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AULA ABIERTA



LA VIOLENCIA SOCIAL Y POLITICA

Una mirada a nuestra experiencia histórica


Manuel Camero

Luego de una profunda reflexión sobre el devenir venezolano y consciente de los peligros de una guerra civil que estamos obligados a evitar por la sobrevivencia de todos, dado que es supremamente difícil construir país sobre la ruina y las cenizas, que es lo que queda después de una guerra. Con ella perdemos todos. No hay ganadores. Esto viene a propósito de un letrero que vi plasmado en una calle de Venezuela que expresaba: “¿Para qué el Diálogo?” que recoge la opinión de  sectores radicales del oficialismo y la oposición que no ven ningún sentido que el gobierno y la MUD hagan un intento por dirimir sus diferencias en una mesa de dialogo. Hay voces que rechazan y niegan que este mecanismo pueda arrojar algunos resultados, alegando que se contribuye al fortalecimiento del adversario. Ahora bien, ¿Cómo sino a través del dialogo se pueden dirimir las diferencias en democracia? Dialogar no significa renunciar a principios sino en hacer esfuerzos para buscar y explorar puntos de encuentros. Si no es por la vía del dialogo, la otra posibilidad es la confrontación abierta y el camino de la violencia, que sabemos cómo se inicia pero nunca cómo ha de culminar, con todos los estragos que ocasiona en la vida de un país y la de sus ciudadanos.(...)

