Dos libros
abordan el ascenso del populismo de derecha como signo del malestar democrático
Chantal
Mouffe señala que el populismo de izquierda es el único camino para detener el
populismo de derecha. La tesis de los politólogos de Harvard Steven Levitsky y
Daniel Ziblatt es opuesta: en lugar de agudizar la oposición, moderarla.
Dos libros
abordan el ascenso del populismo de derecha como signo del malestar
democrático. Aunque enfocados en el primer mundo, iluminan problemas que se
verifican también en América Latina y exploran posibles respuestas.
En Por
un populismo de izquierda (Siglo XXI), la politóloga belga Chantal Mouffe
propone una salida progresista a la crisis hegemónica que atraviesan los países
de Europa Occidental. Compañera intelectual y de la vida de Ernesto Laclau,
Mouffe sostiene que la aceptación acrítica de la globalización neoliberal por
parte de las socialdemocracias europeas inauguró una era de “pospolítica”
caracterizada por el vaciamiento de la soberanía popular y la limitación del
rol de las instituciones que, como los parlamentos, debían ser los depositarios
últimos del mandato social. Mouffe piensa en la Europa de la Troika: no importa
a quién –ni qué– se vote, la política económica es la misma porque la autoridad
real reside en Bruselas y Frankfurt.
La
consecuencia de este “consenso centrista” es la desafección política verificada
en el aumento del abstencionismo y la emergencia de los populismos de derecha
que vienen prosperando en casi todos los países de Europa (el Frente Nacional
en Francia, el Partido por la Independencia en Gran Bretaña, Vox en España,
Alternativa por Alemania, etc), que probablemente arrasen en las euroelecciones
de este año.
Al
populismo de derecha solo cabe oponerle uno de izquierda, tal la tesis central
del libro de Mouffe. Para ello recurre a la definición clásica de Laclau, que
concebía al populismo como una “estrategia discursiva” de construcción de una
frontera política que divide a la sociedad en dos campos enfrentados y convoca
“a los de abajo” contra “los que tienen el poder”. Desde esta perspectiva, el
populismo no configura un tipo de régimen específico ni una ideología
determinada (puede ser de derecha, por ejemplo contra los extranjeros, o de
izquierda, contra la oligarquía); es simplemente una forma de acumular poder,
un modo de construcción política. Mediante la articuación de una “cadena de
equivalencias” que eslabona diferentes demandas insatisfechas, el populismo de
izquierda es el único camino para desmontar la formación hegemónica neoliberal,
ampliar la democracia y frenar al populismo derecha.
Teóricamente irreprochable, el planteo de Mouffe comienza a emitir chirridos
conforme se acerca a la realidad. Sucede que todos los ejemplos de populismo de
izquierda que ofrece se encuentran lejísimos, lejos o un poco más cerca del
gobierno, pero nunca en el poder: Jean-Luc Mélenchon en Francia, Die Linkie en
Alemania, el Laborismo de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña y Podemos en España. La
única propuesta de estas características que llegó al gobierno es Syriza,
aunque la autora se encarga de aclarar que una vez allí Alexis Tsipras se vio
obligado a aplicar, bajo la mirada acerada de la Troika, un programa económico
opuesto al prometido en la campaña.
En
rigor, la región en donde el populismo de izquierda hizo realmente pie es
América Latina. Mouffe lo sabe, pero aclara que prefiere limitar su análisis a
los países de Europa Occidental porque son los que mejor conoce. Y aquí aparece
otro problema. A diferencia de Laclau, que se mostraba entre negador y displicente
en relación al tema, Mouffe insiste una y otra vez con que su propuesta no
implica un rechazo a la democracia liberal ni la anulación de aquellos factores
que la animan (menciona el Estado de derecho, la división de poderes, las
libertades individuales y el multipartidismo).
Sin
embargo, si algo demuestra la experiencia latinoamericana reciente es que la
democracia liberal y el populismo conviven mal. El caso de Venezuela, donde los
aspectos que menciona Mouffe se encuentran amenazados, erosionados o
directamente anulados, resulta ilustrativo. Y si en Venezuela la división de
poderes ha desaparecido, las libertades individuales están dañadas y las
elecciones cuestionadas, en Bolivia Evo Morales optó por ignorar el mandato
popular que rechazó en un plebiscito convocado por él mismo la posibilidad de
que aspire a un nuevo período de gobierno. Líder de una gestión socialmente
inclusiva, económicamente sensata y absolutamente transparente, Evo decidió,
sin embargo, seguir un camino opuesto al de Hugo Chávez, que cuando perdió el
primer referéndum por su reelección optó por convocar a otro, y prefirió forzar
un fallo del Tribunal Constitucional que lo habilite a disputar nuevamente la
Presidencia, lo que demuestra que a veces los populismos no sólo ponen en peligro
el costado liberal de la democracia sino también el principio de soberanía
popular.
Al otro
lado del Atlántico, los politólogos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt
ofrecen un diagnóstico diferente para la misma preocupación en su nuevo libro,
Cómo mueren las democracias (Ariel). Allí advierten sobre el ascenso de líderes
populistas, tanto de derecha como de izquierda, definidos como aquellos que
tratan a los opositores como enemigos, intiman a la prensa, amenazan con
impugnar los resultados electorales que no los satisfacen, manipulan la
justicia y usan a su favor los organismos de inteligencia. La bolsa comparativa
es tan grande que, aunque el eje es el horror que les produjo el triunfo de
Trump, no dudan en meter allí a Hugo Chávez y Viktor Orbán, a Vladimir Putin y
Rodrigo Duterte, a Daniel Ortega y Recep Erdogan.
