Páginas vistas en total

Frauke Petry: 'Hay que desmantelar la UE para salvar Europa'

Crónica del viaje a la cumbre de Coblenza, 1

Tomado de La Gaceta

La Unión Europea –nos dice Frauke Petry- ha ido convirtiéndose en un sistema regido por tecnócratas e ingenieros sociales que coartan la libertad personal. En nombre de la “diversidad”, los tecnócratas están erosionando la libertad y la identidad de los europeos.
José Javier Esparza (Coblenza, Alemania)


Hace diez años, los llamados “euroescépticos” eran unos señores que intentaban romper unos con otros en el marco de las instituciones comunitarias. Hoy, son un grupo bien avenido de partidos del corazón del continente que aspiran a desmantelar el entramado de Bruselas en nombre de la propia Europa. Protagonistas: el Partido por la Libertad del holandés Wilders, el Frente Nacional de la francesa Marine Le Pen, la Alternativa por Alemania de Frauke Petry, el Partido de la Libertad austríaco, la Liga Norte italiana…
En efecto, no están contra Europa: son Europa y, aún más, reivindican ser la verdadera Europa, esa que ha sido traicionada por la burocracia de Bruselas. Y tienen grupo propio en el parlamento de Estrasburgo: Europa de las Naciones y las Libertades, donde a los mencionados partidos se añaden el Vlaams Belang flamenco, el Congreso de la Nueva Derecha polaco y dos europarlamentarios independientes, uno rumano y la otra británica. Todos ellos estuvieron en Coblenza, Alemania, el sábado 21 de enero, acogidos a la hospitalidad de Frauke Petry. Como invitado especial, una pequeña delegación del partido español VOX.
¿Qué ha cambiado en estos años para que la hostilidad hacia la Unión Europea pueda enunciarse ya no contra Europa, sino precisamente por ella, para salvaguardarla? Dos cosas fundamentalmente. La primera, una descabellada política de inmigración que en pocos años ha llenado nuestras ciudades con una población de cultura ajena, estructuralmente contraria a los principios de la cultura europea, y que ha dado lugar a un estado de violencia civil permanente. La segunda, una política económica orientada a hacer de la Unión Europa algo así como un “pueblo Potemkin” de la globalización, como aquellas bonitas aldeas de atrezzo que el ministro ruso Potemkin hacia levantar al paso de la emperatriz Catalina para alegrar los ojos de su majestad cuando transitaba por sus dominios, y que eran desmantelados inmediatamente después; la crisis financiera mundial de 2008 ha hundido el decorado del pueblo Potemkin de la Europa global, y lo que ha quedado al descubierto es un escenario de ruina con paro creciente, trabajo precario, pérdida acelerada de nivel adquisitivo, deuda pública desorbitada… Por primera vez desde que acabó la segunda guerra mundial, los europeos tienen la certidumbre de que la generación siguiente vivirá peor que la actual. El milagro que creó la gran Europa del bienestar se desvanece y lo que emerge es la imagen del malestar generalizado. Esa imagen sórdida no se ve desde las alturas de la elite global, pero se vive de manera dramática en el suelo. Es el pueblo quien se revuelve. A los que le dan voz los llaman “populistas”.

