El periodista de
investigación salvadoreño denuncia los abusos de la lucha contra el crimen y
expone la construcción de poder del “dictador cool”
Nadie tiene que enseñarle a Óscar
Martínez lo que son las pandillas criminales en El
Salvador: los negocios que manejan, las muertes que causan, el pavor que
despiertan. Como periodista de investigación las cubrió durante diez años. Por
eso nunca se dejó seducir por la venerada política de seguridad del
presidente Nayib Bukele, el “dictador cool” tan admirado en
América Latina.
Como jefe de redacción de la
plataforma digital El Faro, Martínez pasó de ocuparse de
los crímenes de las maras a investigar los extravíos del gobierno de Bukele, que
situó la lucha contra la violencia en el centro de su discurso mientras, como
al pasar, se armaba una estructura de poder unipersonal, hecha
a medida, con prácticas recurrentes de autoritarismo y corrupción.
¿Será que el atropello a las
instituciones y los derechos ciudadanos es el precio a pagar por las calles
seguras? ¿Acaso todo vale mientras lo sigan votando? Martínez
nunca lo creyó y, de hecho, lo denunció, con testimonios, con videos y
documentos, con pruebas contundentes. Estas laboriosas y arriesgadas pesquisas
le valieron el exilio y una vida forzada como refugiado político en México.
“Bukele nunca tuvo un plan
ideológico ni de país”, dice
Martínez a LA NACION durante una visita a Buenos Aires para presentar su
libro Bukele, el rey desnudo, donde describe al
polémico líder salvadoreño al derecho y al revés.
–Los líderes con discursos mesiánicos, como Fidel Castro en Cuba o Hugo Chávez en Venezuela, son líderes que vienen a llenar vacíos. ¿Qué vacío vino a llenar Nayib Bukele?
–Bukele supo entender que a las
grandes mayorías en El Salvador la discusión entre derecha e izquierda ya no
les interesaba, que a la gente eso ya no le daba de comer. Entendió el
desencanto de una nación por los símbolos de la definición ideológica y se
vendió falsamente como un outsider. Porque él no es un outsider, venía
de la izquierda, se vestía de rojo y felicitaba al Che en cada aniversario
luctuoso en sus redes sociales. Bukele es alguien que ya tenía ese plan de
poder, y la izquierda le pareció el vehículo viable. Y cuando se lo dejó de
parecer se convirtió en un hombre de ultraderecha.
–¿El cambio habrá sido por el auge
de la ultraderecha en el mundo, porque era algo que estaba en el aire?
–Yo creo que Bukele nunca tuvo un
plan ideológico ni de país. Bukele es un hombre de ocurrencias. Si no, mírale
la política económica, ¿cuál política? Bukele empieza diciendo que el bitcoin
va a ser la salvación de un país donde el 60% de la población tiene trabajo
informal. Pero cuando eso fracasó decretó la muerte de la ley bitcoin y aceptó
un préstamo del FMI de 1400 millones de dólares. Lo mismo con la
política de seguridad. Fue socio de las pandillas durante ocho años, y
cuando las pandillas cometen una enorme masacre, la tercera masacre durante su
gobierno, decide virar a un régimen de excepción. Va teniendo ocurrencias, pero
las ejecuta con determinación.
–Mencionaste un acuerdo inicial de
Bukele con las maras. ¿Cómo era ese entendimiento?
–Cuando empieza en política en 2012
en El Salvador ocurrió el primer pacto con las pandillas, el del gobierno del
FMLN [el partido histórico de izquierda], del cual él era parte como
alcalde. Bukele empieza a entender cuando entra muy joven a la política
que para vencer a las pandillas tenías que pactar con ellas. En aquel
momento el FMLN creó una lógica de beneficios carcelarios a cambio de reducción
de homicidios. Más adelante el partido solicitó apoyo para instalar al
presidente que vino antes de Bukele y para instalar a Bukele en la alcaldía de
la capital. Ganó solo por 6000 votos. Yo he cubierto pandillas por más de diez
años. Te garantizo que en la capital te podían dar 6000 votos y más. Mucho más.
–¿Para la presidencia también se
movilizaron por él?
–Cuando llega la elección
presidencial de 2019, Bukele era el único que tenía el capital político de las
pandillas. Entonces gana en unas elecciones aplastantes, sí. Si
en un barrio de pandillas vos llegás a la mesa electoral, aunque el voto sea
secreto, si ves sentado en la mesa al primo del líder pandillero, a la mujer
del líder pandillero… ¿vos crees que vas a pensar que tu voto es secreto? La
gente marcaba lo que les decían que marcaran.
