ETD/ El coordinador nacional de Juntos, la Venezuela que
viene y miembro de la Concertación por el Cambio, Enrique Ochoa Antich, dio a conocer una carta que dirigió al presidente Nicolás Maduro en la que le
señala, entre otras cosas, que es hora de que se marche de Miraflores. Ochoa
A. le dice ,además, que debe ser triste
saber que será recordado por la posteridad como “el peor presidente de toda
nuestra historia”.
El texto íntegro de la carta.
2 de enero
de 2019
Nicolás
Maduro
Presidente de hecho de Venezuela
Palacio de Miraflores
Ciudad.
Presidente de hecho de Venezuela
Palacio de Miraflores
Ciudad.
Debe ser triste, muy triste, haber ocupado la primera
magistratura de la república y saber que se será recordado como el peor
presidente de toda nuestra historia (tal vez sólo comparable con aquella
nulidad que fue Julián Castro, con la diferencia de que la administración de
éste fue brevísima y por tanto sus daños menores, mucho menores que los que
usted le ha ocasionado a la nación). Millones, óigase bien, millones de
compatriotas han visto mermada su vida hasta niveles cercanos a la indigencia.
Se escribe fácil, pero hay que colocarse un rato en los zapatos de esos seres
humanos para calibrar el drama al que nos ha conducido una gestión de gobierno
ideologizada, inepta y corrupta como la suya. Aunque es evidente que los males
de hoy tienen su génesis en lo que me gusta llamar los cinco ismos de Chávez:
autoritarismo, centralismo, militarismo, estatismo, y populismo, no es menos
cierto que tuvo usted la oportunidad de producir una histórica rectificación
(que hoy se le agradecería, como a López Contreras al final se le terminó por
agradecer su lenta pero eficaz ruptura con la larga noche gomecista)… pero no
lo hizo, pusilánime frente a sus propios extremistas del izquierdismo infantil
del que hablara uno de los clásicos del socialismo, como recordará.
Usted y yo compartimos durante más de dos décadas la denuncia
y el combate -en la opinión, en la calle, en nuestros barrios- de los males del
así llamado puntofijismo. Tal vez nuestra diferencia residía en que yo también
valoraba sus rasgos positivos, las grandes conquistas populares, la democracia
misma (limitada y restringida pero democracia), y el hecho histórico que alguna
vez me reconoció Moleiro: que los primeros tres gobiernos de la democracia, más
allá de la mácula que significó en particular para el segundo de ellos la
violación masiva y sistemática de los derechos humanos, “entregaron un país en
progreso y en orden” (en progreso pero aparente y en desorden también lo
entregó Pérez en su primera administración). Pero al final teníamos razón:
corrupción, violación de los derechos humanos (masacre del 27F como evento
emblemático), deuda pública, pobreza, precariedad de los servicios públicos, y
un largo etcétera, caracterizaron en particular al puntofijismo desde 1973
hasta 1998.
No es verdad, como cierta oposición bobalicona acostumbra
decir, que éramos felices y no lo sabíamos. No. Si así hubiese sido, no
habríamos sido hechizados como pueblo por la demagógica prédica de un
aventurero como Hugo Chávez (y me disculpan mis amigos chavistas que sea tan
directo). Aquí otra diferencia entre nosotros: usted creyó a pie juntillas en
aquella demagogia y yo, por contrario, rompí con el curso natural de la
izquierda que conducía a los brazos del autócrata. Fueron los únicos comicios
presidenciales en los que me he abstenido. Puedo constatar que era natural que
quienes adversábamos la creciente degradación del sistema por aquellos años,
procuráramos aprovechar el caudal de votos que la necedad, la torpeza y la
inmoralidad de la clase política dominante de entonces había empujado a las
arcas electorales de Chávez (por múltiples razones históricas, culturales y hasta
antropológicas que no es el caso comentar aquí).
¿Pero quién en su sano juicio puede discutir que todos los
males del puntofijismo, superables por cierto dentro de los límites del sistema
democrático de entonces, han terminado por ser un juego de niños comparados con
las trágicas atrofias que el chavismo-madurismo ha terminado por imponerle a la
nación?
¿Acaso no somos menos democráticos hoy, cuando partido y
Estado se han convertido en una sola cosa, cuando los Poderes Públicos han
perdido de un todo la que ya era antes precaria autonomía, cuando los dineros
públicos han sido privatizados por el complejo político/financiero de la clase
burocrática chavista-madurista, cuando la Fuerza Armada ha sido ultrajada en su
honor al ser trastrocada por una sumisa camarilla militar en obediente
instrumento al servicio de una nueva oligarquía dizque socialista (la
oligarquía roja)? ¿No se vulneró así, al violentar de modo tan protuberante la
Constitución que ustedes mismos se dieron, la propia legitimidad del régimen,
ésa que terminó usted de patear cuando tuvo la insana ocurrencia de convocar a
una pretendida Asamblea Nacional Constituyente para usurpar todo el poder cual
dictador? ¿Hay duda acaso en que la corrupción, hoy pedestre saqueo del tesoro
público, se ha potenciado hasta límites que constituyen para los venezolanos
una vergüenza planetaria? ¿No es acaso cierto que la vida de los más pobres de
esta patria mancillada, si mejoró durante los primeros años de gobierno de
Chávez, gracias a una dadivosa e improductiva transferencia directa de capital
petrolero, aquí y ahora está más menguada que nunca? ¿No hay más hambre,
violencia, más pobreza que antes, más muertes por enfermedades prevenibles? Los
servicios públicos, esa democratización eficaz de la riqueza que ellos de suyo
son o pueden llegar a ser, ¿no padecen hoy el mayor colapso de toda nuestra
historia? ¿No se encuentra nuestra economía postrada como nunca antes,
decrecida la industria nacional, sumida la sociedad toda en un delirante
proceso hiperinflacionario, incrementada penosamente la deuda pública externa
(incluyendo ¡la de PDVSA!, para perplejidad de propios y extraños, luego de los
más altos precios petroleros de que se tenga memoria), caída la producción
petrolera a mínimos históricos, devastada la producción agrícola y pecuaria?