La hostilidad del establishment

El movimiento crece, pero las presiones del establishment son verdaderamente insólitas: hostilidad mediática generalizada, hostilidad institucional sin recato, hostilidad bancaria (por ejemplo, el Frente Nacional es el único partido de Francia al que ningún banco prestará dinero para la campaña de las presidenciales), hostilidad de la izquierda pro inmigración… Este encuentro de Coblenza fue un perfecto ejemplo de la animadversión del sistema hacia la nueva derecha identitaria europea. Relevantes personalidades políticas llamaron públicamente a impedirla. Una gran manifestación –que finalmente resultó bastante pequeña- se apiñó en la puerta de la sala de congresos de la vieja ciudad renana con el objetivo de no dejar entrar a los participantes. Desde la noche anterior, cuando los anfitriones agasajaron a sus huéspedes con un bien medido ágape en un pintoresco restaurante local, las medidas de seguridad eran sencillamente asombrosas: vehículos especiales para los traslados (a toda velocidad), decenas de guardaespaldas y policías, controles de la fuerza pública en todos los accesos, riguroso control de los invitados… Nada extraño: hace meses que Alemania vive la misma tensión antiterrorista que el resto de Europa. Pero aquí, además, estaba la tensión creada por la izquierda local.
Hablemos del ágape, que es seguramente el asunto del que nadie más va a hablar. Situémonos: la vieja Renania (Maguncia, Wiesbaden, todo eso), varios grados bajo cero, la humedad del Rhin helándote los huesos, campos nevados y árboles que agitan sombras en la noche, un hermoso villorrio de calles estrechas, una dotación policial en cada esquina y, de pronto, una vieja casona con ancho patio de caballerizas. Por ahí hay que entrar. Los automóviles llegan, escupen a sus ocupantes y a toda velocidad desaparecen: protocolo de seguridad. En el patio, varias fogatas a pleno rendimiento: hace un frío que pela y hay demasiada gente velando ahí fuera hoy. Los invitados pasan al interior de la casona. Yo me quedo un momento a la intemperie, con los guardaespaldas. He escuchado a alguien que había avisos del ministerio del Interior y quiero verificarlo. Y para eso, nadie mejor que ellos.
A los guardaespaldas les caen bien los tipos con parche: un par de palabras en un inglés que debe más a las películas de Jason Statham que a la escuela de idiomas, un cigarrillo negro en plan cuartelero y el resto ya es darle a la lengua entre monosílabos, gruñidos y sobreentendidos. “Me han dicho que hay muchos avisos de la policía”, les chapurreo. Se miran entre sí, desconfiados. “¿Quién se lo ha dicho?”, me pregunta uno que parece recién llegado de arrasar Inglaterra con Ragnar Lodbrok. “El staff”, le respondo, neutro. Sí, en efecto –me confirman-: cuatro advertencias, en diferentes grados de persuasión, para que el encuentro no se celebre, para que nos cambien de hotel, para que se suspenda la cena, para que… Se les ve irritados: no es grato verte acosado en tu propia casa. Termino el cigarro y la charla, dejo a los guardaespaldas con un gélido apretón de manos (“españolo”, dice uno), paso al interior y allí hay todavía más seguridad: policías alemanes y franceses que forman parte del dispositivo de Marine Le Pen y de la escolta que el Gobierno federal le ha puesto a Frauke Petry para este acto. El local es pintoresco: una vieja bodega de paredes abovedadas en piedra vista, habilitada hoy como restaurante “con encanto”. Decoración de palacete de caza del siglo XVII. Y al fondo, ella: Frauke Petry.

