Opinión
Por Pancho Alegría
Aporrea
No sé si es verdad el dicho que cuando un barco está a punto de hundirse comienza un nervioso movimiento de todo ser viviente que navega en el mismo: todos con ánimo de saltar fuera de borda. Buscando, claro está, la manera de salvar el pellejo. Esperar un poco más a ver si el timonel cambia el curso, no saltar todavía, aguantar a ver si la nave se puede mantener a flote, es un riesgo que todos no se atreven a tomar, especialmente si tienen conocimiento, de primera línea, que el capitán y plana mayor de tripulantes son culpables del ya inevitable naufragio y, más aún cuando se tiene responsabilidad directa en ese mal manejo de la embarcación; es evidente que nadie en el puente de mando oigan el clamor desesperado de los pasajeros que una vez confiaron en la pericia de quienes gobiernan la nave.
