Por Yezenys Martínez Morales* / Opinión
La reconstrucción de Venezuela
depende de la capacidad de toda nuestra sociedad para superar la polarización
interna, deponer intereses particulares y construir un proyecto común de país.
La nación se encuentra en una
encrucijada que va más allá de los plazos electorales, de los debates sobre la
legitimidad de las transiciones o de las negociaciones políticas en curso. El
verdadero desafío que enfrentamos los venezolanos no está únicamente en las
urnas o en las cúpulas; está en los cimientos de nuestra convivencia y en
nuestra capacidad para redefinir cómo nos relacionamos entre nosotros.
Durante años, la estrategia del
control totalitario desplegada por el chavismo- madurismo ha prosperado no solo
por la fuerza de las instituciones al servicio de ese proyecto, sino también
por nuestra propia incapacidad para gestionar las diferencias. Hemos – los opositores
-caído en la trampa de la fragmentación. Pensar distinto dentro de la misma
acera democrática se ha convertido, erróneamente, en un motivo de enemistad y
descalificación. Mientras el país sufre, los regionalismos, los intereses
personales y las ambiciones de pequeños grupos en cada estado nublan el
objetivo principal: la recuperación de la nación.
Es momento de asumir una autocrítica profunda. Ningún liderazgo, por legítimo o mayoritario que sea, puede cargar solo con el peso de la reconstrucción. Las figuras políticas guían, pero son las voluntades unidas de los ciudadanos las que sostienen los cambios en el tiempo.
Reconocer el valor de un referente no
significa anular a los demás, por el contrario, exige que los liderazgos
regionales dejen de mirar sus propias parcelas y entiendan que el destino de
Venezuela está en juego.
Para avanzar, necesitamos un nuevo
acuerdo ciudadano basado en tres pilares urgentes:
• Sustituir el señalamiento por la
escucha: la diversidad de criterios es una riqueza, no una debilidad. Erradicar
la cultura de la sospecha entre quienes buscan un cambio es el primer paso para
construir una base sólida.
• Deponer los intereses particulares:
ningún cargo, cuota de poder local o ambición personal puede valer más que el
futuro de millones de venezolanos dentro y fuera del país. La generosidad
política hoy es un deber moral.
• Entender que todos sumamos: Nadie
sobra en este proceso. Desde las bases comunitarias hasta las figuras
nacionales, cada esfuerzo cuenta. La unidad no es uniformidad; es la
articulación de diferentes fuerzas remando hacia la misma dirección, sin discriminación
ni exclusión.
La trampa del totalitarismo se rompe
cuando los ciudadanos deciden dejar de ser islas. Pongamos las necesidades de
Venezuela por encima de las diferencias individuales.
Solo un tejido social cohesionado,
maduro y reconciliado será capaz de abrir los caminos democráticos que el país
tanto anhela y merece.
*Dirigente política en el estado Amazonas. Poeta.
