Vistas de página en total

06 septiembre, 2026

La ilusión del megavatio: Por qué el acuerdo con GE no apagará la crisis eléctrica en Venezuela

Por Juan Linares / Opinión

 Los recientes anuncios sobre el diagnóstico y los acuerdos con la empresa estadounidense General Electric Vernova para recuperar el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) han sido presentados por los voceros oficiales como la solución definitiva a la crisis. Sin embargo, una mirada técnica a las costuras del plan revela que las expectativas vendidas a la población son falsas. La realidad es que los venezolanos seguiremos a oscuras por mucho tiempo más, y las razones van más allá de una simple reparación de turbinas. El mito de la solución inmediata: Cronogramas que no cuadran La primera gran falsedad radica en los tiempos. Estabilizar una red eléctrica destruida por años de desidia no es cuestión de meses. Técnicamente, la instalación y sincronización del primer gigavatio (1 GW) de potencia prometido puede tardar más de un año de trabajo continuo. El plan a largo plazo habla de sumar 5 GW en un período de cuatro a cinco años. Para ponerlo en perspectiva, esa meta apenas rozaría una fracción del déficit real si consideramos que el consumo nacional histórico ha demandado unos 15 GW, una carga que hoy la Central Hidroeléctrica del Guri no puede soportar sola de manera estable. Prometer mejoras sustanciales en seis meses es un engaño estadístico. 

¿Electricidad para quién? La prioridad es el petróleo, no el ciudadano 

Hay un dato crucial que se mantiene bajo la alfombra: los primeros bloques de energía recuperada no irán destinados a aliviar los apagones en los hogares de Maracaibo, Valencia o Barquisimeto. El objetivo principal de este financiamiento y esfuerzo técnico es dotar de autonomía energética a las empresas petroleras transnacionales y a los proyectos de PDVSA que planean instalarse a futuro. La prioridad del plan es producir crudo para generar ingresos, dejando al ciudadano común en la cola del racionamiento.

La "indigestión" del sistema: El colapso de las autopistas eléctricas

 Inyectar megavatios en las plantas de generación sin reparar el resto de la cadena es como intentar meter el agua de una represa a través de una manguera de jardín: el sistema sufrirá una indigestión técnica. El verdadero cuello de botella de Venezuela está en las redes de transmisión y distribución. El SEN padece una pérdida crítica de autotransformadores y líneas troncales obsoletas. Si no se ejecuta una profunda adecuación tecnológica y un mantenimiento masivo en las subestaciones, el aumento de la generación provocará brutales sobrecargas, disparando las protecciones automatizadas y causando apagones sistémicos aún más graves que los actuales.

El laberinto de las termoeléctricas duales y la crisis del gas

 El plan promete revivir el parque termoeléctrico (como Termozulia, Planta Centro y Termocarabobo) para apoyar al Guri, pero choca con la realidad del combustible. Estas plantas poseen sistemas duales, pero operarlas es un calvario: El gas no llega: El suministro de PDVSA Gas es errático y viaja por gasoductos desgastados que no sostienen la presión mínima requerida por las turbinas de alta tecnología, provocando que se apaguen por seguridad. El diésel es inviable: Operarlas con combustible líquido es insostenible a gran escala debido a la falta crónica de cisternas para el traslado y la logística de distribución interna.

La historia se repite: El saqueo de los 105.000 millones de dólares

 Para entender por qué este nuevo plan genera profunda desconfianza, es obligatorio mirar el pasado. La actual crisis no se debe a la falta de dinero, sino a un desfalco sin precedentes históricos. Estudios independientes de ingenieros eléctricos y auditorías de la organización Transparencia Venezuela revelan que los gobiernos chavistas destinaron más de 105.000 millones de dólares al sector eléctrico nacional. Expertos apuntan que con solo 18.000 millones de dólares bien administrados se habría construido un sistema óptimo y blindado para todo el país. 

El punto de quiebre ocurrió precisamente con el decreto de Emergencia Eléctrica de 2010. Bajo esa figura legal, el régimen gastó más del 65% de esa gigantesca fortuna. La "emergencia" sirvió como un atajo perfecto para eludir la Ley de Contrataciones Públicas, permitiendo la asignación de millonarios contratos "a dedo" y sin licitación a empresas de maletín o consorcios cómplices. El resultado está a la vista: plantas inconclusas, turbinas usadas compradas como nuevas y miles de millones evaporados que hoy equivalen a interruptores dañados. Un ejemplo emblemático de este patrón de corrupción ocurrió con la constructora brasileña Odebrecht, la cual recibió en 2008 la adjudicación para ejecutar obras hidroeléctricas La Represa de Tocoma con un presupuesto inicial de 3.100 millones de dólares. Para 2016, el costo de la obra civil se había inflado desproporcionadamente a 9.300 millones de dólares —el triple del valor original— sin que la infraestructura llegará a aportar flujo eléctrico real y operativo para mitigar el sufrimiento de la población.

La cultura de la evasión: Negar el error para repetir el fracaso 

El componente más grave de la crisis no es técnico, sino político. Ningún vocero del régimen ha asumido la responsabilidad fiscal y administrativa por la falta de mantenimiento preventivo, la alarmante desprofesionalización del sector, la corrupción milmillonaria ni la nula planificación a largo plazo Para las autoridades, siempre es más fácil y políticamente cómodo evadir los errores estructurales y culpar a un tercero —inventando ataques electromagnéticos o el inverosímil cierre manual de una válvula en instalaciones estrictamente militarizadas por la Fuerza Armada—. Esta incapacidad crónica para reconocer el fracaso propio es, en última instancia, la mayor garantía de que los mismos errores se seguirán cometiendo, condenando al país a la oscuridad permanente.

jlrlinares@gmail.com