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09 julio, 2026

La Guaira, entre los escombros de los terremotos y el fin de la revolución

 TNYT

La destrucción física de La Guaira ha seguido al desmoronamiento del proyecto político al que activistas como Jacqueline Zúñiga han dedicado toda su vida.

Por Anatoly Kurmanaev*

Fotografías por Adriana Loureiro Fernandez

*Anatoly Kurmanaev ha reportado sobre La Guaira, Venezuela, a lo largo de 12 años, incluso tras los terremotos gemelos del mes pasado.

Conocí a Jacqueline Zúñiga en la ciudad portuaria de La Guaira, justo cuando Venezuela empezaba a sumirse en una crisis económica de la que nunca ha salido.

Era 2014 y yo acababa de mudarme a Venezuela como reportero novato. Quería saber cómo reaccionaba la base del Partido Socialista en el poder ante el colapso, y leí en internet sobre el trabajo de Zúñiga.

Zúñiga, que siempre ha creído en las causas sociales, dirigía un proyecto de derechos de las mujeres en La Guaira, uno de los miles de los llamados “movimientos sociales” que servían de base a la pirámide de poder del gobierno.

Zúñiga acababa de conseguir decenas de apartamentos para su grupo en unas nuevas torres de viviendas construidas por el gobierno en el este de La Guaira, una franja estrecha y destartalada de concreto entre las montañas costeras de Venezuela y el mar Caribe.

A pesar de los crecientes problemas económicos, fue un momento de enorme orgullo y, para algunos, el mayor logro de sus vidas.

La semana pasada, volví a encontrarme con Zúñiga y regresamos a esas torres. Casi todas habían quedado reducidas a escombros. Vimos cómo los equipos de rescate sacaban bolsas con cuerpos, una tras otra, de entre las ruinas.

Esas torres estaban entre el mar de edificios que quedaron destruidos por los dos potentes terremotos que sacudieron Venezuela el mes pasado. Los terremotos han causado más de 3800 víctimas mortales, la mayoría en La Guaira.

Zúñiga, que ahora tiene 52 años y algunas canas, había conocido a muchas de las víctimas del terremoto a lo largo de sus tres décadas de activismo social en un pequeño estado donde todo el mundo parece conocerse. Mientras manejábamos por la ciudad destruida, el paisaje le traía a la mente un montón de recuerdos.

Mencionó a amigos cercanos, vecinos y conocidos lejanos. Habló de gente con la que se cruzaba a menudo en panaderías, bancos y mercados. Había enemigos políticos, gente con la que había competido por los recursos cada vez más escasos de un Estado en bancarrota.

Todos estaban muertos o desaparecidos.

La destrucción física de La Guaira se produjo tras el desmoronamiento del proyecto político al que Zúñiga ha dedicado su vida. Cuando nos conocimos, Hugo Chávez había fallecido el año anterior. La revolución socialista que él proclamó tras convertirse en presidente de Venezuela en 1999 ya estaba en declive.

El modelo económico de Venezuela, basado en el control de precios y divisas e inspirado en el sistema estatal cubano, se derrumbó como un castillo de naipes cuando los precios del petróleo se desplomaron en 2014. La corrupción y la incompetencia del gobierno de Chávez se hicieron evidentes cuando terminó la bonanza petrolera.

Venezuela, que en su día fue el mayor exportador de petróleo del mundo, perdió la mayor parte de su producción económica y, a lo largo de la década siguiente, millones de venezolanos —hasta uno de cada seis— se dispersaron por todo el mundo.

La incursión estadounidense de enero, que derrocó al sucesor elegido a dedo por Chávez, Nicolás Maduro, fue el epílogo de un experimento socialista que, el año pasado, ya existía en gran medida solo en papel. El partido socialista sigue en el poder, pero está bajo el control del gobierno de Donald Trump, que se concentra en exportar los recursos venezolanos a Estados Unidos.

Durante la última década, el grupo de Zúñiga intentó mantener sus iniciativas sociales. Sus miembros crearon talleres de ebanistería y proyectos de turismo y de agricultura urbana, todos ellos con el objetivo de empoderar a las mujeres de clase trabajadora.

