Hace unas horas me enteré del
fallecimiento de la doctora María Eugenia Ochoa, me impactó; hacía poco que la
había visto, estaba muy activa y optimista, como siempre.
Médico de profesión, Maru, como le decíamos
sus amigos, era una persona muy especial para quien la medicina era una herramienta
para servir al prójimo.
Acudía en auxilio de todos los que se
lo requerían; pese a que casi nunca cobraba, atendía a sus pacientes con sabiduría,
dedicación y cariño. Un caso poco común en estos tiempos.
Católica practicante, se destacó
especialmente por su activismo en la parroquia eclesiástica Santa Martha de
Naguanagua, donde su desaparición física ha provocado un luto colectivo.
Pero María Eugenia no solo cuidaba y curaba a seres humanos, resulta que también dirigía una fundación dedicada a proteger más de medio centenar de gatos y perros callejeros en el municipio donde vivía (Naguanagua).
Me han contado algunos de sus amigos
que a sus animales los defendía vigorosamente, “con uñas y dientes”, sobre todo,
cuando algún vecino desalmado pretendía agredirlos.
La partida de María Eugenia Ochoa
deja un enorme vacío en todos los que la conocimos, en especial, en su familia.
A ellos, a su mamá, a su esposo y a sus hijas; a sus primas hermanas – más hermanas
que primas – y a todos los demás integrantes de ese grupo familiar, trasmitimos
nuestro sentido pésame. Sabemos que el dolor es muy grande, pero también sabemos
que la partida física de un ser humano inmenso como Maru, no va a significar que
se haya ido, ella siempre estará por ahí, regando con su ejemplo y su recuerdo
las mejores iniciativas. Eso es seguro.
*Profesora titular (J) de la
Universidad de Carabobo.