Una palabra que define a mi generación es “antimperialismo”.
Expresaba un deseo de independencia y autodeterminación. La Revolución cubana
se convirtió en la panacea para ese sentimiento. Pero hoy ya no se trata de
escoger entre izquierda o derecha, sino entre autoritarismo o democracia.
Por SERGIO RAMÍREZ *
Este es el primer ensayo de Revolución
60, una serie que conmemora el sexagésimo aniversario de la Revolución
cubana. Esta sección reunirá a escritores, intelectuales, artistas,
protagonistas, disidentes y partidarios de la Revolución para discutir su papel
en el desarrollo histórico de América Latina y sus relaciones con Estados
Unidos en los últimos sesenta años.
MANAGUA — Los guerrilleros enmontañados en la Sierra
Maestra fueron míticos en mi adolescencia. Escuchar a escondidas la cubana
Radio Rebelde en las noches de Managua, haciendo girar el dial hasta
localizar la estación clandestina en onda corta, se volvía un ritual. En las
fiestas era prohibido que las orquestas tocaran el himno “Sierra Maestra”
cantado por Daniel Santos. Aparecían las banderas rojinegras del Movimiento 26
de Julio en los árboles y los soldados del ejército de la dinastía Somoza
subían rabiosos a arrancarlas. Era la misma bandera que Sandino había
enarbolado en las montañas de las Segovias, en Nicaragua, y que había conocido
en sus años en México como símbolo de los anarcosindicalistas.
Si busco una palabra que defina a mi generación, la del medio
siglo, es “antimperialismo”. Estaba de alguna manera en nuestros genes
tropicales, y estaba en el aire cargado de pólvora y en el fermento de rebeldía
que crecía en los movimientos estudiantiles de izquierda desde las
universidades. También en las lecturas de iniciación, Escucha, yanqui del
sociólogo estadounidense C. Wright Mills y en Los condenados de la
tierra de Frantz Fanon, a la par del anticolonialismo. Pero sobre todo
definió la imagen que nos hicimos de la Revolución cubana como la gran panacea
de liberación de los pueblos oprimidos.
El 8 de enero de 1959, Fidel Castro pronunció un discurso a
sus seguidores en Columbia, la base militar de Fulgencio Batista, ahora llamada
Ciudad Libertad. CreditAssociated Press
El 1 de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista huyó de Cuba,
la tradicional procesión de varones católicos que culminaba en la Plaza de la
República en Managua, frente a la catedral metropolitana, se convirtió en un
verdadero mitin de celebración, y las voces clamaban en coro que el próximo en
salir sería Luis Somoza Debayle. ¿Si cayó Batista por qué no iban a caer los
Somoza?
Era algo más que la fe en una reacción en cadena. La lucha de
seis años de Augusto César Sandino, entre 1927 y 1933, contra las tropas de
ocupación de Estados Unidos, había plantado un ejemplo de antimperialismo entre
los jóvenes; y en 1954, poco antes del triunfo de la Revolución cubana, el
gobierno legítimamente electo del coronel Jacobo Arbenz en Guatemala había sido
derrocado mediante una conspiración dirigida desde Estados Unidos y orquestada
por los hermanos Dulles. Allen Dulles era jefe de la CIA y a la vez miembro del
consejo directivo de la United Fruit Company, y su hermano, John Foster Dulles,
el secretario de Estado estadounidense durante el gobierno de Dwight Eisenhower
y abogado de la misma compañía, a la que Arbenz había expropiado unas tierras ociosas para su
programa de reforma agraria.
Agravios había suficientes, y la idea de imperialismo era
inseparable de la idea de dictadura. En julio de 1956, cuando se celebró en
Panamá la Cumbre de las Américas, la mayoría de los presidentes que
rodeaba al general Eisenhower pertenecían al mismo zoológico de dictadores: el
general Fulgencio Batista de Cuba, el general Anastasio Somoza de Nicaragua, el
coronel Carlos Castillo Armas, impuesto en Guatemala en lugar de Arbenz; el
general Paul Magloire de Haití, el general Marcos Pérez Jiménez de Venezuela,
el generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo de República Dominicana, Manuel
Prado del Perú, el general Alfredo Stroessner de Paraguay. Todos provenían de
golpes de Estado o de elecciones fraudulentas y todos eran aliados
incondicionales de Estados Unidos en plena Guerra Fría, campeones del
anticomunismo.
El sentimiento antimperialista era parte esencial del
imaginario político latinoamericano, en cuyo revés se leía soberanía,
independencia, autodeterminación. La Revolución cubana interpretó con creces
ese sentimiento, bajo la consigna de Fidel Castro de que había que convertir la
cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América Latina; y, así, en
aquel mismo año de 1959 se dio una inmediata oleada de desembarcos
guerrilleros, apoyados por Cuba, en Nicaragua, Panamá, Haití, República
Dominicana y Venezuela.
Ganar el poder por las armas y desmantelar una dictadura
corrupta como la de Batista en Cuba significaba el inicio de un proceso que no
podía ser sino radical y la expropiación en 1960 de las compañías de capital
estadounidense no era solo una reivindicación política, era un acto de
soberanía: al transferirse las empresas extranjeras a manos del Estado, la
plusvalía se invertiría a favor de los pobres. Esa era una conclusión política
económicamente errónea, pero entonces tenía más peso la retórica encendida.
