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LA VERDADERA RAZÓN PARA LEER NOVELAS


La literatura es una versión mejor de la vida, y también contribuye a mejorar literalmente la vida real. La Odisea o el Quijote son libros de autoayuda de orden superior. La novela es un catálogo de comportamientos que consultamos con la esperanza de que nos enseñe lo que los otros tienen en la cabeza. Por Gonzalo Garcés

En los colegios argentinos se enseña literatura con un argumento que se supone atractivo: la lectura es buena, se dice, porque no es real. No es aburrida como las matemáticas o la historia. Leer ficción nos permite viajar a lugares adonde nunca iremos, ser personajes que nunca seremos. De algún modo (que nunca se explica muy bien) eso nos hará personas mejores. Algunos dicen también que nos hará ciudadanos más libres. De algún modo, en nuestra confusa pedagogía, pasar tiempo en un mundo de fantasía nos prepararía para ser miembros de una sociedad democrática. 
Todo esto es una montaña de estupidez y es bueno decirlo.
Dejen de repetir que la literatura no tiene que ver con la vida. Dejen de espantar lectores. En sus años de formación, nuestros chicos hacen lo mismo que todos los mamíferos de orden superior: buscan conocimientos que los ayuden a sobrevivir en el mundo real. El resto, por instinto, lo descartan. Insistir en que la literatura es un juego gratuito es desconocer al mismo tiempo qué es la literatura y qué es un juego. Como sabe cualquier maestra jardinera, todo juego es ensayo. El placer que nos causaba, de chicos, el juego, no se debía a que estaba desligado de la realidad, sino a que mejoraba la realidad. En el juego las cosas salían como queríamos, mientras que en la vida -intuíamos- el asunto iba a ser más bravo. Bien: la literatura, sin ninguna duda, mejora la realidad. La mejora en los dos sentidos del término: es una versión mejor de la vida, y también contribuye a mejorar literalmente la vida real. En primer lugar, la hace inteligible. Y en realidad con eso alcanza. El hombre (...)
del subsuelo de Dostoievski sufrirá y no encontrará salida, pero encuentra palabras para expresar ese sufrimiento y eso representa un mundo de diferencia en comparación con el sufrimiento que es pura sensación inarticulada, que te rodea como una neblina y que te puede matar. Espero que no sufras, pero si un día te toca sufrir espero que hayas leído Apuntes del subsuelo, porque te habrá dejado palabras para nombrar lo que te pasa y aquello que se puede nombrar tiene una oportunidad de arreglarse.

Libros de autoayuda
Para muchos será de pésimo gusto sugerir que La Odisea o el Quijote son libros de autoayuda. A mí me complace saber que lo son: estrictamente hablando, son libros de autoayuda de orden superior. Esto se percibe muy bien cuando nos fijamos en los orígenes de la literatura. Sobre ese origen hay una hipótesis que escuché muchas veces: en las cavernas, se dice, cuando la tribu se sentaba alrededor del fuego, los hombres contaban lo que habían cazado durante el día. Pero un día un cazador fanfarrón contó que había matado a tres mamuts, aunque no era cierto. Y los demás le creyeron. Y entonces -se dice en este punto, engolando la voz- nació el primer novelista. No puedo describir la tristeza que me causa oír esta patética idiotez. Es un ejemplo de la forma en que repetimos cosas sin molestarnos en leer. En realidad la literatura nunca es jactancia, y cuanto más primitiva, menos jactanciosa. Al contrario, la emoción más presente en la literatura que nos ha llegado de sociedades arcaicas es el temor. La literatura primitiva consiste, de modo casi obsesivo, en fábulas cautelares. Prometeo roba el fuego del cielo y por este crimen lo atan a una roca para que un águila le devore el hígado. La mujer de Lot, contra lo que había ordenado Yavé, se da vuelta para mirar la ciudad que deja atrás y queda convertida en piedra. Gilgamesh rechaza los encantos de Ishtar y por eso la diosa envía contra él al Toro de los Cielos. Gilgamesh y su amigo Enkidu vencen al toro, pero para vengarse de esta nueva victoria, los dioses matan a Enkidu. Se puede glosar de una manera más académica el elemento recurrente en estas historias, pero la forma más sintética de expresarlo sigue siendo: flaco, mirá lo que te puede pasar si no tenés cuidado.
Treinta siglos después, el elemento didáctico se ha refinado hasta hacerse casi imperceptible, pero sigue siendo el núcleo de toda verdadera literatura. Parte de ese refinamiento consiste en pasar de la prescripción explícita (hacé esto, no hagas aquello) a la explicación (así son las cosas). Pero en lo esencial, y por muy diferente que pueda parecer la fábula moral de Edipo Rey del análisis distanciado de Madame Bovary, lo cierto es que ambos siguen respondiendo a una misma necesidad inscrita en nuestro neocortex: comprender. Comprender los fenómenos del mundo natural para mejor sobrevivir a ellos. En un ensayo reciente, Jorge Volpi propone una hipótesis sugerente acerca de la literatura psicológica. La hipótesis es de corte darwiniano. Como primates de tipo social, somos tremendamente vulnerables a la mentira; interactuamos en forma constante con nuestros semejantes, dependemos de ellos, pero no podemos saber qué piensan. Si nos mienten, si nos engañan, quedamos en una posición muy desventajosa. Contra esto hemos intentado elaborar un catálogo de comportamientos, que cada generación enriquece y enmienda, y que consultamos con la esperanza de que nos enseñe lo que los otros tienen en la cabeza: lo llamamos novela. Esta idea tiene un corolario inquietante, si se quiere: la novela su vez nos enseña a simular identidades, nos ayuda a elaborar nuevas máscaras, lo cual obliga a nuevas enmiendas para deschavarlas, y así hasta el infinito.
¿Por qué me causa placer una buena metáfora? ¿Por qué me agrada la musicalidad de un párrafo o las rimas de un soneto bien construido? También eso puede remitirse al insaciable hambre de conocimiento. Soy Aristarco de Samos y acabo de hacer un descubrimiento: si me pongo un dedo delante de los ojos y lo miro primero con un ojo, después con el otro, parece que el dedo hubiera cambiado de posición. Esa ilusión se debe a que mis ojos están separados por algunos centímetros. A la separación entre el dedo visto con un ojo y el dedo visto con el otro la entiendo como ángulo p. Entonces, si quiero saber cuál es la distancia exacta entre mi dedo y yo (distancia d), puedo medirla con esta fórmula: d=1/p. Bastante bien para un solo día. Pero ahora hago una analogía. Miro la luna y me doy cuenta de que se aplica la misma fórmula: si miro la luna desde Atenas y después la miro desde Tebas, no está en la misma posición respecto de las estrellas de fondo. Si mido esa separación, puedo calcular la distancia entre la Tierra y la Luna. Acabo de inventar la paralaje y los centros de placer de mi cerebro se activan como las lucecitas de un jackpot. Bien. Ahora soy Paul Verlaine y acabo de escribir:

Comme un vol criard d'oiseaux en émoi
Tous mes souvenirs s'abattent sur moi

Es decir, acabo de intuir que los recuerdos que, en este momento de melancolía, se abaten sobre mí, se comportan igual que una bandada de pájaros que se posan sobre un árbol. También yo acabo de hacer un descubrimiento por analogía.

También yo ahora entiendo un poco más. También los centros de placer de mi cerebro se activan y por la misma razón.
¿Y por qué me causan placer los decasílabos del poema? ¿Por qué me agrada ese ritmo regular, por qué al oír el tamborileo de una pandereta en una canción de los Guasones algo muy antiguo en mí siente ganas de levantarse y celebrar, bailando, que la vida es buena? Tal vez porque hace miles de años mis ancestros comprendieron que las estaciones son ciclos, que la siembra y la cosecha se suceden a un ritmo regular, que mientras el sol vuelva a salir mañana a la misma hora las cosas estarán bien, y ese vínculo entre el ritmo y la alegría permanece grabado en mi sangre.

Tres amores
Los ejemplos anteriores pueden parecer demasiado complicados, al menos para desglosarlos en cuarenta minutos de clase. Entonces, chicos, permítanme decirlo de un modo más personal. Cuando tenía 18 años y era soltero leí Ana Karenina. En esa novela Tolstoi cuenta la historia de tres amores. Está Oblonski, que es un pirata tremendo. Engaña a su mujer con todo lo que se le pone a tiro, se aguanta las consecuencias y mal que mal acepta hacer sufrir a la mujer, y muchas veces sufrir él mismo, a cambio del placer que consigue. Está Ana, que se enamora fatalmente de Vronski, tanto que deja a su marido y a su hijo por él. Pero no aguanta la montaña rusa de ese amor pasional y se termina tirando a las vías del tren. En fin, está Levin, que se casa con Kitty, y permanece casado largos años, y sigue casado cuando la novela termina. Levin tiene una de las experiencias más raras que puede tener un ser humano, la experiencia de la duración en el lazo con otro. Conoce la ternura, el tedio, las discusiones por nada, los malentendidos, la lealtad, la angustia ante la posibilidad de que el otro sufra, la misteriosa sensación de abrigo, el milagro de la intimidad, la luminosidad en la vida de aquel que construye algo más grande que él mismo. Ahora que yo mismo estoy por casarme, repaso esas lecciones y sé que tengo una chance un poco mejor de salir airoso de la prueba. 

Gonzalo Garcés - Novelista. En 2007, la revista Adn (del diario La Nación) lo señaló como el autor más destacado de su generación. Su última novela es El miedo (Mondadori, 2012).