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07 enero, 2013

GENOCIDIO CULTURAL


Todo pueblo, toda cultura y todo Estado tienen una forma, más o menos, determinada para nombrar y ‘apellidar’ a los miembros de ese pueblo. La forma en que cada cultura ha regulado el modo con que se dan nombres a las personas, constituye un sello de identificación de esa cultura.
Si Usted entra en Internet y, para rellenar un formulario, le piden el ‘first name’ ‘middlename’ ‘last name’, tenga por seguro que el autor del formulario no pertenece a la cultura hispana. Si, por el contrario, en el formulario, sólo le exigen los campos del nombre y los dos apellidos, puede respirar tranquilo, porque ese formulario está adaptado a su cultura hispana.
En el Sahara Occidental, siguiendo una genuina costumbre árabe anterior, incluso, al Islam, tenemos por costumbre dar un nombre al nacido, añadirle el nombre de su padre y, después, adicionarle el nombre del abuelo paterno. Este es el sistema con que, en la cultura saharaui, se nombra a las personas. Es decir, el nombre completo, viene constituido por el nombre del nacido, el del padre y el del abuelo. Este sistema no es exclusivo del Sahara Occidental. Es el sistema que se emplea en todo lo que se conoce con el nombre de cultura Bidhan, cuyos lindes van desde el río Senegal, en el Sur, hasta wed Nun, en el Norte y el río Níger en el Este.
La larga colonización española no ha alterado ese sistema vigente en el Sahara Occidental. La administración colonial ha (...)
adaptado ese sistema tricompuesto al sistema español de un nombre y dos apellidos. De tal suerte que, por ejemplo, los procuradores saharauis en las Cortes de Franco, se llamaban, por citar un ejemplo, Jatri Uld Said uld Jumani. El ‘uld’ es, literalmente, hijo de. En los registros civiles, en los documentos de identidad y en todos los demás documentos legales, España, había respetado ese sistema tricompuesto.
En Marruecos, por el contrario, se emplea un sistema en el que sólo hay dos campos, el del nombre (que puede ser simple o compuesto) y el del apellido (uno sólo).
Cuando, en 1975, Marruecos invade y se anexiona el Sahara Occidental, es consciente de que el pueblo que habita dicho territorio tiene un hecho diferencia importante: la cultura. Por tanto, Marruecos, no sólo se embarca en una operación militar de gran envergadura, sino que, además, se embarca en una auténtica guerra de eliminación de toda una cultura. Y para barrer cualquier elemento diferencial entre el pueblo saharaui y el marroquí, nada mejor que empezar por lo más básico: el nombre de las personas.
Al mismo tiempo que el ejército marroquí ocupaba los cuarteles que venía ocupando la legión española, los funcionarios civiles de Marruecos, entraban casa por casa para registrar a la población. Y en ese registro, cambiaron los nombres todo un pueblo para asimilarlo, en lo más íntimo de su ser, a la cultura marroquí. La magnitud de semejante violación de derechos no tiene parangón en la historia. Sin embargo, es casi desconocida.
Así, todos los saharauis que viven fuera de las Zonas Ocupadas por Marruecos, tienen un nombre tricompuesto. En cambio, los que viven bajo la ocupación marroquí, tienen, desde 1975, un nombre con sólo dos campos.
Más aún, durante los años de la ocupación mauritana de la mitad sur del territorio, la población saharauai que vivía bajo la administración mauritana, conservó el sistema del nombre tricompuesto, porque en Mauritania se emplea el mismo sistema. Pero toda vez que esa mitad, pasó a ser controlada por Marruecos, sus habitantes, tuvieron que pasar, nuevamente, por ventanilla para cambiar de nombre y, así, ser asimilados por la cultura marroquí.
¿Y cómo procedió Marruecos a sustituir el sistema tricompuesto, entonces vigente, por el sistema de un solo apellido? ¿Impuso el nombre del padre como si fuera un apellido? ¿Optó por el del abuelo?
Nada de eso. Amparados por la fuerza de su ocupación, los funcionarios marroquíes, impusieron lo que quisieron a una población amordazada por la fuerza de su represión.
En la presentación del Informe “Oasis de la Memoria”, Carlos Martín Beristain, estaba acompañado por dos ilustres activistas pro derechos humanos. ¿Cómo se llaman ambas activistas?
Los documentos que, en la actualidad, las identifican ponen: Aminetou Haidar, la una y, Galia Djimi, la otra. Sin embargo, ambas nacieron (el Sahara aún era español) y crecieron con estos otros nombres y apellidos: Minetu Ali Ahmed y Algalia Abdalahi Mohamed. Y así, es como deben figurar en el censo saharaui obrante en poder de la ONU.
Ni qué decir, del galardonado por el Premio Rafto que concede la Fundación Noruega para los derechos humanos. El premio Rafto lo ha recibido un tal Sidi Mohamed Dadach. Sin embargo, ese hombre nació, creció y combatió a las tropas marroquíes como guerrillero del Polisario hasta caer como prisionero de guerra, con este otro nombre; Mohamed Sidi Mohamed Salem Emhamed. Ente este caso, la actitud del Polisario adquiere tintes verdaderamente dramáticos, puesto que se han olvidado de su nombre auténtico y lo llaman con el nombre que le ha impuesto Marruecos. Y es dramática porque esa forma de llamar a Sidi Mohamed quizás ofende a estos dos hombres: Mohamed Mohamed Salem Emhamed, alias Horma, y Mahamud Mohamed Salem Emhamed, ambos hermanos de Sidi Mohamed, el primero cayó mártir por esta Justa Causa, allá por 1978 y el otro, también, cayó mártir en pleno fragor de la ‘Ofensiva del Magreb Árabe’, allá por 1984.
Y no bastándole con eso, Marruecos, se ha adueñados, esta vez para uso privativo de la familia real, de ciertos nombres que eran muy comunes en el Sahara Occidental. La actual ley del registro civil marroquí, aplicable por la fuerza en el Sahara Occidental, impide a los padres saharaui dar, a sus hijos, estos nombres: Mulay, Sidi y Lal-la. Lo impide porque sólo los miembros de la familia real pueden ostentar esos nombres. Cuando, en el Sahara y, también, en Mauritania, tales nombres son muy comunes y corrientes.
¿Cómo conviven los saharauis con semejante atropello a su personalidad individual y colectiva? Llevando la cruz. Es decir, están obligados a llevar, en vida, una cruz y esperar, hasta después de la muerte, para poder lucir sus bellos nombres. En las Zonas Ocupadas del Sahara Occidental, la población espera hasta el momento de la muerte de sus seres queridos para, entonces, colocar, en las lápidas, sus auténticos y genuinos nombres tricompuestos. ¿Hasta cuándo seguirá la Humanidad permitiendo semejante martirio?
Doy por hecho que el Dr. Carlos Martín Beristain aún conserva el alma de psicólogo y, por tanto, sabe muy bien la importancia del impacto de una cuestión como ésta, no sólo en el desarrollo de la personalidad del individuo, sino en la cultura de todo un pueblo. Por eso, estoy convencido que el Doctor Carlos Martín Beristain no tardará en hincarle el diente a tan delicada cuestión.
Haddamin Moulud Said.