El milagro de Frauke Petry

Frauke Petry es una mujer asombrosa. Nacida en la Alemania comunista (Dresde, 1975), científica de gran prestigio, doctora en química, farmacología y toxicología, creadora de una empresa de poliuretanos laureada por su preocupación ecológica, condecorada por la República con la Orden del Mérito y, atentos, madre de cuatro hijos. ¿Algo más? Sí: toca el piano muy bien, según demostró en su acogida a los invitados de este congreso. Es esta mujer la que en 2013 fundó, con el democristiano Bernd Lucke y el periodista de izquierdas Konrad Adam, Alternativa por Alemania. ¿Para qué? Fundamentalmente, para salir del euro, combatir los milmillonarios rescates de la Europa quebrada y exigir la desburocratización de la Unión. ¿Un partido “ultraderechista”? Para nada. Enseguida, eso sí, nuevos acontecimientos vinieron a enturbiar las cosas: uno, la guerra de Ucrania, que empujó a Angela Merkel –con la bendición de Obama- a emprender una política frontalmente antirrusa, con los consiguientes efectos negativos para la economía alemana; otro, la ola de inmigración masiva y desordenada abierta por Merkel, que en pocos meses cambió por completo la faz social del país. Eran, en realidad, expresiones de las dos grandes fuerzas que atenazan a Europa: el globalismo y el multiculturalismo. El partido se dividió. Petry estuvo entre quienes criticaron tanto la política antirrusa como la inmigración masiva. Con ella, la gran mayoría de los militantes, que terminaron eligiéndola co-presidenta del partido junto a Jörg Meuthen. Y ha sido precisamente el descontento de buena parte de la población con la política migratoria lo que ha convertido a Alternativa por Alemania en una fuerza en ascenso.
¿Partido xenófobo, partido “racista”, partido “ultra”? Realmente Alternativa por Alemania no es nada de eso. Al revés, Frauke Petry blasona de tener una idea muy arraigada de la libertad. No en vano nació en un mundo, el de aquella opresiva Alemania comunista, donde la libertad no existía. “Lo característico de Europa –explica a gaceta.es- es precisamente la libertad: la libertad griega, cristiana, romana. Pero hoy esa idea atraviesa por una seria crisis porque el poder de las oligarquías amenaza la libertad personal”. Frauke Petry hace un singular paralelismo con el mundo soviético que ella vivió: “Hoy nos piden que tengamos confianza aunque todo se venga abajo, porque el sistema no puede fallar; lo mismo nos decían entonces”. Desde su perspectiva, Europa ha vivido un acelerado proceso de “des-democratización” desde la caída de la Unión Soviética, porque la Unión Europea ha ido convirtiéndose en un sistema regido por tecnócratas e ingenieros sociales que coartan la libertad personal. En nombre de la “diversidad”, los tecnócratas están erosionando la libertad y la identidad de los europeos. La “armonización social” que propone Merkel –ironiza Petry- se parece más a la Alemania comunista que la Europa de la libertad. Ha nacido un “nuevo materialismo alemán” –bromea evocando el materialismo filosófico de Marx-: una mezcla singular de capitalismo mundialista y multiculturalismo.
Como Alternativa por Alemania disiente simultáneamente del capitalismo mundialista y del multiculturalismo, que son los caballos de batalla de la derecha y de la izquierda (y su terreno de consenso), y como el asunto de la inmigración masiva parece haberse convertido en el nuevo criterio para juzgar el bien y el mal, el discurso mediático ha colocado sobre Alternativa por Alemania el sambenito
infamante de lo “ultra”. Pero, ¿ultraqué? Alternativa por Alemania defiende la separación de poderes, las libertades públicas, por supuesto el sistema democrático, es abiertamente liberal y antiestatista en lo económico… Todo el mundo lo sabe, de manera que, cuanto más se fuerza el tono, más credibilidad pierden los medios y más simpatías despierta este movimiento que en apenas un par de años ha revolucionado la escena política alemana.
Al fondo está la cuestión de la identidad, por supuesto. “La Europa de Bruselas –nos dice Frauke Petry- se está construyendo sobre la obligación de abandonar nuestra cultura. Pero nadie habla de abandonar la cultura afgana o la nigeriana, no: sólo nosotros hemos de abandonar la nuestra”. Así la identidad se ha convertido en la bandera de todas estas derechas que la mayoría mediática llama “extremas”, como si estuviéramos todavía en los años de la descomposición de los fascismos. La realidad presente es muy distinta. Estas derechas –precisamente, identitarias- nacen de otra descomposición, a saber, la del Occidente cosmopolita. Ahí es donde guarda su razón de ser la reivindicación de las soberanías nacionales. Y ese ha sido justamente el estandarte de otra de las grandes invitadas al encuentro de Coblenza: Marine Le Pen, que hace su entrada en este restaurante rural de la Renania en el mismo momento en que terminamos nuestra conversación con Frauke Petry.
Marine Le Pen llega con una escolta extraordinaria: policías, asesores, su gabinete, sus europarlamentarios, un formidable revuelo de personal y ese aura inconfundible que rodea al poder, particularmente en Francia. Están ustedes ante la posible nueva presidenta de la República Francesa, sexta potencia mundial, tercera potencia nuclear, segunda economía de la zona euro… Frauke Petry, cortés, se levanta a recibirla. Nosotros, detrás. Marine Le Pen sonríe mientras expulsa bocanadas de uno de esos cigarrillos electrónicos que calman el síndrome del fumador arrepentido. Queremos preguntarle por su programa económico. Pero eso lo contaremos mañana.