La mayoría de estas iniciativas fracasaron.

A medida que se agravaba la crisis económica de Venezuela, Zúñiga y su grupo se vieron envueltos en disputas cada vez más intensas con facciones rivales del partido gobernante por los beneficios cada vez más escasos del sistema clientelar del gobierno. Ella cayó en desgracia con las autoridades actuales de La Guaira.

Algunos de esos enfrentamientos políticos fueron duros, con desahucios y redadas policiales. Otros fueron tragicómicos. Una amiga de Zúñiga, Joanna Corro, contó cómo, una vez, su grupo secuestró brevemente a un funcionario de vivienda para conseguir una mayor cuota de apartamentos.

Estas eran algunas de las mismas viviendas que Zúñiga y yo visitamos en 2014, poco después de que los primeros vecinos se mudaran desde los barrios marginales cercanos. Estos edificios se conocen como OPPPE, una abreviatura que refleja la complejidad de la burocracia venezolana. Significaba Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales, aunque pocos residentes lo sabían.

Muchos habían sido víctimas de los deslaves repentinos de 1999 que arrasaron sus antiguos hogares en los barrios marginales de las laderas de La Guaira, un desastre que quienes vivían ahí llaman simplemente “la tragedia”.

En total, Zúñiga calculaba que 120 de los aproximadamente 600 miembros de su grupo activista, el Movimiento de Mujeres José María España, habían recibido viviendas sociales en La Guaira. Vivían allí con sus hijos y, a veces, con otros familiares.

Para la mayoría de las familias, que habían vivido en casas que ellas mismas construyeron, los departamentos fueron su primera vivienda formal. Cuando los visité en 2014, unos dos años después de su construcción, la pintura ya se estaba descascarillando por el calor tropical, y el enlucido de las paredes o bien no existía o era de pésima calidad y solo funcionaban algunos de los ascensores.

Pero los apartamentos tenían agua corriente, inodoros con cisterna, lavadoras, conductos de basura y aire acondicionado. El gobierno los regaló; no cobraba alquiler.

La vivienda gratuita era la guinda de un extenso sistema clientelar que ha ayudado a mantener al Partido Socialista Unido de Venezuela en el poder durante casi tres décadas.

Corro enumeró las ventajas: “Autos, apartamentos, comida, televisoras, créditos, útiles escolares”.

“Todo, de todo, de todo”, añadió.

Todo gratis.

A cambio, se esperaba que los beneficiarios asistieran a los mítines del gobierno, votaran por sus candidatos y presionaran a otros para que hicieran lo mismo. Quienes apoyaban a la oposición se arriesgaban a perder las prestaciones, incluidos sus apartamentos.

La alta densidad de estas viviendas sociales es una de las razones por las que parecen representar una parte significativa del total de víctimas mortales del terremoto. También hay dudas sobre su integridad estructural.

“Mira dónde los metimos”, dijo Corro, de 43 años, sin dirigirse a nadie en concreto mientras miraba los escombros de una de las torres. “Nunca imaginamos que fuera así”.

Su hermana Isamar, de 35 años, estaba en algún lugar entre las losas de concreto que se derrumbaron como naipes; se la da por muerta.

La relación entre el partido socialista y los pobres de Venezuela era profundamente transaccional. Pero la sensación de empoderamiento político entre sus seguidores era real y ha perdurado más allá de las ayudas.

Zúñiga recordó la discriminación racial que sentía antes de que Chávez, mestizo y de familia rural pobre, llegara al poder.

“Siempre me sentía incómoda en lugares formales. ¿Debo estar aquí? ¿Puedo estar aquí?”, dijo.

“Ahora me siento orgullosa de ser negra”, dijo Zúñiga. “La gente sabe que tiene valor, que son visibles”.

Zúñiga nació en un barrio obrero de Caracas, la capital venezolana, en el seno de una familia colombiana que había huido de la guerra civil de su país.

Solía venir a La Guaira a visitar a su padre, que trabajaba allí en la construcción.