¿Cuántos planes fallidos se han estrellado ante el rocoso muro de su
incompetencia, cuántas autoridades especiales han naufragado en un turbio
lodazal de sobornos y cohechos, cuántas inútiles reconversiones más se requieren
antes de que usted se dé cuenta de que el problema al final son ustedes, los
capitostes del chavismo-madurismo, su trasnochada e ineficiente ideología y la
más colosal pérdida de confianza que los distingue? ¿Hasta cuándo, Maduro?
Esto que aquí digo es compartido por buena parte de la claque
que le aplaude. A mis amigos chavistas suelo hacerles la siguiente pregunta: si
en 1998 ustedes hubiesen tenido en su poder una bola de cristal, y allí se
hubiese visto presagiado este porvenir que padecemos hoy, ¿habrían respaldado a
Chávez? Suelo encontrar por respuesta un ruidoso silencio. Eso fue lo que me
pasó a mí durante aquel último almuerzo que tuve con él, a finales de 1997,
cuando me pidió que formara parte de sus planes y yo le respondí que no podía
hacerlo porque yo creía en la economía de mercado y él no. Esos amigos
chavistas saben que usted y su círculo íntimo están achicharrando en el
gobierno lo que queda de su proyecto político y quisieran apostar por la
posibilidad, como hicieron los comunistas de Europa oriental casi todos con
éxito, de reconvertirse, actualizarse, salir a la calle, irse a las duchas un
tiempo (como les pedía Cabrujas a AD y COPEI a finales de los 80), a ver si
así, en el fragor de ser oposición, consiguen reconstruir sus sueños, tal vez
moderarlos a raíz de la experiencia de haber sido gobierno, para intentar
regresar al poder más adelante.
Falta que sus cercanos le digan, como cuentan que Llovera lo
hizo con Pérez Jiménez, lo mismo que en realidad le grita a voz en cuello la
clamorosa mayoría nacional: ¡Hora de irse, Nicolás! Sé que en la oposición
pululan grupetes y sectas extremistas que le proponen un diálogo a partir de
que usted mismo vaya y se encierre con los suyos en un calabozo de máxima
seguridad en Texas y arroje las llaves al desierto, luego de la invasión de
marras. Pero usted sabe que también, inspirados en ejemplos como los de los
demócratas chilenos frente a Pinochet, o de los socialistas y comunistas
españoles frente al franquismo y el nuevo rey, o el de Mandela aún prisionero
frente a sus carceleros racistas del apartheid, o el de los obreros de
Solidaridad en Polonia y los 77 de la afamada carta en Checoeslovaquia ante sus
regímenes totalitarios comunistas (estos sí totalitarios de veras), hay aquí
quienes queremos entablar unas negociaciones que a partir del perdón y de la
reconciliación y de modos de justicia transicional, y asegurándoles el porvenir
político al que tienen derecho como hijos de esta misma patria, logren una
transición pacífica, democrática, electoral, constitucional, civil y nacional
(esto es, sin injerencias ni tutelajes extranjeros) que nos permitan acceder
como nación a una democracia plena y a niveles de progreso social para todos
que es lo que, a fin de cuentas, todos anhelamos. Ojalá este 2019 le permita
esclarecer sus entendimientos en vez de ensimismarse en sus propios y repetidos
errores, que no sé si se da cuenta pero sólo están destruyendo hasta como
conglomerado social a esta Venezuela nuestra tantas veces traicionada.
No debe olvidar que otras fuerzas telúricas menos
comprensivas se mueven en la humanidad dolida de la nación. Unas que rechazo
con toda mi fuerza venezolanista, mendigantes indignas de una intervención
militar de fuerzas extranjeras que ultraje nuestra dignidad de pueblo independiente
y civilizado. Otras que bullen en las entrañas de un pueblo pacífico pero
altivo que más de una vez ha dado muestras de lo que es capaz cuando pierde la
paciencia. Y también están aquéllas que, vista la sorprendente incapacidad de
nuestra clase política, tanto en el gobierno como en la oposición, para
encontrar caminos de concordia que permitan una resolución pactada de la grave
crisis que agobia a la república, pueden sublevarse desde nuestros cuarteles
con las armas en la mano contra ambos estamentos, en particular contra sus dos
extremismos, y no sin razón. Ojalá el diálogo y la negociación, sobre la base
de una disposición de todos a ceder y a reconocer al otro, impidan que
lleguemos a estos abismos.
Todavía tiene usted el chance de ser recordado como el
presidente que reconoció sus limitaciones, personales y de su proyecto
político, y buscó en la alternabilidad republicana la transición democrática
que Venezuela le reclama, y no como el político empecinado que sólo por
ambición de poder y por la inmerecida ilusión de ser el gran presidente que no
es ni será, condujo al país a su devastación casi absoluta. La escogencia es
enteramente suya.
Con algo de buena voluntad, según el augurio de Lucas, el
evangelista, 2019 puede ser el año en que abramos las puertas al cambio en paz
que todos deseamos. Nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, así nos lo
reclaman desde el tiempo infinito. Es posible. Los venezolanos podemos.
Entonces, que así sea.