Las imágenes estaban a mano y resultaban eficaces: era el
imperialismo el que había sostenido a Batista, el que había convertido a Cuba
en un gran casino de juego y en un burdel, el responsable de la miseria y del
analfabetismo. Todo eso es lo que la Revolución iba a cambiar.
Las expropiaciones en Cuba generaron el embargo económico,
comercial y financiero impuesto por Estados Unidos el mismo año, pero, otra
vez, la respuesta fue retórica: el pueblo, con organización, voluntad y
disciplina, sería capaz de vencer todos los escollos. Y conformarse con la
libreta de racionamiento.
Cuando al producirse en 1961 la invasión de Bahía de Cochinos
—o Playa Girón, para los cubanos—, organizada y armada por Estados Unidos con
la complicidad de Guatemala y Nicaragua, Fidel Castro proclamó el socialismo
ante los micrófonos, este concepto se volvió indisoluble con el de
antimperialismo. En el imaginario de la izquierda latinoamericana, la
declaración venía a ser una respuesta lógica frente a la agresión.
David se defendía contra Goliat y el hecho de que Cuba se
hallara apenas a 90 millas de distancia de Estados Unidos, le daba un carácter
heroico al desafío. De allí en adelante, la creación en 1965 del Partido
Comunista como fuerza política única, el socialismo reivindicador transformado
en doctrina marxista-leninista, la alineación estratégica con la Unión
Soviética a partir de 1962, entraron de manera acrítica en el imaginario de la
izquierda, vistas como medidas defensivas y de protección de un proceso de
liberación que de otra manera sería avasallado: Cuba sí, yanquis no.
La supresión de la libertad de pensamiento y opinión, la
falta de medios de comunicación independientes, la prohibición de organizar
partidos políticos, de entrar y salir libremente del país y todas las demás
carencias democráticas quedaban sepultadas por la avalancha retórica que
privilegiaba la democracia popular y desechaba la democracia representativa
como parte de la oscura herencia del Estado burgués y proimperialista,
contrario al socialismo.
Este sentimiento de adhesión generalizado en la izquierda,
cobijaba también a los intelectuales latinoamericanos casi sin excepción,
incluidos los escritores del boom. Ser de izquierda era ser antimperialista y
cuando se decía “intelectual comprometido”, implicaba un compromiso con la
izquierda y con la Revolución cubana misma.
Las rupturas ocurrirían más tarde, cuando en marzo de 1971 el
escritor Heberto Padilla fue encarcelado a raíz de una lectura de sus poemas en
la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y luego obligado a una
infame confesión pública de sus pecados, entre ellos su propia obra literaria.
Pero ya antes se habían presentado otros factores de tensión:
la persecución contra los homosexuales y su internamiento
en campos de concentración, la invasión de las tropas soviéticas a
Checoslovaquia en 1968, respaldada por Fidel Castro. El primero en caer en los
dientes de la trituradora fue el escritor mexicano Carlos Fuentes, acusado
desde Casa de las Américas de “frívolo, cobarde y oportunista”.
Bajo la propuesta maniquea de que estar en contra de Cuba era
estar a favor del imperialismo, muchos intelectuales de izquierda siguieron
siendo defensores de la Revolución cubana. Sin embargo, creció cada vez más el
número de quienes asumieron una posición crítica y desencantada.
El triunfo de la Revolución sandinista en Nicaragua en
1979, revivió el fervor de la izquierda y atrajo el apoyo de intelectuales y
escritores que se habían decepcionado de la Revolución cubana. Y, mientras
tanto, la posición antagónica del gobierno de Ronald Reagan contra el
sandinismo, al punto de armar y financiar a las fuerzas de la contra, renovó
también el imaginario de David contra Goliat y el viejo antimperialismo.
De adolescente me encandiló la Revolución cubana, y buena
parte de mi juventud la entregué a la Revolución sandinista, con lo que hubo en
mi vida dos revoluciones, algo fuera de lo común.
Hoy en día ya no es posible hablar de intelectuales
comprometidos como sinónimo de intelectuales de izquierda, pues las escogencias
han cambiado.
El socialismo del siglo XXI, símbolo de la tercera revolución
socialista en América Latina, nunca llegó a ser un paradigma ni el fallecido
presidente venezolano Hugo Chávez, un héroe universal del antimperialismo,
salvo para los partidos y movimientos de la izquierda tradicional agrupados en
el Foro de São Paulo, con una línea oficial bien demarcada.
Cuba, Nicaragua y Venezuela, representan modelos obsoletos,
cuestionados precisamente por encarnar dictaduras militares que violentan los
derechos humanos y han fracasado en crear bienestar eliminando la pobreza, como
se supone era el propósito de las revoluciones.
La escogencia hoy no es entre revolución o imperialismo, sino
entre autoritarismo y democracia. Y surge para mí otra elección insoslayable,
entre izquierda democrática e izquierda autoritaria.
*Sergio Ramírez es novelista y ensayista. Fue revolucionario
sandinista y vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990. En 2017 fue
galardonado con el premio Cervantes.
Tomado de The New York Times
