La cantante y escritora llegó a Nueva York a finales de los años sesenta, cuando un empleo en una librería permitía pagar un apartamento y construir una vida. Hoy observa con preocupación cómo la transformación de la ciudad expulsa a quienes contribuyeron a definir su identidad cultural
Por Joaquina Butrón
Patti Smith cuenta en su famosisímo Just
kids cómo llegó a Nueva York con veinte años, muy pocos recursos y la
ambición de convertirse en artista. No buscaba, aún, participar de una escena
cultural que todavía no conocía: quería trabajar, escribir poesía y
encontrar su lugar en el mundo. La ciudad le ofreció esa posibilidad.
Décadas después, convertida en una de las figuras fundamentales ícono del punk
y la literatura estadounidense, Smith se lamenta por cómo aquel Nueva York
parece cada vez menos accesible para quienes empiezan de cero.
En una entrevista
con Interview Magazine, Smith reflexionaba sobre el presente de los
barrios que tantas generaciones de músicos, escritores y artistas habían
acogido en el pasado. “Creo que el rumbo que está tomando la ciudad es bueno
para el comercio, malo para el arte y malo para la gente corriente”,
advertía ya en 2009, disparando contra un modelo que, cada vez más, prioriza la
imagen, el consumo y el turismo frente a las comunidades que históricamente
habían dado carácter a la ciudad.
De un empleo en una librería a un
apartamento en el East Village
Cuando Smith llegó a Nueva York, allá por el 67, trabajó en una librería para mantenerse mientras su carrera artística empezaba a nacer y tomar forma. La precariedad estaba muy presente en su vida, pero tampoco constituía una barrera insalvable para dedicarse a la creación. En una entrevista con Marie Claire en 2015, recordaba que la ciudad era entonces mucho más barata y que un trabajo en una librería podía bastar para pagar un pequeño apartamento en el East Village. “Ya no puedes hacerlo”, lamentaba.
La transformación económica, social y
política del Nueva York de los últimos años ha alterado, para Smith, las
condiciones que permitían a los jóvenes construir una vida al margen de las
estructuras culturales y comerciales dominantes. En una conversación con The
Talks, la artista explicaba que antes podían llegar personas sin
dinero, pero con ideas, encontrar un empleo modesto y desarrollar sus
proyectos. “Podían encontrar un apartamento barato, conseguir un trabajo en una
librería, como hice yo, y construir su vida. Eso ya no se puede hacer; la
estructura económica es completamente diferente. Ahora miro los cafés y ya
no veo a gente sentada escribiendo poesía”, apuntaba.
Ahora, sin embargo, solo queda “gente
con el móvil, hombres y mujeres de negocios, personas organizando sesiones de
fotos y cosas por el estilo. El ambiente es completamente distinto. Es tan
estresante que me marcho. La forma en que están cambiando nuestras grandes
ciudades es una mierda”. ¿Cómo se traduce esa forma de usar el espacio a la
silueta de Nueva York? ¿Cómo altera la arquitectura, los lugares públicos, el
verde? “Las grandes ciudades están cada vez más orientadas al lujo, los
negocios, las grandes corporaciones y la moda; no la moda entendida como
expresión artística, sino como negocio. No sé, para mí esa belleza marginal de
las ciudades se ha perdido, vayas donde vayas”, explicaba Smith a The Talks.
A sus ojos, la ciudad ya no se
alimenta de la lucha de aquellos recién llegados que traen consigo distintos
trasfondos, ideas, proyectos políticos y creativos… “Ahora llega gente de los
suburbios, porque las ciudades se han puesto de moda y están más limpias y
cuidadas. Pero todos quieren las mismas cosas que tenían en sus barrios
residenciales. Así que hay un montón de Starbucks, K-Marts, bancos…”
El Chelsea Hotel, corazón de Nueva
York y de la escena cultural
Entre los lugares que marcaron la
trayectoria de Smith en Nueva York destaca el Chelsea Hotel, el edificio
neoyorquino donde vivió junto a Robert Mapplethorpe. En 1969, cuando ambos
atravesaban dificultades económicas, encontraron allí un alojamiento que podían
permitirse. Smith pagaba 55 dólares semanales por la habitación y ganaba 65
trabajando: apenas le quedaban diez dólares para comer. Así lo recordó en
una entrevista
con Louder Than War.
El hotel, musa de otros artistas como
Leonard Cohen y escenario de incontables películas y series, era
mucho más que un refugio donde ir a dormir por las noches. Bajo la dirección de
Stanley Bard, había cultivado una comunidad de artistas y escritores, y en sus
pasillos coincidían músicos, poetas y figuras de la contracultura. Smith
describió aquella experiencia como una especie de universidad: podía escuchar
consejos de Allen Ginsberg y Gregory Corso y aprender de algunos de los
creadores más relevantes de su generación. El edificio representaba una
forma de vida en la que la proximidad, el intercambio intelectual y la
precariedad compartida podían alimentar la creación.
La historia posterior del Chelsea
Hotel también refleja las tensiones entre patrimonio, vivienda y rentabilidad.
Tras años de reformas y cambios de gestión, el establecimiento ha vivido una
profunda transformación, mientras algunos de sus antiguos residentes han
luchado por conservar sus hogares. El destino del hotel pone sobre la mesa una
cuestión algo triste: qué ocurre cuando los espacios que hicieron posible
una escena cultural dejan de estar al alcance de quienes podrían mantenerla
viva.
¿Qué ciudad queda cuando los artistas
se marchan?
Smith no idealiza por completo el
Nueva York de su juventud. Recuerda una ciudad más áspera, con dificultades y
espacios deteriorados, pero también con oportunidades para quienes estaban
dispuestos a empezar desde abajo.
La cuestión es que, si quienes crean,
experimentan y construyen comunidades ya no pueden permitirse vivir en los
centros urbanos, la ciudad corre el riesgo de perder aquello que la hace
singular. Nueva York seguirá transformándose, como siempre ha hecho, pero Smith
pone en tela de juicio el precio de esa transformación.
No se trata de simplificar la
cuestión a qué tipos de edificios se mantienen en pie, o qué comercios nuevos
pueden llegar a la ciudad: importa quién puede vivir allí, qué relaciones se
construyen y qué formas de creatividad encuentran espacio para desarrollarse.
Como recuerda la trayectoria de Patti Smith, que hoy recibió el Premios
Princesa de Asturias de las Artes, una ciudad no se convierte en un lugar
culturalmente excepcional solo por atraer talento, sino por permitir que ese
talento pueda quedarse y desarrollarse libremente.
Tomado de Arquitectura y Diseño. Imagen: GTRES
