones de Ferrini vencían a comienzos de
2001. Para presionarlo a devolver el códice, Roberty se alió con un crack del
sector de las antigüedades, un ex marchante llamado Michel van Rijn que dirige
desde Londres un influyente portal web desde el cual fustiga sin compasión a
sus numerosos enemigos en el mundo de los anticuarios. Informado por Roberty,
Van Rijn reveló la noticia de la existencia del evangelio y añadió que se
encontraba «en las garras del comerciante de manuscritos Bruce P. Ferrini»,
quien estaba atravesando «graves problemas financieros». Después, con absoluta
crudeza, advertía a los posibles compradores: «Si lo compran, si lo tocan...
¡se las verán con la justicia!».
Recuperación del códice de Judas
Para Roberty, reclutar a Van Rijn «fue decisivo». En febrero
de 2001, Tchacos recuperó el códice de Judas y lo llevó a Suiza, donde cinco
meses más tarde se reunió con Kasser.
En ese momento, declara Tchacos, Judas pasó de ser
una maldición a una bendición. Mientras Kasser comenzaba a descifrar
laboriosamente el significado de los fragmentos del códice, Roberty ideó una
ingeniosa solución al problema de la procedencia: vender los derechos de
difusión y traducción del material, prometiendo a la vez el retorno del
documento original a Egipto. La fundación de Roberty, que actualmente controla
el manuscrito, ha firmado un acuerdo con National Geographic Society.
Liberada de las preocupaciones de marketing, Tchacos ha
empezado a hablar un poco como los místicos. «Todo está predestinado –murmura–.
Yo estaba predestinada por Judas a rehabilitar su nombre».
A orillas del lago Ginebra, en la planta de arriba de un
edificio anónimo, un especialista deposita con sumo esmero un diminuto
fragmento del papiro en el lugar que le corresponde, y parte de una antigua
frase se recupera.
Judas, renacido, está a punto de salir a la luz.
Tomado de National Geografhic