Se involucró en proyectos locales, organizando una cooperativa de transporte público y presionando para que se asfaltaran las calles. Cuando Chávez llegó a la presidencia, se apuntó a uno de sus primeros programas de lucha contra la pobreza y recibió un préstamo subvencionado. Lo utilizó para comprar un apartamento en un barrio de clase media de La Guaira.

Vivió en ese apartamento por casi 27 años, hasta que quedó destruido el mes pasado por los terremotos consecutivos. Salió ilesa, pero perdió todas sus pertenencias.

“¿Sabes cómo uno lucha por esta casita?”, me preguntó Zúñiga mientras miraba el edificio dañado, llamado La Marina. Una cortina verde se agitaba en la ventana de su apartamento, en el sexto piso. En la entrada había pintada con aerosol una “D” roja, que indicaba una orden de demolición.

“Hemos vivido tantas cosas para que venga el de allá a derrumbar la casa”, dijo, refiriéndose a Dios. “Mucha gente que conozco murió. Eso me tiene tan confundida”.

La fe de Zúñiga y sus amigos en el gobierno venezolano se desvaneció hace tiempo. Pero han mantenido su creencia en la justicia social y su desconfianza hacia el libre mercado. Sobre todo, años de activismo les han dado un sentido de comunidad, lo que les ha ayudado a capear repetidas adversidades.

Se tenían los unos a los otros, y su apoyo mutuo quedó patente durante la más reciente y, para la mayoría de ellos, la mayor tragedia.

Nos quedamos junto a montones de escombros y vimos cómo sobrevolaban helicópteros militares estadounidenses y cómo rescatistas estadounidenses, musculosos y con muchos tatuajes, vestidos con pantalones cargo, trabajaban entre los edificios destruidos.

Zúñiga dijo que desconfiaba de los estadounidenses y que tenía poca fe en el gobierno interino de Venezuela, encabezado por la exvicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. Dijo que, aun así, votaría por un candidato de izquierda cuando se celebren las próximas elecciones, pero no necesariamente por uno del partido de Rodríguez.

Le pregunté a Zúñiga si las décadas que había pasado haciendo campaña por las consignas antimperialistas y socialistas de Chávez habían valido la pena.

“Chávez tuvo la mejor intención del mundo, pero faltó formación”, dijo. “Tuvimos la oportunidad de hacer cosas muy bonitas. A tantas mujeres les dimos tranquilidad, oportunidad, visibilidad”.

Desde los terremotos, Jacqueline duerme en un puesto de un mercado al aire libre en el centro de La Guaira. Ha acondicionado el puesto con un colchón, unas cortinas improvisadas y un ventilador eléctrico. Por la noche, cierra con llave la puerta del mercado para estar segura.

El mercado forma parte de la iniciativa de distribución de alimentos que Zúñiga ha impulsado desde hace varios años, y que permite a los vecinos de La Guaira comprar productos frescos directamente a los agricultores de la región. Los agricultores con los que ha entablado amistad a lo largo de los años le han dado a Zúñiga un lugar donde dormir, comida y un pago modesto por ayudar a atender a clientes.

Ha convertido un comedor comunitario que fundó cerca de su casa en un centro de distribución de ayuda y en un refugio temporal para niños que han perdido sus hogares o a sus familiares en el terremoto. Dijo que está deprimida, pero que se obliga a ir porque la gente tiene hambre y necesita ayuda. “Yo lloro un ratito y me levanto”, dijo en su habitación improvisada.

Nos levantamos para visitar a unos amigos que seguían buscando a familiares entre los escombros. Al salir, la esposa de un agricultor cogió a Zúñiga del brazo y le dio un abrazo.

“Te vas a levantar como una guerrera”, dijo la mujer, “como siempre has sido”.

“La gente no va a dejar de comer porque estoy deprimida. Yo lloro un ratito y me levanto”, dijo Zúñiga en su habitación improvisada.

Tomado de The New York Times / EE.UU.

Imagen 1: Zúñiga saludando a unos amigos en un comedor comunitario que ella misma ayudó a construir.

Imagen 2: Voluntarios de Norteamérica ayudando a recuperar cadáveres de un complejo de viviendas sociales en La Guaira.