Por Orlando Arciniegas*
_A Wilfredo Camacaro, no por dragón,
sino por su bonhomía y humor_
El dragón de Komodo (_Varanus
Komodensis_), conocido también como varano de Komodo, es un gran reptil de la
familia _Varanidae_, crónico habitante de algunas islas indonesias. Se le puede
ver, por ejemplo, en la isla de Komodo, pero asimismo en otras: Rinca, Gili
Dasami, Gili Motang y Flores. Como parte de los varánidos son ejemplares
escamosos, de cabeza relativamente pequeña, cola larga y patas gruesas. Los de
Komodo son tan singulares como peligrosos, añaden una mordedura venenosa y un
aspecto brutal, temible, en lo que todo luce desmedido, exagerado. A estos
lagartos se los explicó, por mucho tiempo, como un caso más de gigantismo
insular, debido al aislamiento. Pero hoy, con apoyo de la ciencia, se puede
contar otra historia. Veamos.
Los registros fósiles indican que el género _Varanus_ apareció hace ya decenas de millones de años. Así que, como cualquier otro ‘paisano’, puede sentirse “dueño original” del suelo planetario en el que ha puesto sus patas. Algo más: se sabe que los ancestros directos del dragón de Komodo surgieron en Australia, hace cuatro millones de años, no exactamente. Y ahora viene lo que resulta desusado, recientes investigaciones en biología evolutiva descartan que el tamaño colosal de este lagarto sea por gigantismo insular. ¿Por qué? Pues sépase que mientras en Australia, ya eran seres mastodónticos. Y mucho antes de tomar las de Villadiego –como decía Cervantes– y largarse al archipiélago indonesio. Donde, a juzgar por las apariencias, no les ha ido tan mal; y cumplen un importante papel ecológico, si eso importa.
De modo que, con sus hasta tres
metros de largo y más de 136 kilos de peso, los de la isla de Komodo, son sin
duda alguna los lagartos más grandes y macizos del planeta. Con todo, se ha
podido saber de un ejemplar de 3,13 metros y 166 kilogramos. Un monstruo.
Tienen, además, una mueca que, fácilmente, recuerda a la de los dinosaurios.
*Pues bien, por ser como se dijo el mayor lagarto del mundo, el de Komodo está
llamado a ser un depredador vaya donde vaya*. Ellos, sin embargo, temibles de
suyo, repito, prefieren permanecer cerca de sus hogares, y raras veces se
aventuran lejos de sus valles natales. Aunque pueden caminar hasta once
kilómetros al día y correr de 16 a 20 km/por hora. Pero, por fortuna, no son
dados a tales entrenamientos. La de Komodo, lugar por excelencia de estos
dragones, es una isla de contrastes brutales, una belleza idílica de áridas
colinas con playas de arena rosa, donde se convive con una de las atmósferas
más salvajes y prehistóricas del planeta. ¡Cuidado!
Su hábitat, al contrario de la
mayoría de los varanos, es el duro clima de los bosques tropicales de clima
cálido, el de las llamadas Islas Menores de la Sonda de Indonesia, como Balí,
Lombok, Flores y Timor. Allí, cumple con el ‘asignado’ papel de depredador
ápice en los ecosistemas insulares. Come cualquier cosa, incluso carroña. Sin
dejar nada. Regula de manera directa el número de los grandes herbívoros y
mamíferos medianos (como ciervos, jabalíes, monos, dragones pequeños y hasta
caballos salvajes) impidiendo, así, que las islas se sobrepueblen y degraden la
vegetación local.
Para la cacería, depende de su
poderoso olfato, usando para oler sus lenguas bífidas con las que percibe en el
aire ambiental. El acecho de sus víctimas puede durar horas, y al estar a su
alcance se lanzan con sus afiladas garras y dientes serrados, usando su gran
fuerza mandibular para machacar a sus víctimas. *Si alguna llegara a escapar,
algo improbable, bien puede darse por muerta, pues las bacterias y el veneno de
la saliva pronto la matarían*. Su poderoso olfato lo ayudará a localizarla.
Pueden oler hasta a cuatro kilómetros de distancia. En vida salvaje, alcanzan a
vivir unos 30 años.
Una vez al año, las hembras, un tanto
más pequeñas, y listas para aparearse emiten un olor en sus heces que ningún
macho desatendería. Veamos algo del cortejo: Cuando un dragón macho localiza
una hembra madura, le rasca la espalda y lame su cuerpo, si ella lo deja, y
hace lo mismo, pues se aparean. A veces, otros machos, quizá con gusto por el
espectáculo, se traban en lucha para conseguir sus derechos sexuales. Las
hembras preñadas ponen unos 30 huevos, que entierran. Ocho meses después
eclosionarán para que siga la fiesta de la vida. Ah, cuando no hay machos
cerca, las hembras emplean otro medio de reproducción: como son portadoras de
cromosomas masculinos y femeninos, *se pueden reproducir asexualmente, a partir
de un óvulo no fecundado, llamado partenogénesis*.
*Historiador.