Para ilustrar los efectos de la violencia he venido revisando algunos detalles propios de la Guerra de Independencia que, de acuerdo con Don Laureano Vallenilla Lanz no solo buscaba romper con los lazos de España, sino que se convirtió en “una guerra de clases y colores”; sobre todos aquellos  años cruentos de 1813 y 1814, considerados por la mayoría de los  historiadores como los más violentos de la historia en Venezuela.
Años duros y difíciles donde ni realistas, ni patriotas se daban cuartel, ambos bandos habían decidido eliminarse. La actuación de José Tomas Boves, sangriento y cruel, el Decreto de Guerra a Muerte dictado por Simón Bolívar el 8 de junio de 1813, el odio y el resentimiento social como arma política, todas estas circunstancias se juntaron para regar la sangre por todo el territorio venezolano. En esos años Boves jugó un papel determinante en los hechos de violencia que se vivieron.
De origen Asturiano había nacido un 18 de septiembre de 1782, hijo de Manuel Boves, quien murió cuando su prole tenía 5 años y Manuela de La Iglesia. Cursó estudios de Náutica y pilotaje en el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía entre 1774 y 1798 de donde paso a prestar servicios en la Real Armada Española. Por contrabandista fue juzgado y sentenciado a 8 años de prisión reportado al Castillo de Puerto Cabello. Una curiosidad histórica: fue Juan German Roscio quien logró conmutar su pena de prisión por el destierro a la Villa de Calabozo de Todos los Santos. Allí abrió una pulpería, actividad considerada infame por los mantuanos de Caracas, también traficaba ganado cimarrón. Cuando estalla la guerra de independencia pidió incorporarse a las filas realistas y patriotas y de ambas fue rechazado,”… prefería compartir con el pueblo llanero formado por negros mulatos, mestizos e indios a los que trataba como iguales, quienes lo llamaban “Taita”. Se casó con la mulata, María Trinidad Bolívar, con la que tuvo un hijo de nombre José Trinidad. “Sus enemigos juraron su muerte, saquearon y quemaron su pulpería y mataron a su mejer frente a su pequeño hijo”. Suficientes ingredientes para que se convirtiera en un resentido. Bolívar decía sobre Boves que”…es un hombre que no parece haber sido amamantado con leche de mujer sino con la de los tigres y las furias del infierno”. En cambio, para Francisco Herrera Luque en su “Boves, El Urogallo”…fue un sicópata que logró mover entre los excluidos el odio de clase y racial para convertirlos en máquinas destructivas, dándoles permiso de violar, saquear, torturar y matar”. Boves es descrito:  “…grueso de cuerpo, cabeza grande, de frente alta y chata, barba rojiza, rubio y hundidos ojo azules de los que emanaba una clara mirada de fulgores primitivos”.
Este era el Boves que comprometió y puso en serias dificultades a la causa patriota, tuvo poco tiempo en escena, dado que murió en la Batalla de Urica en 1814. El daño fue desproporcionado. Veamos: El 17 de junio Boves avanzó sobre La Cabrera, pueblo defendido por 500 hombres ”… el mismo día capitularon y todos los sobrevivientes fueron degollados”. Otras fuentes hablan de 1.600 ejecutados. Luego de la toma de Valencia, el 9 de julio de 1813, cuando la ciudad capitula, se produjo una de las matanzas más infames de la guerra: “Boves invitó a los funcionarios y oficiales de Valencia a un baile en honor a su victoria, mientras ordenaba a las mujeres bailar un canto popular llamado “El Piquirico”, sus parientes varones eran ejecutados; trescientos soldados fueron asesinados junto con civiles”. Entre las victimas destacan el jurista y músico Francisco Javier Uztariz, el poeta Vicente Salinas y el licenciado Miguel José Sanz. Los compositores Juan Caro de Boves y Juan José Landaeta fueron forzados a tocar hasta el final de las ejecuciones, momento en que fueron fusilados ellos también. Boves solía repartir entre sus mejores guerreros a las damas aristócratas que capturaba. Entre sus prácticas acostumbraba disparar a los prisioneros con salvas de pólvora para ver sus expresiones de terror al creer que morirían. A algunos oficiales los toreaba y clavaba banderines en la nuca, a otros simplemente los decapitaba. Solía permitir a sus tropas el saqueo de los bienes de sus enemigos y llevar a cabo todo tipo de excesos. Solo la lanza empuñada por el oficial Pedro Zaraza, que logró atravesar el pecho, pudo detenerlo, en buena hora.
Del lado patriota, siguiendo las pautas del Decreto de Guerra a Muerte y temerosos de que 1400 prisioneros y heridos peninsulares o de afinidad realista se alzaran en armas,… “los oficiales republicanos, tras conocer la derrota de La Puerta, ordenaron la matanza de 1253 monárquicos en las cárceles de Caracas y el hospital de la Guaira entre los días 13 y 16 de febrero. Las ejecuciones se daban principalmente en la mañana y el atardecer en la plaza de armas. Los prisioneros eran usualmente apuñalados o macheteados en largas agonías para ahorrar municiones; los más afortunados terminaban degollados o con sus cabezas aplastadas con grandes piedras. Se les ordenaba a los prisioneros llevar el haz de leña con que quemarían sus cadáveres después.
En una carta escrita en Valencia el 8 de febrero de 1814 por el Arzobispo Coll y Prat donde solicitaba a Bolívar mediación frente a la violencia, Bolívar respondió: “Ante la salud de la patria no puedo estar cediendo a mis sentimientos de humanidad.” Vistas ambas posiciones, solo nos resta decir que así es la guerra cuando se desatan las bajas pasiones, se pierde la sensatez y el sentido común. La vida no vale nada.
No tiene desperdicio el capítulo que dedica la historiadora Inés Quintero en “La Criolla Principal” denominado “La ruina de las Mantuanas”. Pp 70-76. Así encontró María Antonia Bolívar a Caracas tras su regreso en 1823: “La ciudad se había convertido en un horror, todavía estaban intactas las huellas dejadas por la guerra, la escasez y la miseria eran asuntos cotidianos, hurtos, violencia, desorden, incertidumbre, infinidad de mujeres solas, sin protección, sin nadie que velase por ellas: la guerra se había encargado de eliminar a sus maridos y a sus hijos varones”. La familia Bolívar y otras pertenecientes al mantuanaje colonial pagaron con creces el hecho de que uno de sus miembros levantaran las banderas de la independencia. Juana, la hermana de Bolívar, sin casa, sin marido, sin Guillermo, su hijo mayor, vivía arruinada en una casa ajena con su hija Benigna…Las tías de Bolívar por parte de madre estaban muertas o viudas, habían perdido sus maridos a lanzazos o machetazos, su tía María de Jesús Palacio y Blanco, enviudó, su marido Juan Nepomuceno Ribas fue ajusticiado de un lanzazo en Maturín en el año 14. María Paula Palacios y Blanco, casada con Don Francisco Javier Uztariz quien terminó sus días ultimado a machetazos… su tía Josefa Palacios y Blanco, la segunda mamá de Simón Bolívar, supo que su marido José Félix Ribas había sido capturado y ajusticiado en Tucupido el 31 de enero…Valentin, otro de los Ribas murió violentamente cuando sus esclavos asaltaron la casa de la hacienda…María Ignacia la menor de sus tías, su marido Antonio José cayó de un lanzazo, igual que su hermano Juan. Sus primas, las hermanas Jerez y Aristigueta, pertenecientes a las familias de mayor distinción de Caracas, Teresa ya viuda vio fallecer a dos de sus hijos en la guerra…Otros de los hermanos Jerez, Juan, perdió la vida en Cumana al ser ajusticiado junto a su hijo por tropas leales al rey.
Por razón de espacio me detengo en estos sangrientos relatos, no sin antes decir que Antonio José de Sucre perdió a toda su familia al arrancar la guerra. Lo narrado, es tan solo una mirada a nuestra experiencia histórica. Lo que deja la violencia y la guerra social, el odio y el resentimiento político, dolor y ruina y, peor aún, un país dividido y lascerado en sus entrañas. Por ello, rechazo contundente y categóricamente la violencia como salida a la crisis que vivimos. Al contrario, pienso que el diálogo todo lo puede y debemos apoyar al gobierno y a la MUD para que lo continúen con resultados a la vista. Reconocerse y sentarse es el primer paso. Todas las oraciones para iluminar sus corazones. “Un país sólo se construye en paz”.