Por Orlando Arciniegas*
«El Toro de Farnesio», el espectacular grupo
escultórico al que se conoce también como el «Suplicio de Dirce», es una obra
de arte griego de la época helenística, la que sigue a la muerte de Alejandro
Magno (323 a.C). Y es una creación del influyente centro artístico de la
«Escuela de Rodas», caracterizado por obras de un dramático realismo, de
intensa emoción, que buscaban contrastar la serenidad divina con el sufrimiento
humano. La autoría corresponde a los escultores rodios Apolonio de Tralles y su
hermano Taurisco, de la provincia de Caria, en Asia Menor ―la actual ciudad de
Aydin, en Turquía―, y está datada c. 130 a,C.
La obra fue identificada por el historiador Plinio el Viejo en su _Naturalis Historia_ y es, en su versión original, una escultura en bronce, de bulto redondo (que se puede recorrer en derredor), que vendría a ser una de las de mayor tamaño que conservamos de la Antigüedad. Con lo cual no se quiere decir que lo fuera en su tiempo, ya que, por ejemplo, el «Coloso de Rodas» ―una de las Siete Maravilllas del Mundo Antiguo―, era comparable en tamaño con la actual «Estatua de la Libertad».
Según el historiador de arte Giorgio Vasari
(1511-1574) el «Suplicio» fue encontrado en 1546, en mármol, durante
excavaciones ordenadas por el papa Pablo III, de la Casa de Farnesio, en las
Termas de Caracalla de Roma, Italia. Actualmente, se considera que la escultura
hallada allí, en las Termas, no es un original griego, sino una versión romana
y, a estas alturas muy restaurada, con adiciones que, se piensa, desvirtuarían
la composición inicial; aunque se le sigue apreciando por su alto valor
artístico, pues en todo caso mostraría la magnificencia del arte clásico
romano. La obra fue restaurada por vez primera por el escultor milanés
Giobattista Bianchi, bajo la supervisión del mismo Miguel Ángel (1475-1564).
Tiene una altura de 3,70 metros y un enorme peso de 21,8 toneladas.
Antes estuvo en el palacio de Farnesio, una residencia
del papa Pablo III (1534-1549, en Roma, donde su usó como fuente. Este papa,
para recordarlo, fue patrocinante de artistas como Miguel Ángel. En 1786, por
orden del rey español Fernando I de las Dos Sicilias (1751-1825), la escultura
fue llevada a Nápoles, donde volvió a ser remozada. Allí, se integró en la
«Colección Farnesio» hasta llegar al sitio donde hoy se resguarda, el Museo
Arqueológico Nacional de Nápoles, Italia.
Esta escultura recoge una leyenda mitológica, que,
como otras, nos deja ver los desvaríos de los rijosos dioses griegos. Según la
leyenda ―en versión simplificada―, Antíope era una mujer de tanta belleza como
para hacer arder en deseos al mismo Zeus, quien la sedujo bajo la forma de un
sátiro; historia que no logró convencer al padre de Antíope, el rey Nicteo de
Tebas, quien lejos de sentirse orgulloso de la preñez divina de su hija, la
juzgó impura, y se lo tomó como una blasfemia. Y, como a un diablo, la persiguió
sin cesar. Nicteo, antes de morir en guerra, deja a su hermano Lico en el trono
con el expreso encargo de castigar a Antíope. Lico, un suplantador, logra con
maña al final capturar a su sobrina, Antíope.
De vuelta a Tebas, ella va a dar a luz los gemelos
engendrados por Zeus, Anfión y Zeto serían sus nombres. Lico, por su parte,
encargaría a la pérfida Dirce, su mujer, de castigarla como si fuera el mismo
Nicteo. Iba incluso más allá, pues envidiosa de la belleza de Antíope, la
acusaba incluso de haberse acostado con su marido Lico. Con sevicia, entonces,
la mantuvo en una celda privada del alimento y hasta del agua. Pero de pronto
esta historia toma un giro insospechado. Antíope escapa al monte Citerón donde
vivían sus gemelos. Estos, en venganza por los agravios a su madre, sometieron
a Tebas por las armas. Destronaron a Lico, su tío paterno, y dirigieron el foco
de su implacable venganza contra Dirce, a la que, sin compasión, ataron a un
toro salvaje que la arrastró hasta morir.
Volvamos un poco más sobre la obra. Su tema, como se
dijo, es el suplicio de Dirce. Que en el monumento está posada en el suelo,
bajo las patas del animal, y está siendo atada a las astas del toro por los
vengadores Anfión y Zeto. Lo cual se representa mediante expresiones y
actitudes de fogosidad, en una ejecución que tiene algo de rudeza que causa
desagrado. Si a la obra se la estima como de primera, es más que todo por su
prodigiosa ejecución y tamaño; pero ella está lejos de la perfección de otras de
la Escuela de Rodas, como, por ejemplo, la escultura del Laocoonte, de
dimensiones más pequeñas.
Desde el punto de vista estético, se trata de una
composición piramidal en que las líneas helicoidales (curva en forma de
espiral) muestran una tensión ascendente hasta lo dramático. Las figuras
masculinas están representadas desnudas y de pie, mientras Dirce, la
sacrificada, tiene el torso al descubierto y la parte inferior cubierta. La
obra, en resumen, es un buen ejemplo de la clase de escultura helenística que,
por su carácter teatral, monumental y expresividad se muestra en desacuerdo con
la narrativa de sencillez, equilibrio y serenidad propios del arte de la época
clásica.
Un tipo de escultura por la que habría que esperar en Europa hasta entrado el siglo XVII, cuando el barroco italiano nos deje ver las grandes obras de arte del artista napolitano Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), un digno sucesor de Miguel Ángel, quien extendía su talento hasta la pintura y arquitectura. *Obras como el Rapto de Proserpina o el Extásis de Santa Teresa son de lo más destacado de su sublime cosecha*.
*Historiador.