La
tesis central es que en el siglo XXI las democracias no mueren de un único
disparo letal sino que se van desangrando lentamente. Lejos del modelo de toma
del poder por parte de los militares o los revolucionarios propio del siglo
pasado, que permitía establecer un corte nítido, casi diríamos fechar el
momento en el que el Chile de Allende o la Argentina de Isabel Perón dejó de
ser una democracia, hoy no existe un único momento en el que un régimen cruza
esa línea ardiente: la democracia comienza a morir, a menudo sin que nadie se
dé cuenta, cuando un demagogo irresponsable es elegido presidente o primer
ministro, y luego emprende la tarea de socavar desde adentro los mecanismos que
garantizan la democracticidad de la democracia.
Este
enfoque, útil para describir los mecanismos silenciosos que le van quitando
progresivamente el sentido a un régimen democrático, deja abiertos dos
problemas: el primero es que no identifica de manera clara la frontera que
separa una democracia de una no-democracia, más allá del nombre con que se
designe a este otro tipo de régimen (“autoritarismo”, “autoritarismo competitivo”,
“democradura”, “democracia i-liberal” o lo que sea), lo que resulta
comprensible desde el punto de vista académico pero bastante inconducente desde
el punto de vista de político.
Pero
además Levitsky y Ziblatt apenas se refieren al origen de las derivas
populistas que tanto los escandalizan: al centrar su análisis en el proceso de
deterioro democrático y en las estrategias para evitarlo, pierden de vista las
condiciones que lo iniciaron, lo que Mouffe define como el “núcleo democrático”
de demandas insatisfechas: no explican por qué los rednecks norteamericanos o
los agricultores franceses abandonaron al Partido Demócrata o al Partido
Socialista para inclinarse por Trump y Le Pen. Como el macrismo con la
inseguridad, miran las consecuencias pero no las causas.
Los
dos libros coinciden en que la crisis del 2008 marcó un punto de inflexión, el
momento en que las democracias occidentales ingresaron a una nueva etapa, y
plantean diferentes respuestas.
Mouffe
argumenta que el camino para enfrentar al populismo de derecha no es
descalificar a sus partidos y líderes, ni mucho menos a sus votantes; hacerlo
implica ignorar la responsabilidad de las fuerzas progresistas, en particular
las socialdemócratas, en su crecimiento, y también implica desconocer la fuerza
democrática de las demandas sociales que están en el origen de estas nuevas
formaciones. Para la autora, excluir a los extremistas, aislarlos
sanitariamente de los “buenos demócratas”, por ejemplo a través de alianzas
bipartidistas salvadoras de la democracia, puede ser moralmente reconfortante
pero no lleva a ningún lado.
Por
eso, como señalamos, propone un populismo de izquierda, un movimiento que
reconozca el carácter democrático de los reclamos, los articule y los
transforme en una fuerza de orientación progresista, aunque no aclara cómo
proceder cuando la demanda consiste en patear a los mexicanos al otro lado de
la frontera, prohibirles a los árabes que utilicen los servicios educativos y
de salud o endurecer las penas para los delincuentes. Frente a ello, Mouffe
simplemente sostiene que “un enfoque populista de izquierda debería
proporcionar un vocabulario diferente para orientar esas demandas a objetivos
más igualitarios”.
La
respuesta de Levitsky y Ziblatt es la opuesta: en lugar de agudizar la
oposición, moderarla; en vez de enfrentar al populismo de derecha con uno de
izquierda, bloquearlo; más que abrir la democracia, cerrarla. Utopistas del
centro, sostienen que la tarea no pasa por impedir el surgimiento de líderes
populistas, lo cual es imposible, sino por utilizar todos los mecanismos
institucionales y partidistas a disposición para frenarlos. La clase política,
y en especial los partidos, es la encargada de detener a los demagogos
manteniéndolos alejados de los puestos de poder, rechazándolos como socios y,
llegado el caso, uniéndose, más allá de las ideologías, para derrotarlos, como
de hecho sucedió en Francia en dos ocasiones: en 2002, cuando los socialistas
de Lionel Jospin aceptaron votar “con la nariz tapada” al gaullista Jacques
Chirac para evitar el triunfo de Jean-Marie Le Pen, y en 2015, con la victoria
de Emmanuel Macron contra Marine Le Pen. Una solución elitista para los problemas de la democracia.
Por
supuesto, los autores no aclaran qué sucede si luego de neutralizar a un
demagogo aparece otro, y luego otro más, ni tampoco qué hacer cuando el bloqueo
sale por la culata, a pesar de que la experiencia reciente es en este aspecto
bastante ilustrativa: en la interna demócrata de 2016, la cúpula partidaria
cerró filas detrás de la candidatura de Hillary Clinton y, con el apoyo de Wall
Street, recurrió a todos los medios a su alcance para evitar un triunfo de
Bernie Sanders, considerado demasiado radical. El resultado fue la derrota de
la desangelada y ultrasistémica candidatura de Clinton en manos de Trump.
Resumamos. Tras varias décadas de funcionar razonablemente bien, los sistemas
políticos del primer mundo crujen, desafiados por el descontento de crecientes
sectores sociales, el desamor institucional y la emergencia de líderes de
dudosa vocación democrática. Con sus aciertos y sus puntos ciegos, los libros
de Mouffe y Levitsky-Ziblatt constituyen los primeros intentos por ofrecer un
diagnóstico articulado y una posible respuesta a un problema que, como demostró
la reciente elección de Jair Bolsonaro en Brasil, también acecha a América
Latina. Tomado de Página 12 / Argentina.
* Director de
Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur.