–¿Pero, cómo se volvió esta especie
de campeón de la lucha contra las pandillas, como ahora se lo conoce afuera?
–A fines de marzo de 2022 hay un
fin de semana que acaba con 87 cadáveres en las calles. Y ahí Bukele decide
romper el pacto e instaurar un régimen de excepción, que básicamente es que los
policías y los soldados tengan superpoderes para capturarte. Que el
debido proceso ya no exista. Y ahí empieza una caza con dinamita. Por
alguna razón los pandilleros hicieron una escalada de violencia, quizás algún
acuerdo salió mal, y Bukele dijo: “Bueno, ahora que tengo el poder vamos a
cambiar de política”.
–Vos has sido muy crítico de la
política de seguridad de Bukele, porque puede caer cualquiera, por las torturas
en la carcel...
–El régimen de excepción implica
que los ciudadanos no pueden saber de qué se los acusa. Pero nosotros en El
Faro conseguimos 690 expedientes de los requerimientos iniciales,
aquello con lo que te capturan en la primera presentación ante un juez, con lo
que un juez aprueba si vos seguís en prisión. En decenas de documentos
solo decía: “Mostró nervios”. En decenas de otros documentos solo
venía escrito el número del documento de identidad. Los que los detuvieron no
hicieron ni un esfuerzo por sustentar la acusación, pero Bukele ya tenía a
todos los jueces controlados y a la Fiscalía completamente controlada. Había
mucha población inocente. La policía entendió que tenían que llenar el
discurso político de Bukele, que dijo que los iba a capturar a todos. Y
salieron a llenar las cárceles.
–Por otro lado, has escrito que las
calles están más tranquilas. ¿Ahí no tienen un punto a favor los que defienden
su política?
–A la gente que quiere ese modelo,
le diría, OK, entiendo las razones, yo cubrí pandillas, sé lo que le hacían a
la sociedad. Era terrible. Entonces, si alguien quiere ese modelo lo
que le diría es: ojalá te toque el buen lado. Si te toca ser un señor
o una señora que quiere ese modelo y ya no hay pandillas en tu colonia, todo
bien. Si te toca el lado de ser una señora o un señor de ese tipo y se llevaron
a tu hijo que era inocente, no te vayas a quejar. Porque eso viene en el paquete. Si
te tocó la mala bala, sorry, no hay forma de liberar a tu hijo, el
debido proceso se acabó. No hay Corte Suprema de Justicia, no hay Sala
Constitucional, no hay Fiscalía que ayude a nadie. Muchos han caído así: te
tocó el lado malo de la dictadura. En el paquete viene una moneda al aire, a
ver de qué lado te cae.
–¿Pero, cómo enfrentarlos entonces?
–Mira, a mí que alguien me diga que
la única forma para solucionar el crimen es que le demos todo el poder a un
hombre que nos haga lo que le dé la gana, no, no lo compro. Es decir: “Ah,
tiene que haber un montón de presos inocentes para que haya justicia. Es el
único camino”. No, mentira. Y no tenemos que anular los derechos
humanos. Hay un montón de países con instituciones democráticas fuertes
donde el crimen no ha podido prosperar. Bukele hubiera podido ocupar
su enorme poder y su enorme popularidad para intentar hacer una democracia real
en el país. Pero decidió no hacerlo. Ahí hay que construir institucionalidad
para detener a los mareros.
–Sin embargo, se puede decir que
mientras construimos institucionalidad, estos tipos siguen matando…
–Creo que se podían hacer cosas
eficientes y rápidas de forma paralela. La inteligencia policial en El Salvador
tenía mapeadas a las pandillas. Sabía quiénes eran pandilleros. Los pandilleros
no son como los narcos, necesitaban que todo el pueblo supiera que eran
pandilleros, porque era una cuestión de identidad. No era difícil
encontrarlos, hombre. Solo que nadie lo intentó realmente. Todo el
mundo sabía los nombres y apellidos de cada uno de los pandilleros de su
comunidad. Por medios legales, con inteligencia policial, podías
destruir a las pandillas. No tenías que ser el FBI. Y otra cosa que te
digo es, a ver, que nunca en la historia de América Latina ha salido bien a
mediano plazo darle todo el poder a una persona.
Tomado de La Nación /
Argentina. En la imagen de Editorial Anagrama, el periodista salvadoreño Óscar
Martínez, quien ahora vive en el exilio en México.