El 9 de julio de 1962 marcó un punto de inflexión en la
historia económica de Venezuela. En los hornos Siemens-Martín de la Siderúrgica
del Orinoco (SIDOR) se realizó la primera colada de acero, materializando en
hechos concretos la visión de Arturo Uslar Pietri de “sembrar el petróleo”. No
se trataba únicamente de producir acero, sino de impulsar la industrialización
y diversificación de una economía profundamente dependiente de la renta
petrolera.
Aquel hito inauguró un ambicioso proyecto industrial que, con
el paso de las décadas, posicionó a SIDOR como una de las siderúrgicas más
importantes de América Latina. La empresa alcanzó una capacidad instalada
superior a 5,1 millones de toneladas de acero líquido al año, incorporando
avances tecnológicos como la reducción directa (Midrex y HyL), hornos
eléctricos de arco y el sistema de colada continua, sustituyendo
progresivamente los procesos tradicionales de hogar abierto.
Sin embargo, a 64 años de aquella primera colada, el contraste es contundente. Lo que fue un símbolo del desarrollo industrial venezolano atraviesa hoy un colapso operativo sostenido, con niveles de producción que en algunos períodos han llegado a cero.
Antes de su privatización, SIDOR ya mostraba indicadores
operativos y financieros relevantes. En 1996, la empresa registró una utilidad
neta de 87,2 millones de dólares, con inversiones operativas de 50,7 millones.
Ese mismo año aportó 24 millones de dólares a la Corporación Venezolana de
Guayana (CVG), pagó 98,6 millones a EDELCA por consumo eléctrico y canceló 97,7
millones a Ferrominera Orinoco por el suministro de 6,8 millones de toneladas
de mineral de hierro.
En términos productivos, alcanzó 6.450.537 toneladas de
pellas (104% de su capacidad instalada), 3.371.000 toneladas de hierro de
reducción directa (101%), 3.100.000 toneladas de acero líquido (86%) y despachó
2.634.000 toneladas de productos terminados. Su fuerza laboral estaba
conformada por 11.406 trabajadores. En 1997, año en que TECHINT asumió la
administración, la utilidad neta fue de 20 millones de dólares.
No obstante, a partir de la primera década del siglo XXI
comienza a evidenciarse un deterioro progresivo. En 2007, la producción de
acero líquido alcanzaba 4.300.000 toneladas; en 2008 descendió a 3.600.000 y en
2009 a 3.100.000. A partir de ese momento se inicia una caída sostenida.
Los datos reflejan la magnitud del colapso: en 2012 la
producción fue de 1.800.000 toneladas; en 2013, 1.500.000; en 2014, 1.040.000;
en 2015, alrededor de 1.060.000. Para 2016, la cifra cayó a 310.000 toneladas y
en 2017 se mantuvo en niveles similares. En 2018 descendió a 50.000 toneladas y
en 2019 prácticamente se paralizó. En los años siguientes, la recuperación ha
sido marginal: 17.000 toneladas en 2020, 169.020 en 2021, 285.000 en 2022,
120.000 en 2023, 36.062 en 2024 y 41.000 toneladas en 2025.
Estas cifras representan apenas alrededor del 1% de la
capacidad instalada de la empresa, estimada en 5,1 millones de toneladas
métricas anuales. Para el primer semestre de 2026 no existen datos oficiales
públicos sobre la producción, lo que evidencia una opacidad informativa
significativa en torno a la principal siderúrgica del país.
Diversos análisis coinciden en señalar factores estructurales
que explican este declive. Entre ellos destacan las fallas continuas en el
suministro de energía eléctrica y gas natural desde aproximadamente 2010, la
insuficiencia de flujo de caja, la escasez de insumos y materias primas, así
como la falta de repuestos, equipos y mantenimiento adecuado. A ello se suma la
ausencia de inversiones sostenidas en modernización tecnológica, automatización
y mejora de procesos.
Testimonios de trabajadores y organizaciones vinculadas al
sector reflejan una realidad operativa crítica: existen períodos en los que la
planta no produce acero, y las áreas parcialmente operativas no logran sostener
la misión productiva de la empresa. Las dificultades logísticas, la precariedad
en el transporte y la inestabilidad laboral forman parte del entorno cotidiano.
El caso de SIDOR no solo representa la crisis de una empresa,
sino el deterioro de un modelo industrial que alguna vez fue emblema del
desarrollo nacional. La distancia entre la visión original de “sembrar el
petróleo” y la realidad actual revela una ruptura profunda en la política
industrial venezolana, cuyos efectos trascienden lo económico para impactar
directamente en el tejido social y productivo del país.
A la par de estos factores estructurales, resulta ineludible
examinar el modelo de gestión que ha predominado en la empresa durante los
últimos años. La progresiva militarización de la gerencia no logró revertir la
crisis operativa; por el contrario, coincidió con una acentuación del deterioro
productivo y organizacional.
La conducción de una industria siderúrgica exige
conocimientos técnicos especializados, planificación de largo plazo y
comprensión integral de procesos complejos. Sin embargo, la evidencia sugiere
que la gestión implementada ha carecido de estos elementos fundamentales. En
lugar de fortalecer la capacidad productiva, se consolidó un esquema
caracterizado por la improvisación, la opacidad administrativa y la ausencia de
rendición de cuentas.
Diversas denuncias y testimonios apuntan a que, en este
contexto, prácticas asociadas a la corrupción encontraron terreno fértil,
desplazando los criterios de eficiencia y productividad. Así, la gestión dejó
de centrarse en la operación industrial para derivar en lógicas ajenas a la
naturaleza de la empresa, donde la administración de recursos perdió
transparencia y dirección estratégica.
El resultado es una siderúrgica que, lejos de cumplir su
papel histórico como motor de desarrollo, opera hoy a niveles marginales,
desconectada de su capacidad instalada y de su propósito original. SIDOR pasó
de ser símbolo de la industrialización venezolana a reflejo de sus fallas
estructurales más profundas.
En este sentido, la crisis de SIDOR no puede entenderse
únicamente como un problema técnico o coyuntural, sino como la expresión de un
modelo de gestión que ha demostrado ser incapaz de sostener una industria de
alta complejidad. La distancia entre el potencial productivo y la realidad
actual no solo mide la caída de una empresa, sino también el costo de
decisiones que han comprometido el futuro industrial del país.