El mandatario acumula seis décadas de
lucha social, que le han hecho acreedor de un legado político indiscutible.
A los 80 años, Luiz Inácio Lula da
Silva ha vuelto a hacer historia y se ha convertido por cuarta vez en
presidente de Brasil, el país más grande de América Latina.
Lula obtuvo en la victoria en una
jornada que estuvo cargada de tensión durante el
conteo y divulgación de los resultados. El actual mandatario comenzó con
ventaja sobre su contendiente Flávio Bolsonaro, pero durante un rato de la
publicación de las cifras, este le sacó ventaja; volviéndose
a revertir los números posteriormente.
Así, de acuerdo con los resultados del Tribunal Superior Electoral de Brasil (TSE),
con el 99,87 % de secciones electorales totalizadas, Lula alcanzó
el 51,76 % (64.144.599 votos); mientras que Bolsonaro consiguió
el 48,24 % (59.774.442 sufragios).
Con estos resultados, Lula consiguió
revertir la escena que había dejado la primera vuelta, celebrada el pasado 4 de
octubre. En esa ocasión, el mandatario, respaldado por el Partido de los
Trabajadores (PT), alcanzó el 45,16 % de los votos (53.879.538); quedado
detrás del aspirante del Partido Liberal (PL), que consiguió el 47,03 % de
los sufragios (56.104.503).
De Caetés a sindicalista
Nacido en Caetés, entonces distrito
de Garanhuns, una pequeña ciudad del estado de Pernambuco, en el noreste
brasileño, vivió una infancia llena de privaciones materiales; luego, en busca
de mejores oportunidades, la familia, conformada por su madre y siete hermanos,
recaló en Sao Paulo, donde trabajó como limpiabotas y en otras labores
igualmente precarias. Tenía solo 12 años, pero desde los ocho ya había
renunciado a su infancia para ayudar con el sustento en casa.
En esa urbe, considerada la mayor de
Brasil e impelido por la necesidad económica, Lula ingresó a los 14 años a
una fábrica de tornillos. Abandonó la escuela, pero optó por una formación
técnica que le permitiría conseguir un trabajo en la industria metalúrgica.
En 1964, un accidente laboral hizo que perdiera el dedo meñique de su
mano izquierda.
A finales de esa década, mientras su
país estaba gobernado por una dictadura militar, comenzó a implicarse de más en
más en la actividad sindical y a luchar por la defensa de los derechos de los
trabajadores.
En 1975 había ascendido a puestos de
dirigencia sindical, a través del voto de los afiliados y empezó a destacar por
su oposición abierta al régimen, con acciones que incluyeron la organización de
huelgas masivas, duramente reprimidas por los militares. Cinco años más tarde
fundó el Partido de los Trabajadores (PT), una organización abiertamente de
izquierda, que proclamaba sin tapujos el socialismo.
El camino al poder
Con el regreso a la democracia, tanto
Lula como el PT acumularon un amplio respaldo popular. Eso les permitió obtener
bancas en el Congreso y ganar alcaldías de ciudades importantes, pero no bastó
para que el obrero metalúrgico devenido en líder político nacional se alzara
con la primera magistratura del gigante suramericano. Perdió tres veces: una
contra Fernando Collor de Mello (1989) y dos contra Fernando Henrique Cardoso
(1994 y 1998).
La racha de derrotas se rompió en
2002, cuando ganó su primera presidencia. En ese lapso implementaría un
conjunto de programas sociales destinados a combatir la pobreza y la
desigualdad, que acompañó con un fuerte respaldo a la industria local, el alineamiento
geopolítico con otros líderes de izquierda
que por entonces gobernaban en América Latina y el reposicionamiento del país
en el concierto internacional. Esas directrices de gobierno le garantizaron su
primera reelección en 2006.
Impedido constitucionalmente para
presentarse a un tercer mandato, le cedió el testigo a su exjefa de
gabinete, Dilma Rousseff, quien obtuvo la victoria electoral y se encargó de
continuar el proyecto político iniciado por Lula.
A mediados de la década de 2010,
el PT se enfrentó al megaescándalo de corrupción Odebrecht, que derivó en el
encarcelamiento de Lula, demostrado luego como el producto de un proceso
judicial amañado. Volvió a la primera línea de la política y en 2022
se impuso al presidente
ultraderechista y candidato a la reelección Jair Bolsonaro.
Su tercer mandato estuvo
caracterizado por el choque con el bolsonarismo —que
intentó un golpe de Estado a inicios de 2023— y por confrontaciones políticas y
económicas con EE.UU. Lula no se arredró y le plantó cara a las dos
situaciones: de un lado, la Justicia procesó y condenó a
Bolsonaro por golpismo; de otro, también salió al frente a las
amenazas y acciones agresivas de Washington —que incluyeron la imposición de aranceles
a la mayor parte de los productos brasileños— con un discurso abiertamente
soberanista, foco principal de la campaña, que junto a los innegables logros sociales
de su gestión, le garantizaron ahora su cuarta estancia en el
Palacio de Planalto.
Tomado de RT. Imagen de AFP (archivo).
